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02 agosto 2008

La Página del Idioma Español


Excelente página que sirve de referente para conocer y entender más el idioma de Cervantes. En un mundo donde el Inglés invade los mejores contenidos en Internet, es refrescante encontrar una página que estudia profusamente la lengua española. Además, La Página del Idioma Español
permite aclarar esas dudas lingüísticas y gramaticales que de vez en cuando nos asedían en el día a día. En su presentación podemos leer:
"... La Página del Idioma Español, inaugurada el 23 de abril de 1996 en el dominio web www.iis.com.br, es la revista digital pionera en la promoción del idioma español en la Internet y en la busca de nuevos espacios para nuestra lengua en la red mundial. Sostenida por la organización no gubernamental Asociación Cultural Antonio de Nebrija, mantiene el Foro Cervantes de discusiones sobre el idioma español y el boletín de semántica y etimología «La palabra del día».
Cuenta con colaboradores en América Latina, España, Francia y Estados Unidos, quienes contribuyen periódicamente con sus artículos sobre normativa, lenguajes profesionales, traducción, enseñanza de español, prensa y radio en castellano que alimentan un banco de datos en el que ya se acumula un trabajo de siete años en la Red..."

Cuenta con las siguientes secciones:

LA PALABRA DEL DÍA
FUNDÉU
HISTORIA DE LA LENGUA
ARTÍCULOS
SPANISHPOINT
CURSOS
DICCIONARIOS
GRAMÁTICA
RADIOS
ESTADÍSTICAS
CONSULTAS
NOTICIAS DEL IDIOMA
ETIMOLOGÍA
NEBRIJA
DICC. ARG. ESPAÑOL
DEPORTES
PRENSA
DICCIONARIO BOTÁNICO

Entre una serie de números de la revista Donde dice..., encontré una dedicada al idioma español en Internet:

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Algunas cosas que podemos encontrar:

Consulta recibida:

» Magíster

Temas:

P: Mi consulta es por qué en algunas ocasiones se usa magíster y en otras magister sin acento. Yo estoy terminando mi tesis y tengo muchas dudas para argumentar por qué utilicé la palabra magíster. En este país no se acepta la palabra maestría ni máster. ¿Podrían ayudarme a justificar el uso de magíster tildado? Muchas, muchas gracias.

R: Magister es palabra latina que significa 'el director', 'el que manda', 'el que organiza'. El latín no tenía tildes ni ningún signo ortográfico, tales como puntos, comas ni guiones. En la época clásica, ni siquiera había minúsculas ni espacios entre las palabras, pero en las ediciones contemporáneas de los textos clásicos se emplean diversos signos ortográficos a fin de facilitar la lectura; muchos docentes contemporáneos emplean incluso tilde, de modo que no hay nada de erróneo en su empleo. Con respecto a la palabra que consulta, ella está, además, incluida en diccionario de la Academia como palabra castellana y con tilde, aunque marcada como de uso regional en Argentina, Colombia, Costa Rica y Venezuela, con el significado de 'título universitario equivalente a la maestría, o al master en inglés'.

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Sobre el uso inadecuado de la palabra virtual

Ricardo Soca

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) presenta la definición mostrada más arriba de la palabra virtual, que viene haciendo una carrera tan exitosa desde la explosión del auge de las computadoras y de la internet.

El vocablo fue adoptado en el terreno de la informática pensando en su primera acepción y también en la tercera, usada en la Física, más precisamente en la Óptica, para referirse a algo
"que tiene existencia aparente y no real" y en la Mecánica para definir el concepto de "velocidad virtual".

En las lentes convergentes, por ejemplo, los rayos provenientes de un objeto cualquiera convergen hacia un punto en el cual se forma una imagen de ese objeto. Es el principio utilizado en las cámaras fotográficas, en las cuales los rayos provenientes del objeto fotografiado convergen y forman una imagen real e invertida de ese objeto sobre la superficie sensible.

En el caso de las lentes divergentes esto no ocurre, los rayos divergen y no se forma ninguna imagen real. Sin embargo, los ópticos encontraron conveniente para algunos de sus cálculos considerar la idea de que a partir de que a partir de un determinado punto, las prolongaciones de los rayos divergentes convergen hacia un punto anterior al lente, donde se formaría una imagen que no existe más que en el cálculo matemático, una imagen virtual.

En la analogía creada en el mundo de las computadoras, cuando se habla de una "reunión" de personas que se encuentran en lugares distantes, pero que se comunican entre sí mediante cámaras de televisión, parece adecuado que se hable de reunión virtual. Y cuando queremos referirnos a uno de esos sitios de la internet en los que se ofrecen mercaderías que podemos adquirir sin levantarnos de nuestra silla, enviando por la computadora el número de nuestra tarjeta de crédito, parece perfectamente correcto que se hable de tienda virtual.

Tampoco cabe disentir de la expresión realidad virtual, que designa el efecto producido por programas informáticos que suministran al usuario estímulos visuales, auditivos e incluso táctiles que le dan la sensación de vivir en una realidad diferente, como ocurre en los simuladores de vuelo o en algunos programas para arquitectos que permiten visitar una casa que está a la venta desde su propia computadora. Se trata de artificios que nos permiten dirigir aviones que no existen o visitar casas que no están allí. No son reales, son virtuales, como nos indica la definición del diccionario.

Sin embargo, muchos usuarios de computadoras que no saben de dónde proviene este término ni por qué se lo usa al hablar de reuniones, de tiendas o de otras entidades virtuales, han adoptado este adjetivo para referirse incorrectamente a todo lo que tenga que ver con informática o con la Internet.

Hace algunos días, un amigo que acababa de comprarse unos libros a través de la Red me comentó que había hecho "unas compras virtuales". Aunque las hubiera hecho vía Internet, sus adquisiciones no tenían nada de virtual, eran bien reales, como mostraban los gruesos y pesados volúmenes que mi amigo se disponía a leer.

Millones de personas hoy hacen amigos a través de sus conexiones electrónicas, pero no importa cuál haya sido la forma de establecer estas relaciones se trata siempre de personas reales, con pasiones y sentimientos, no son amigos virtuales, como muchos suelen decir.

Una amiga que se pasa muchas horas por día sentada ante su computadora suele quejarse de que tanto tiempo virtual no le deja un momento libre para, por ejemplo, leer un libro. No creo que haya sido un consuelo, pero tuve que explicarle que el tiempo que se pasa sentada ante su computadora es bien real.

Todavía no he podido entender qué son las comunicaciones virtuales ni por qué son llamadas de esa manera. Cuando enviamos por la Internet un mensaje, éste no tiene nada de virtual; por más que circule por un cable o por el espacio en forma de bits es una comunicación bien real y perfectamente de acuerdo con la definición de comunicación, pues alguien va a leerla en el algún lugar. Si quisiéramos comunicarnos en forma virtual no podríamos hacerlo, pues cada vez que una señal de cualquier tipo es trasmitida entre dos personas se establece una comunicación real.

Resumiendo, debemos tener en cuenta que si un fenómeno se refiere a los números dígitos, del uno al diez, o a los instrumentos que cuentan estos números podemos calificarlo como digital, pero no siempre como virtual. Y si un fenómeno ocurre merced al uso de la tecnología electrónica, podremos calificarlo como electrónico, pero no siempre como digital ni como virtual.
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chofer

El primer vehículo capaz de trasladarse por su propia energía no fue propiamente el automóvil que conocemos hoy, sino un triciclo impulsado por una caldera de vapor, que fue estrenado en 1769 por el ingeniero militar francés Nicolas-Joseph Cugnot para transportar un cañón; después vino la locomotora, también a vapor, y sólo en tercer lugar apareció el automóvil con motor a explosión. En los dos primeros, el agua que producía el vapor a presión era calentada mediante una caldera alimentada a carbón. El conductor que dirigía las viejas locomotoras, que subsistieron hasta comienzos del siglo xx, era un calderero que avivaba el fuego y cambiaba el agua en la medida de las necesidades de calor de la máquina.

En francés, la palabra para calor es chaleur, el verbo calentar es chauffer y la persona que se encarga de calentar una caldera, el calderero, se llama chauffeur, literalmente, ‘calentador. Chauffer procede del francés antiguo chaufer (calentar), derivado del latín vulgar calfare o calefare, que son una alteración del latín clásico calefacere (calentar), que a su vez procede del también latín calere (arder, estar caliente), que en última instancia se deriva de la raíz indoeuropea kel- (calor).

Cuando aparecieron los primeros automóviles, a fines del siglo xix, no existía una palabra para designar al sujeto que conducía aquel extraño vehículo sin caballos, de modo que en francés se adoptó el nombre del trabajador que cumplía tal función en la locomotora que, como hemos visto, era el único vehículo automóvil para pasajeros existente hasta entonces. Como la cultura francesa contaba por entonces con gran prestigio en España y en América Latina, chauffeur, fue rápidamente adquirido por el castellano y adaptado por la Real Academia Española a chofer o chófer, mientras que en inglés y alemán, la palabra francesa fue tomada sin variaciones.


01 mayo 2008

Paco Yunque de César Vallejo




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César Vallejo en París:Las velocidades de lo moderno[1]

Por William Rowe
(Birkbeck College, London)

En los artículos, ensayos y apuntes que escribió entre su llegada a París (1923) y los primeros años de la década de 1930 (el momento de los viajes a la Unión Soviética), Vallejo volvió muchas veces sobre el tópico de lo moderno. Le interesaban las nuevas formas de mediación técnica, entre ellas el cine, que resultan inseparables de ciertas características de la cultura de las nuevas masas, sobre todo la velocidad. “La prisa moderna” y “el señorío humano sobre el progreso” son frases que figuran en el resumen de cabecera del artículo “Wilson y la vida ideal en la ciudad”, fechado “París, diciembre de 1925”. La primera se refiere al tema de la velocidad y la segunda indica el contextoque da Vallejo a sus reflexiones: el temor de que el conjunto de cambios llamados progreso pudieran tener el efecto de producir una versión disminuida de lo humano. Esta ansia, que recorre los escritos periodísticos de fines de la década del 1920, se da como tono y argumento del artículo mencionado, que enfoca las diferencias entre la modernidad vivida en España y la francesa:

En España el automóvil, el avión, andan y vuelan, devorando distancias o alturas, pero no se dejan sentir: el cinema, la telegrafía inalámbrica juegan su mágico juego de luz y simpatía, pero no se dejan sentir; el radio, que todo lo puede y el oro, que todo lo mueve, presiden los actos diarios de la existencia, pero no se dejan sentir. Cuando decimos “no se dejan sentir”, queremos decir que tales instrumentos de progreso no nos angustian, ni nods dan de trompicones, ni nos dominan, ni obstruyen el libre y desinteresado juego de nuestros instintos de señorío sobre las cosas; en una palabra, que no nos hacen desgraciados (Vallejo 2002: 185).

Las frases se cargan de la esperanza y la posibilidad de otra modernidad, de esa modernidad alternativa que se plasma en los ensayos de Mariátegui o, más tarde, en Homenaje a Catalunya de Orwell, en las novelas de Arguedas y en los poemas del propio Vallejo, tales como “Telúrica y magnética”, “Parado en una piedra”, o “Masa”. Se trata del sueño de una modernidad completamente horizontal, en que las transformaciones tecnológicas se ponen a disposición de la masa, no en el sentido que la industria cultural ha dado a esa palabra, sino en el de la humanidad en su totalidad.

Ese contexto, que va implícito en la obra de Vallejo desde mediados de los años veinte hasta su muerte, inflexiona los temas que conforman lo moderno. Entre éstos están la velocidad, el cine y el deporte, todos ellos formas de la experiencia masiva. En la imagen de la rueda del motor, se juntan el cuerpo y la electricidad: “¿A dónde vamos en esta rueda vertiginosa, hecha exclusivamente de tendón y de corriente eléctrica?” (Vallejo 2002: 209). En otra imagen parecida, “la velocidad moderna” se nombra como una “máquina multimontada de antenas y motores” (Vallejo 2002: 209); ahora bien, la pregunta es la misma: “si los hombres marchan, por ese camino, hacia un nuevo y desconocido oasis de auténtica perfección” (Vallejo 2002: 209). Para leer a Vallejo hay que desenterrar esa pregunta de los discursos posteriores que la han tapado y volver a oírla. Me refiero a las luchas ideológicas de la guerra fría, al desmontaje postmodernista de los grandes relatos y al subsecuente secuestro de la modernidad por los neoconservadores de Estados Unidos.

El artículo “Una gran lucha entre Francia y Estados Unidos”, fechado en febrero de 1926, incluye entre sus referentes el fenómeno de los “gurús” como Tagore, Spengler o Renan, que proveen relatos sobre la posibilidad o no de la salvación de la humanidad. El juicio de Vallejo es tajante:

Ya no se trata [...] de auspiciar misiones individuales de predestinación sobre los demás mortales [...]. En nuestros días la obra vendrá de las manos conscientes y plurales del pueblo y de la humanidad en masa. A la taumaturgia ha sucedido la pedagogía (Vallejo 2002: 211).

Este escrito periodístico demuestra que la semilla del poema “Masa” ya existía en 1926. Está la semilla, el reemplazo de la religión por la autopoiesis de los seres humanos, pero no la puesta en escena de esta superación. Ésta vendría más tarde, suministrada por la realidad de la Guerra Civil Española. Sin embargo, Vallejo ya luchaba por encontrar el lugar y la modalidad de la puesta en escena del comunismo de masas. Ese lugar tendría que incluir la modificación del libro como espacio y ritmo de inscripción y lectura, transformación que aunque se apoyaba en los experimentos vanguardistas con el libro, que pasaba por Mallarmé, entre otros, iba más allá de ellos.

En este trabajo vallejiano de modificación de la escritura-lectura interviene el cine, tanto al nivel de la forma de expresión estética como al de la forma del contenido cultural. Consideremos la utilización del cine como forma de expresión. En el artículo ya citado, Vallejo elige el montaje cinemático para escenificar la velocidad de la vida de las grandes metrópolis:

Un señor, vestido de azul y calzado de marrón dos veces, que se abotona cincuenta botones del traje, toma quince vehículos diversos, se quita y se pone el abrigo diez veces, que paga y espera veinte veces la vuelta [...] que presta atención al movimiento de cien mil carros y cincuenta ascensores (Vallejo 2002: 211)

Basta la cita para darse cuenta de que se nos está dando lo equivalente en la escritura al montaje rápido del cine mudo. No se trata de una lógica acumulativa –galdosiana, dickensiana, balzaquiana- sino de saltos rápidos que pasan delante de los ojos –de la retina- y que se ensamblan mediante una rápida memoria visual y no una memoria auditiva-retórica, más lenta por tener que pasar por los desfiladeros de la sintaxis.

Esta aceleración del ritmo de la vida produce, según el mismo artículo, una falta de tiempo: “De dónde se puede sacar tanto tiempo para abastecerse a tantas actividades?” (Vallejo 2002: 212). La idea es, obviamente, un lugar común, como lo es también la clasificación de las personas entre “hombres trascendentales y hombres circunstanciales”, profundos y superficiales. Sin embargo, el texto no deja así el asunto, sino procede a complicar el pensamiento común con otra pregunta, “¿no habrá quienes sean capaces de unir, refundir y extraer de esos dos lados de la vida la heroica floración de plenitud humana?” (Vallejo 2002:212). Así expuesta, no hay nada de extraordinario en esta serie de ideas. Sin embargo, cuando se pasa a la lectura de un poema del mismo año donde se encuentran las mismas, manejadas de forma más condensada , el resultado es otro.

“He aquí que hoy saludo”, incluido más tarde en el libro póstumo Poemas humanos, se publicó por primera vez en el segundo número de la revista Favorables París Poema que salió en octubre de 1926. El poema comienza con una especie de resumen apretado del artículo que acabamos de citar:

He aquí que hoy saludo, me pongo el cuello y vivo,

superficial de pasos insondable de plantas.

El veloz montaje de la vida moderna se ha condensado a un solo segmento (“ponerse el cuello”), que además recuerda cierta imagen de Chaplin, a quien Vallejo admiraba: la imagen del hombrecito de collar torcido o zafado, que se presenta saludando a alguna persona de autoridad. Es decir, el primer verso consiste en un montaje de dos tomas (“ponerse el cuello”, “saludar”) más una afirmación aparentemente más trascendental (“y vivo” que se absorbe al ritmo de découpage, palabra francesa que Vallejo utiliza para referirse al proceso de edición de una película. Luego “pasos” y “plantas” se contrastan mediante diferentes atributos del sujeto (“superficial” e “insondable”), refundiendo el contraste entre las personas “circunstanciales” y “trascendentales” del artículo citado. La afirmación “y vivo” padece del mismo desdoblamiento ambiguo: ¿se trataría de la trascendencia de la velocidad, o meramente de otra toma más, de otro segmento de la velocidad? Es de notarse que la segunda frase (“me pongo el cuello y vivo”) invierte la métrica y acelera el ritmo de la primera: es decir, el poema está atravesado por dos velocidades: una rápida, cinemática, y otra lenta, sintáctica.

Hay un texto en prosa, de la sección titulada “Negaciones de negaciones” de Contra el secreto profesional, libro que reúne textos probablemente escritos entre 1927 y 1928, que se desplaza por un terreno semejante:

Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana en que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay siempre pensamiento. Esto es desesperante (Vallejo 1973: 207).

La sensación de que el montaje de la vida no cesa se retoma en varios poemas, entre ellos “De todo esto yo soy el único que parte”. Si no existe manera de interrumpir el montaje, entonces cambia el estatuto de la palabra. Ya no es por la predicación que el puro devenir pueda adquirir forma, hacerse realidad; la nominación queda al margen del fluir de la vida, como en “Hoy me gusta la vida mucho menos”, poema incluido en Poemas humanos, en que el sujeto que nombra queda al margen del devenir (“diciendo, Es un ojo éste, aquél”). El mundo burgués, que ontológicamente consiste en la suma de los objetos más sus calidades, consiente que el sujeto habite un espacio libre que le permite seleccionar de la totalidad de lo real los objetos y luego ordenarlos y tratar esa selección ordenada como si fuera la sustancia de lo real. Ese eje vertical y verbal definía la relación entre el espacio subjetivo y la realidad. Ahora, sin embargo –es decir, en el momento en que se inscribe el poema-, el fluir de lo real sucede en otra parte y no pasa por el eje de la palabra que nombra. El mundo consiste ya en imágenes-movimientos. La sustancia se ha hecho cinemática, y la palabra participará de esta sustancia.

Esta mudanza del estatuto de la palabra se acompaña por otra, por la que la interioridad auditiva del lenguaje se reemplaza por el eje de la exterioridad visiva. No se dan estos cambios de una vez por todas, sino recurren de diversas maneras. En la perspectiva de la larga duración pueden compararse con un desplazamiento semejante al que ocurre en la obra poética de Jorge Eduardo Eielson[2], poeta peruano de la generación del cincuenta, o con la afirmación de William Burroughs de que “the written word is an image” (Burroughs 1985: 62). Indudablemente, se trata de uno de los grandes cambios del siglo XX, que por su ubicuidad y lentitud se hace difícil de captar con precisión.

El poema “He aquí que hoy saludo”, sin embargo, obra con precisión, relaciona la falta de trascendencia (“superficial de pasos insondable de plantas / Tal me recibo de hombre”) con la sensación de que la vida consiste en un montaje, cuyo ordenamiento el texto maneja con ironía (“Desde ttttales códigos regulares saludo / al soldado desconocido”); ironía que no deja de versar sobre su propia producción como texto, en otras palabras sobre el paso de la vida a la escritura. Para la actitud vanguardista, lo regular se refiere al código de la Literatura, considerada ésta como distante de la vida moderna, y se asocia con un gesto de rechazo. Si los abusos ortográficos “distanciA” y “ttttales” indican el afán de burla, lo “regular” va adquiriendo, sin embargo, otro sentido. En este y otros poemas de la misma época, como también en sus escritos periodísticos, Vallejo se interesa en todas las formas en que la producción del sentido va cambiando en una metrópolis moderna debido a los nuevos medios como el radio, el deporte como espectáculo masivo, la velocidad del transporte. Mientras el vanguardismo se preocupa en guardar su “secreto profesional”, Vallejo opta por una poesía que registre los cambios de la conciencia de las masas. Le preocupa la regularización que convierte en discurso la vida, y el hecho que el lenguaje es parte del proceso. Así, por ejemplo, los versos

¿Queréis más? encantado.

Políticamente, mi palabra

emite cargos contra mi labio inferior

prolongan el contexto del “saludo” en el del discurso público (interlocutor plural) para luego escenificar el lenguaje (“mi palabra”) en su relación con la realidad fisiológica (“mi labio inferior”). Esta yuxtaposición, que en el fondo no hace otra cosa que poner en evidencia un hecho recurrente y cotidiano, rompe con la ilusión romántica de que el lenguaje expresa el sujeto, y muestra cómo la palabra emitida por el sujeto (“mi palabra”) se convierte en ordenamiento de la realidad (en este caso por el código legal) y consecuentemente en orden dado por otro (“emite cargos”) “contra” el ser fisiológico. Ese “contra” puede leerse en un sentido legal pero también como caracterización de la relación entre la palabra que regula y el cuerpo.

El lenguaje poético, a fin de cuentas, difiere del de los artículos y los apuntes en prosa en un punto a la vez prescindible y epocal. En el poema, la escritura misma desvela el paso del montaje de la vida al del lenguaje; lo desvela, es decir lo destraumatiza, en el sentido de desfectichizar la palabra. Así, por ejemplo, el código civil organiza la sociabilidad mediante el lenguaje pero la institución del código no se oye en la palabra: el ordenamiento que produce la ley (que puede tipificar otros ordenamientos) parece ser propiedad consustancial del lenguaje mismo y penetra en el cuerpo como si fuera su naturaleza. Vallejo, en cambio, produce una situación en que esa palabra-ordenamiento rebota contra el cuerpo, y a la vez se desvela su relación con el poder social. Allí radica lo moderno de la poesía de Vallejo: es decir, no porque mimetiza la modernidad sino porque la critica. Al enunciarse desde los “códigos regulares”, el poema también descubre y acusa la fetichización de la poesía (“saludo / [...] al verso perseguido por la tinta fatal”): para parafrasear, la enunciación prestigiosa que caracteriza el estatus de la poesía en la sociedad, que obviamente es producto de cierta relación entre la retórica y la distribución social del poder, no es inmanente a la poesía –a despecho de que aún los poetas vanguardistas como Cocteau (practicante para Vallejo de lo que llama “el secreto profesional”) hayan echado mano a ese legado-. Tratar ese prestigio retórico como si fuera inmanente a la poesía equivaldría a ese hábito común de atribuir a la poesía un lenguaje propio y especializado, actitud que la teoría de la escritura de Vallejo rechaza con firmeza. Veinticinco años más tarde, la antipoesía de Nicanor Parra partiría de este mismo principio.

Si la palabra rebota contra el cuerpo, entonces existiría en él una sustancia no asimilable a la velocidad. Pero, ¿de cuál cuerpo se trata? No la imagen social del cuerpo que ya forma parte de la organización de lo real de la que participa el lenguaje. Lo no asimilable a la velocidad es la vida interior, que Vallejo se empeña de rescatar de la religión y sus taumaturgos profesionales. Y se trata de un cuerpo sin órganos, el que, según Antonin Artaud, en el texto “Pour en finir avec le jugement de dieu”, sufre el juicio de Dios que intenta inscribirse en él. Ese algo que no se asimila a la velocidad –llámese lo espiritual- pasa por la escritura: “de cada hora mía retoña una distanciA”. La escritura en cuanto materialidad que se hace visible en la letra viene a ser su mediación, su encarnación, si se quiere. No se trata de una subjetividad que se escribe, sino, en cierto sentido, del tiempo que se inscribe. Así, según lo trae a colación el último verso: “El tiempo tiene hun miedo ciempiés a los relojes”; un tiempo anim(al)ista cuyo movimiento se escapa a la regulación social, a la velocidad, y que atraviesa y altera la ortografía, la letra. Este tiempo invisible, y su territorio espiritual, se dan en cuanto a la obra de Vallejo, solamente en la poesía.

Aquí un inciso sobre la poética: que exista algo que sólo se da en la poesía no implica que la literatura sea una especie de vehículo superior, tal como propone, por ejemplo, George Steiner en Presencias reales, al intentar recuperar la relación entre la lectura-escritura literaria y lo sagrado. Ya desde Trilce , el libro se va convirtiendo en instrumento material-espiritual de máxima penetración en la vida moderna y de máximo rechazo a ella, instrumento capaz de desvelar la organización tecnosocial de lo real y a la vez de producir lo humano. Mientras más se comprende la especificidad de la escritura de Vallejo, más se hacen evidentes sus componentes no literarios, como el cine; dicho de otro modo, cuanto más atenta la lectura de esta poesía, más evidente se hace la remoción de la frontera entre la poesía y la vida. Desgraciadamente, la crítica literaria actual, al dividirse entre la que incluye la cultura pero escamotea la lectura (el caso de los “estudios culturales”) y la que intenta recuperar la literariedad tradicional y prevanguardista, termina por ocultar estas características. Los argumentos se tipifican por una especie de bifurcación: que una poesía que incluye las mediaciones culturales como el cine es interesante por su apertura a la cultura o que esa poesía es buena porque impone su literariedad por encima de esos materiales culturales, es decir, los trasciende. Esta bifurcación obstaculiza la lectura de la poesía de Vallejo.

Consideremos el poema “Hallazgo de la vida”. Este poema lleva en su primera versión la misma fecha que el artículo sobre la velocidad ya citado, es decir, “febrero de 1926”. La versión original tiene un estatus más amiguo que la que se incluye en Poemas humanos, porque no se sabe si se parece más a un ensayo o a un poema en prosa (Vallejo 2002: 213-214). Ya la versión final invita a la lectura poética menos por el hecho de que Vallejo haya introducido varios cambios textuales que por el efecto de haberse incluido en un libro de poemas. Vale decir, es el género del libro el que establece la forma de lectura, ya que la materia del texto pertenece ambiguamente al contexto de la prosa ensayística y al de la poesía. Lo que sucede con otro texto, “En el momento en que el tenista”, cuyo título original era “De Feuerbach a Marx”, (Vallejo 1973: 13) es algo diferente. El original fue mecanografiado y tiene las características tipográficas de un párrafo de prosa. Al margen lleva una anotación escrita a mano: “Pasado en verso”. Esta frase se refiere a una reescritura a mano, que convirtió la prosa en versos de diferentes extensiones, que luego sufrieron varias correcciones también hechas a mano.

No proponemos un ejercicio filológico que persiga fijar el texto, sino poner en evidencia una característica específica de los textos escritos por Vallejo en esos años (aproximadamente 1924-1931): lo radicalmente incierto de la frontera entre la poesía y lo que no lo es. Así, por ejemplo, existe al menos un texto en prosa, “La necesidad de morir”, que bien hubiera podido permitir la lectura poética, o bien mediante la reescritura en verso o simplemente gracias a la incorporación en un libro que exija la lectura poética[3]. Es más, existen, entre los Artículos y crónicas completos, ciertos textos, como el caso por ejemplo de “El asesino de Barrés”, que, para pasar al libro de poemas que preparaba Vallejo, si bien tendría que haber sufrido recortes mayores que “En el momento que el tenista”, incluye párrafos o series de oraciones que se pueden leer como formando parte del libro de poemas –libro que Vallejo probablemente no había terminado de ordenar cuando murió. Ese estatus incierto que caracteriza a las unidades mayores de los textos en prosa se extiende incluso también a las unidades menores: las oraciones y las frases. Así lo ha demostrado contundentemente Enrique Ballón Aguirre (1985), al llamar la atención sobre la relación de densa intertextualidad entre los poemas y los artículos. Nuestra discusión anterior de los artículos “Wilson y la vida ideal en la ciudad” y “Una gran lucha entre Francia y Estados Unidos” puede servir como caso ilustrativo de esta intertextualidad.

¿Cuál será el peso de estas constataciones? Resumamos: el paso de una forma de lectura a otra, de lo que se suele llamar la prosa a la poesía, en el caso de la escritura de Vallejo que corresponde a los primeros años en Europa, no está marcado por ninguna cualidad privativa al nivel de los materiales. No se puede establecer la frontera mediante la distinción entre un tipo de material y otro. Aunque los materiales en prosa siempre pasan por cierto grado de condensación al llegar al libro de poemas, no se trata de un principio que pueda servir como frontera estable, ya que párrafos enteros pasan de un género a otra sin condensarse. Por lo tanto, el libro eventual del que iban a formar parte, y que aún no tenía título cuando murió Vallejo, no existía de antemano. No se trata de una forma literaria heredada, como la forma del soneto, para citar un caso notorio, que daría a lo escrito el estatus de poesía. Más bien, se trata de un libro que “retoñaba”, que surgía del tiempo vivido; un libro de alcance desconocido, que se iba haciendo de los materiales vividos en lugar de imponerse sobre ellos. Inclusive, la duda de si se trata de prosa o de poesía no es en sí lo más interesante de estos textos. Lo interesante está en los materiales, que en sí no son ni prosaicos ni poéticos, revelan, gracias a la escritura-lectura poética, los ritmos que puntúan lo real.

Consideremos “Hallazgo de la vida” en su versión final, teniendo en mente estas características inciertas. Al nivel del contenido proposicional, el poema de vuelta al párrafo, ya citado, de Contra el secreto profesional, que presenta un Yo abrumado por el montaje de la vida que no cesa: “Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte”. En lugar de la secuencia temporal que no se interrumpe ni siquiera por la muerte, que es el tipo de temporalidad producida por el estado, el texto afirma “la presencia de la vida”, de la vida sin el montaje temporal y por ello sin pasado y sin símbolos. El acto de parar el montaje, de parar la película, nos enfrenta con el contexto del montaje, es decir en lugar del sentido de la vida, se nos enfrenta con el sentido del sentido. De allí lo misterioso del poema, que por lo demás no tiene nada que ver con el misterio simbolista, que opera por una mera postergación del sentido. Ya lo dijo el poema LV de Trilce: “Samain diría que el aire es quieto y de una contenida tristeza. / Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra de cabello perdido”.

No es fácil constatar el tipo de acción comunicativa que lleva a cabo un texto cuando éste, al parar la producción del sentido, forzosamente inmoviliza el discurso –y más todavía si este mismo texto utiliza una discursividad extremada para hacerlo:

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

Es como si se nos presentara todo el aparato retórico del sujeto que se presenta expresándose en público –no olvidemos que en Occidente, según la tradición romana, el ciudadano se constituye por la retórica- pero sin el sujeto que ese discurso debería presentar. Sólo se expresa una exterioridad absoluta:

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, le diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos.

Es como si en lugar de ver la película desde dentro de la sala de cine, la viéramos desde afuera, indistinguibile de la realidad de la que surge: tal es el punto extremo al que nos lleva, en ciertos momentos, El hombre de la cámara (1929), la película del cineasta ruso Vertov que fascinaba a Vallejo. Hay un momento parecido en una obra peruana de estos mismos años, La casa de cartón de Martín Adán: la pantalla del cine que es la vida viene a ser el lomo de una mula en la calle de un balneario de Lima (Adán 1971 [1928]: 86). En ambos casos, el ciudadano-vidente-lector, en lugar de mirar el mundo a través del flujo de imágenes, se encuentra con la materialidad de la pantalla.

El poema “Hallazgo de la vida”, por otra parte, se asemeja a la experiencia mística de la suspensión de todo movimiento en el momento de teofanía. En ese sentido existe un parecido entre el texto de Vallejo y el poema “Engomi” de Giorgos Seferis, que reubica la visión de la Anunciación de la Virgen María en el contexto de una excavación arqueológica de los años cincuenta del siglo XX. La misma imagen icónica recorre los poemas de Vallejo, como en el caso de “Una mujer de senos apacibles”. Sin embargo, “Hallazgo de la vida” produce una puesta en escena moderna de la experiencia visionaria. Es notable que las enunciaciones tengan la fuerza de una decisión. No se trata de ninguna manera de la contemplación pasiva, o sea, de la sumisión al fluir de la vida, seducción que aparentemente ha dominado cierto postmodernismo, sino de una decisión semejante a la que, como ya vimos, requiere lo que Vallejo llama “la disciplina de la velocidad”, que consistiría en “traducir en conciencia, los fenómenos de la naturaleza y del reino subconsciente, en el menor tiempo posible” (Vallejo 2002: 174). Aquella decisión, implícita en el texto que conforma el poema, se anuncia explícitamente en el texto original: “¿He probado ya otra vez la impresión de la naturaleza? Estoy completamente decidido a no haberlo probado, a no haberlo saboreado nunca, sino ahora” (Vallejo 2002: 213). Cabe especular que Vallejo suprimió la expresión explícita de la decisión precisamente porque debilitaría la suspensión del tiempo al rellenarla con discurso.

Aunque el texto trasuda una intensa afectividad, ésta no se apoya, sin embargo, en la noción de un sujeto, ya que no opera la memoria, factor imprescindible para cualquier concepción de la subjetividad[4].

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

No se trata, es obvio, de la emoción en el sentido del sentimiento: no están las continuidades temporales y discursivas que constituyen los sujetos y los objetos del sentimiento. La emoción, “esta emoción formidable”, pasa al dominio de lo ontológico, figurado por la destrucción del cuerpo del que se opusiera a ella. Contra el mundo de los sujetos y los objetos, el poema insiste en la soberanía del afecto. No hay sujeto o, si se quiere, hay un sujeto transido por una retórica delirante, mejor dicho, por una locura comunicativa, ya que ésta vacía absolutamente el tiempo normal de la enunciación –la enunciación no ocupa un lugar en el tiempo.

Ya los trabajos de Bateson y de Laing nos han enseñado a entender la psicosis como un trastorno de la comunicación. Los esquizofrénicos, según Bateson, evitan señalar la función comunicativa de sus mensajes: “no indican al interlocutor qué tipo de mensaje están transmitiendo: si éste es literal o metafórico, irónico o directo” (Bateson 1978: 205). Sucede algo semejante con el hablante de “Hallazgo de la vida”: insiste sobre la instancia de los interlocutores (“¡Señores!”), pero, dado que no existe una respuesta apropiada a quien exige que se pare la película, la insistencia no tiene sentido comunicativo. En este poema, el acto de hablar –el hecho mismo de hablar- se relaciona con un nivel contextual otro, que no es el que da sentido al mensaje sino que posibilita el sentido mismo; es decir, se relacionan con la puntuación del fluir de lo real que le da sentido. Para Bateson, decir puntuación es una manera de referirse a la segmentación de lo real que lo hace susceptible al sentido. Sin puntuación no existe la posibilidad de aprender –y a fortiori de la subjetivación (Bateson 1978: 262-264, 271). Se puede decir, por lo tanto, que si la relación con los interlocutores tuviera sentido, entonces se inscribiría en la lógica del tiempo social, ese tiempo continuo que requiere la sumisión a la continuidad, ya que obliga a morir del tiempo y no de la vida.

El uso que hacemos del término psicosis no implica ni la patologización del sujeto ni la inversión idealista de la enfermedad en una forma de rebelión. Más bien, se trata de la caracterización de la zona psíquica a la que se aproxima la escritura vallejiana. Freud, en su ensayo de 1924 sobre la diferencia entre la neurosis y la psicosis, insiste en que ésta se caracteriza por el intento de remplazar partes de la realidad por otra realidad, motivo, por lo demás, por el que recurre a la alucinación. Es decir, el sujeto se empeña en “reconstruir la realidad” (Freud 1981: 224-225). El argumento se resume de la siguiente manera:

[...] mientras que el mundo externo nuevo e imaginario de la psicosis intenta instalarse en el lugar de la realidad externa, el [mundo imaginario] de la neurosis, al contrario, tiende, como el juego de los niños, a relacionarse con una porción de la realidad [...] y a dar a esa porción una importancia especial y un sentido secreto que [...] llamamos simbólico (Freud 1981: 226).

La distinción que hace Freud ofrece una pista para la caracterización de la escritura vallejiana. Si en la psicosis no hay símbolos, vale decir que se trata de una producción de sentido en el que no se seleccionan porciones o segmentos de la realidad para darles un sentido especial, mediante la condensación o el desplazamiento, mecanismos básicos de la simbolización. Existiría, en este caso, un estado en que todo tendría sentido, ya que no intervendría la selección. El acto que desarrolla “Hallazgo de la vida” vendría a ser, en ese caso, un acto imposible: parar la máquina de lo simbólico y dejar que todo tenga sentido y hacerlo, sin embargo, desde la retórica, esto es, desde el lugar de producción social del sujeto.

“Hallazgo de la vida” afirma el éxtasis como modalidad de la verdad. Un éxtasis sin creencia, absolutamente laico (“mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida”). Se produce una luminosidad, pero sin que se deba a la presencia de un más allá (“Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del Sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur”). Definitivamente, no se trata de la negación del tiempo por la trascendencia, esa estrategia que convierte la poesía en plusvalía metafísica y que caracteriza a la poesía latinoamericana oficialista. Se trata de algo mucho más difícil: el rechazo desde adentro de la sumisión al tiempo histórico. En la primera versión, el texto termina así: “¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte. [...] Yo moriré de vida y no de tiempo” (Vallejo 1997: 48).

©William Rowe, 2007.

Bibliografía

Adán, Martín (1971 [1928]): La casa de cartón. Lima: Mejía Baca.

Ballón Aguirre, Enrique (1985): Poetología y escritura. Las crónicas de César Vallejo. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Bateson, Gregory (1978): Steps to an ecology of mind. London: Paladin.

Burroughs, William (1985): The adding machine. London: Calder.

Freud, Sigmund (1981 [1924]): “The loss of reality in neurosis and psychosis”.

En: On psychopathology, The Pelican Freud Library, vol. 10. Harmondsworth: Penguin, pp. 219-228.

González Vigil, Ricardo (1991): César Vallejo, Obra poética. Lima: Banco de Crédito del Perú.

Pound, Ezra (1954): “Cavalcanti”. En: Literary essays. London: Faber, pp. 149-200.

Rowe, William (2003): Siete ensayos sobre poesía latinoamericana. México: El Poeta y su Trabajo.

Vallejo, César (1973): Contra el secreto profesional. Lima: Mosca Azul.

- (1997): Poesía completa. Edición de Ricardo Silva Santisteban, t. III. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

- (2002): Artículos y crónicas completos. Lima: Pontificia Universidad Católica.



[1] Este ensayo forma parte de un trabajo más extenso sobre Vallejo y el cine.

“A pie de página” agradece a William Rowe su gentileza y amabilidad por habernos permitido publicar este ensayo [N.d.R.].

[2] Véase Rowe 2003.

[3] Ricardo González Vigil incluye este texto, junto con dos otros, en un “adenda” a Poemas humanos (González Vigil 1991: 495-502).

[4] En esos mismos años, Ezra Pound había encontrado en el poema de Cavalcanti, “Donna me prega”, con su declaración que el amor reside “donde está la memoria”, una de las claves de la lírica moderna (Pound 1954: 149-200).

Fuente: http://www.apiedepagina.net/Roweart%C3%ADculoses.htm

Dios



Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad...

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece
que él me dicta no sé qué buen color.
Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego,
hoy que amo tanto en esta tarde; hoy
que en la falsa balanza de unos senos,
mido y lloro una frágil Creación.

Y tú, cuál llorarás... tú, enamorado
de tanto enorme seno girador...
Yo te consagro Dios, porque amas tanto;
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

César Vallejo

Sobre César Vallejo Post-Guerra. OCUPACIÓN ALEMANA Y CENIZAS HÚMEDAS

Por Alan Luna

Georgette lleva en manos a un Vallejo escrito y póstumo, olvidado entre kilos de azúcar y botellas de aceite. Ella va indignada pero serena. Piensa cada hecho. Mide cada paso. Las cosas no han salido como se esperaban, ni mucho menos. Después de la muerte se descubre la cotización de una vida. Los mercaderes del apuro y el miedo han dejado perderse las mejores herencias en hogueras de esquina y sótanos de incomprensión. El día es gris de puro desgano. Una mujer, fuerte y sola, camina por las calles de París, llevando el más lúcido de los rompecabezas: la obra inédita y póstuma de Vallejo. Pero…el olor a guerra asoma ya en la boca de las esquinas. Y todos andan de prisa.

ANÉCDOTA (VALLEJO, “Obra Poética Completa”, Mosca Azul Editores. Apuntes Biográficos sobre César Vallejo, pág. 396 - 397, Por Georgette de Vallejo)
Dos semanas después de la muerte de Vallejo empecé a copiar a máquina, en cinco ejemplares, todas sus obras inéditas. Las guardaré 35 años. Poco antes de la invasión de Francia por las fuerzas nazis alemanas, cediendo en un momento de debilidad a un sentimentalismo que iba en contra de la voluntad de Vallejo., me dirijo a la Legación del Perú en París, y expongo a estos señores: “Van a bombardear. Convendría trasladar, me parece, los restos de César Vallejo, al Perú…” No sin altivez y desprecio, oigo que me contestan: “Esto… se verá en momento oportuno”. Por ingrata coincidencia, esta contestación es la que me diera textualmente la familia de Vallejo a quien he escrito en el mismo sentido: “Eso se verá en momento oportuno”. Y es la misma familia que escribe a la Legación de París preguntando si “esta persona con quien vivía Vallejo es su mujer legítima”.

Más tarde, al hacerse más inminente el peligro de invasión, regreso por segunda vez a la Legación peruana a la que llego con un paquete pesado bajo el brazo. “Aquí, señor –digo- está la obra en prosa completa e inédita, como usted sabe, de César Vallejo. Entrados los alemanes en París, dudo que el expediente de comunista que tengo en la Prefectura haga muy firme mi cabeza sobre los hombros. Si, la guerra terminada, aún estoy viva, usted me la devolverá. Si he desaparecido usted sabrá qué hacer con ella… Con fe se la entrego y la deposito en sus manos”.
Recibo naturalmente todas las más agradables garantías y me retiro.

Pronto, los alemanes están a las puertas de la capital cuyos habitantes queman en los depósitos todas las reservas de alimentos en conserva. Llueve y el viento lleva y cubre todo de un hollín mojado y aceitoso. Teniendo que recoger no recuerdo qué documento en la Legación del Perú, ahí regreso por tercera vez. Está vacía: todos los diplomáticos han huido a Bordeaux. Sólo queda el portero, un español, don José, a quien Vallejo le estrechaba la mano ante el mayor asombro de sus compatriotas. “Suba, por favor, -me dice- suba y le traigo ahora mismo su papel”. Subo y entro al salón que ya conozco y donde sobresale la gran chimenea de mármol blanco. Veo, asombrada, que está cubierta de kilos de azúcar, de tallarines en paquetes, velas, sal, botellas de aceite, sardinas en lata… y, mezcladas a todo ello, páginas escritas a máquina… páginas y páginas… Por la ventana dejada abierta, el viento ha penetrado y están también salpicadas de hollín y medio mojadas. Distraída me acerco, maquinalmente tomo una de ellas… Lo que veo es apenas creíble: todas estas páginas son las obras inéditas de Vallejo. Ni siquiera olvidadas, al último momento, en la huida, en el cajón de algún mueble. No. Están aquí, tiradas, manchadas, sucias, inservibles… Cuando el portero aparece, ya he recogido la obra de Vallejo. Tomo el papel que me tiende don José: ¡Muchas… muchas gracias, don José… Don José, adiós!

Aquí tienen los hacedores de anécdotas, el testimonio imborrable de lo que representaba César Vallejo a los dos años de su muerte, hasta para los peruanos de la Legación Peruana.

Lima, febrero de 1973
Georgette de Vallejo


Fuente: http://palincestos.blogspot.com/2006/09/la-escritura-o-la-vida.html#c115920104006191721

La vigencia de un poeta universal

Por GINO GIORFFINO

La profesora dijo, "abran su libro en la sección de Lenguaje" -un libro para la educación primaria que incluía textos de todas las materias: Lenguaje, Historia del Perú, Aritmética, entre otros. Señaló un determinado número de página y ante nuestros ojos, los alumnos de ese pequeño colegio primario, se encontraba un poema. Se titulaba "A mi hermano Miguel - In Memoriam". No sé a qué compañero se le encargó leerlo en voz alta. Yo, en vez de limitarme solamente a escucharlo como hacían los demás, lo leí silenciosamente, siguiendo la lectura en voz alta. Cuando hubo terminado la lectura yo, no respondo por los demás presentes, quedé, por primera vez en mi vida, profundamente conmovido con un poema.

Como muchos niños en el Perú y en el mundo, yo conocía de poemas, pero de poemas trillados sobre la madre y la primavera, por ejemplo; pero jamás imaginé que unas líneas podían tener un impacto tan profundo. No sé si lo que produjo en mí ese poema se debió a que tenía un hermano menor, cómplice de juegos y travesuras, al igual que el poeta, o era estrictamente el poder del sentimiento puesto en unos escasos versos o si ambas cosas a la vez.

El autor de esos versos era César Vallejo. Nació en 1892 en un pueblito en los andes peruanos, llamado Santiago de Chuco, y murió en París en 1938. Una vida corta la suya, pero que dejó un legado poético de magnitud universal. Su existencia no fue fácil: nieto de curas españoles e indias, vivió una vida de penurias económicas. Su primera obra, "Los heraldos negros" (1918), no tuvo el reconocimiento de la crítica limeña. Fue víctima de un hecho que algunos estudiosos consideran un punto de inflexión en su vida y en su obra. Resulta que, con motivo de una asonada política en su pueblo natal, el 1° de agosto de 1920 se vio involucrado en el incendio de la casa del propiciador del asesinato de un joven anarquista amigo suyo. Como quiera que los movimientos reivindicativos eran inconvenientes para el sistema político del momento, el establihsment local quiso escarmentar en Vallejo, en ese entonces un anónimo estudiante, para ejemplo de los llamados disociadores que pretendieran poner en entredicho el orden establecido. El poeta luego expresaría en cartas y en un poema que su experiencia carcelaria fue el momento "más grave de su vida". Liberado provisionalmente por falta de méritos, el proceso judicial en su contra siguió su curso. Es así que puede viajar a Lima y luego parte a Europa. Durante su permanencia en el viejo continente, es acosado con exhortos judiciales que las legaciones peruanas en París y Madrid entregan puntualmente al poeta para que éste se ponga a Derecho, es decir, retorne al Perú para afrontar el juicio. Cabe señalar que 9 décadas después, el Poder Judicial peruano da por concluido el proceso y desagravia públicamente al vate.

Antes de partir a Europa, sin embargo, publica, su segundo libro, "Trilce" (1922), el que marca un rompimiento con las fórmulas retóricas derivadas de esa corriente. Si bien su primer poemario, donde hay vibrantes poemas hoy reconocidos por la crítica como de altísimo valor, tuvo una fuerte impronta post modernista, su segunda obra, desde el título mismo, palabra creada por Vallejo, el poeta se embarca en lo que podría considerarse como una obra experimental, innovadora, preñada de neologismos y ritmos inéditos en la poesía latinoamericana. Es verdad que es un poemario no de fácil entendimiento, pero a los poemas de este libro, que rompe moldes, hay que dedicarle mucho tiempo y mucha pasión poética a fin de comprenderlo y hacer así justicia a su osadía y honestidad poéticas.

Luego de estas dos publicaciones que muy pocos en el Perú aquilatan y reconocen en su magnitud, con el apoyo del intelectual Antenor Orrego, un amigo que creyó en él y en su enorme potencial poético, viaja a Francia y se establece en París. En la capital francesa se somete a una dura existencia llena de penurias en donde el hambre asoma cotidianamente. Sin embargo, sobrelleva esta prueba con dignidad y entereza. Su sensibilidad humana, su solidaridad, lo llevan a adscribirse al comunismo. Cree, como muchos, que ese sistema acabará con las penurias de la humanidad e instaurará, finalmente, la justicia y la igualdad entre los seres humanos. Incluso, viaja a la URSS en 1928 y en 1931 publica "Reflexiones al pie del Kremlin". No vivió para constatar que el devenir histórico no le dio la razón, sino que sus esperanzas de un mundo mejor bajo el comunismo, acabaron naufragando en un sistema totalitario que hoy sólo languidece a duras penas en puntos aislados del planeta.

Se entusiasma con la caída de la monarquía en España y la consiguiente instauración de la República. Al estallar la guerra civil en la península, adhiere a la causa de ésta viajando hasta en dos ocasiones a suelo español, e interviene en el II Congreso Antifascista de 1937. Es en la España de la guerra civil donde se gesta su obra fundamental, "Poemas humanos". Él, un escritor que creía fehacientemente en el "compromiso" del artista, del intelectual, se conmueve hondamente al constatar que el ideal de una república socialista se derrumba y se abre espacio para la barbarie y las atrocidades que paga con sangre el pueblo español. De esta experiencia surge un grupo de poemas que titula "España aparta de mí este cáliz", que su esposa francesa Georgette publicó luego de la muerte del poeta, incluyéndolos como parte de "Poemas humanos".

Se considera que la maduración poética de Vallejo se logra en esta etapa, se puede decir final, de su vida. Ningún poeta antes había expresado el dolor, el sufrimiento del ser humano contemplado desde la misma humanidad, como él lo hizo. Sus poemas desbordan sensibilidad y espontaneidad verbal. Desde la marginalidad en que se vio sumido, expresó como nadie antes ni después, sobre la condición del ser humano, de la pobreza, la solidaridad, de la miseria y del hambre. Leer a Vallejo no es fácil, pero aquel que se adentra en sus poemas lo sentirá vibrar en sus poemas y el lector descubrirá su propia dimensión como ser humano y que su deber, que emana de esa condición, es el de la solidaridad con cada uno de sus semejantes y con todos ellos en su conjunto. Este próximo 15 de abril se cumple un aniversario más de su muerte, el mejor homenaje que se le rinde está dado por las miles de personas en el mundo que se inclinan ante su obra y saber que otros tantos proseguirán el incesante peregrinaje que se verifica ante su modesta tumba en el cementerio parisino de Montparnasse.

A MI HERMANO MIGUEL

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa.
Donde nos haces una falta sin fondo¡
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: "Pero, hijos..."
Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.
Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.
Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.


(*) Cónsul General del Perú en La Plata.

Fuente: http://www.eldia.com.ar/edis/20080413/revistadomingo72.htm

Imagen de Vallejo



Única imagen en cine del poeta César Vallejo en su viaje a España

César Vallejo, periodista paradigmático



Fuente: http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibvirtualdata/libros/Comunicaci%C3%B3n/perparadigmatico/pdf/per_par_02.pdf

La madre en César Vallejo

Por Danilo Sánchez Lihón

1. Mundo con madre es el mundo andino

La cultura andina, pertenencia esencial de César Vallejo, a la cual da expresión, voz y palabra, está signada por el sentimiento, la emoción y el sentido de madre.

Todo en ella es madre, relación consustancial, afectiva y de filiación con el origen, la matriz y lo sagrado de la creación. Es, además, afinidad profundamente tierna y dulce; con mucho candor. Y César Vallejo tenía esas claves y anagramas incrustadas en el alma. Y la pena es que, salvo en su infancia, le tocó vivir después en un mundo ajeno a esas relaciones afables. Y he allí la clave del dolor que él encarna.

Madre, para la cultura andina es también la tierra que se respeta, reverencia y adora, con la cual no cabe desunión posible. La vida es inherente a la naturaleza, que es la madre tierra. Y madre es hogar, casa, rincón familiar. Y se puede ser todo lo humilde que se quiera pero sin aquellas ubicaciones de madre el mundo resulta miserable.

Aunque pobre la cultura andina construye casa. César Vallejo fue un exiliado de un mundo de amor y de solidaridad hacia otro hosco y desalmado, sin madre. De allí que anheló tanto y militó en la causa de erigir un orden nuevo, una casa solidaria y una mañana eterna en que desayunemos todos.

Quizá ningún personaje puede encarnar tanto a la cultura andina como la madre, honda, sublime, enigmática; representando el misterio de la vida, lo que está adentro, lo que se calla, con quien solo se puede establecer una relación de afecto y totalidad.

Lo opuesto a la madre es la nada. Su no existencia da lugar al abandono, la desolación y orfandad. Y madre es, además de un ser biológico, nuestra tierra, la casa, nuestro sitio en la mesa y en el fogón familiar a la hora del yantar. Mundo con madre es el universo andino. Y que es lo que nos hace regresar desde muy lejos a nuestros pueblos de origen y a la patria idolatrada de nuestra infancia.

Y esos contenidos son esenciales en la trayectoria vital de César Vallejo, que se reflejan en su obra, que como poeta instintivo lo supo sentir y expresar.

2. La madre biológica de César Vallejo

Hay imágenes de ella, extraídas de fotos de conjunto, de las cuales se ha recortado y separado su retrato.

Se la ve sencilla, honda y esencial, envuelta en un reboso raído, sin nada artificial que lo distinga, un arete, una cinta o un anillo. Se la siente arcilla, gleba, espiga; de rasgos muy andinos, telúricos y bondadosos, con ojos profundos, cabello lacio, pómulos salientes. Con mucha alma; servicial y entregada. Agua clara de manantial, mujer andina cabal.

Se llamó María de los Santos Mendoza Gurrionero, hija del sacerdote Baltazar Joaquín de Mendoza, quien fue natural de España. Su madre en cambio fue lugareña de Santiago de Chuco.

Nació en esta villa el 1 de noviembre de 1850. Se casó a los 17 años, el 22 de junio de 1867, con Francisco de Paula Vallejo Benites, también hijo de sacerdote, en la iglesia matriz del pueblo. Al casarse su madre y hermana le donaron la casa donde nació y nacerían luego sus doce hijos, siendo el último César Vallejo Mendoza, a quien dio a luz a los 42 años y en cuyo parto estuvo a punto de morir.

Murió el 8 de agosto de 1918, cuando César Vallejo se encontraba en Lima y aún no había publicado libro alguno. Los Heraldos negros, recién aparecería en julio del año 1919.

Doña María de los Santos falleció después de tener un proceso de fiebre alta que se declaró en el mes de julio, para complicarse después en una enfermedad dolorosa y mortal en su época: angina de pecho, que inflama los órganos de la deglución y la respiración.

Su sepultura está identificada en el cementerio general, en la colina que domina el pueblo de Santiago de Chuco.

3. Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos

En múltiples poemas, así como en páginas sentidas de su prosa, César Vallejo evoca a su madre con amor entrañable. Hasta en su libro póstumo “Poemas Humanos” empieza diciendo:


Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

El poema XXIII de Trilce, publicado en 1922, está dedicado completamente a ella. Y comienza así:


Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.
Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.

¿A quién se le ocurre expresarse de ese modo? ¡Qué tal arrojo! “Tahona estuosa”. ¡Y qué manera de tratar con la poesía! Porque, ¿quién lo entiende? Eso él no se preocupa. Había escrito en Los heraldos negros: “qui potest capere capiat” que quiere decir: El que pueda entender que entienda. ¿Arrogancia? ¿Capricho? No, porque ya sea como sonido o ya sea como significado, madre es ciertamente tal como él lo dice: “tahona estuosa”. Cabal para el sentimiento y el concepto de madre.

Así como Dios puro sonido es “¡ommm!”, madre en puro sonido es “tahona estuosa”. En términos semánticos, tahona es: casa en donde se hace y se reparte el pan; y estuosa: íntima, cálida, abrigada. Y la madre es eso.

Por algo dijo de Trilce:


“Sólo Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado en donde pudo quedar yerta mi pobre ánima viva”.

¿Y gorgas? ¿Qué es? ¿A quién se le ocurre llamar a los hijos gorgas? ¡Gorgas!, que es alimento o comida para las aves de cetrería. ¿Y qué relación tiene el significado de la palabra los hijos pequeños? Toda. Absoluta y cabal relación. Pero solamente a un genio se le ocurriría encontrar esa relación.

Y así cómo introduce este lenguaje total, introduce toda la vida, su biografía y su mundo. Y su muerte. Porque uno de esos hermanos ya estaba muerto, hacía cinco años, pues Miguel murió el 22 de agosto de 1915. Y su madre también ya era occisa. Pero eso ¿qué importa? Aquí, con Vallejo, se transpone la vida y la muerte.

Porque él conversa para adentro, para sí mismo. Habla de los insignificantes que resultan trascendentes, de los cuatro mendigos que son él y sus hermanos pequeños. ¡Qué diferencia ¿no? con los grandes temas y autores con los cuales él ahora se equipara!

Las batallas y los fastos de los dioses en Homero. El cielo, el purgatorio y el infierno en Dante. El amor, la duda o los celos, en Shakespeare. En Vallejo la vida cotidiana, el hombre, lo íntimo, como comer, tan común y corriente. Pero, ¡al fin la vida!

4. El mundo con madre y sin madre

Y continúa:


En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.

Hay dos mundos entonces. Uno es el de la sala de arriba en donde totalizando el día, en cual estiva, se repartían esas ricas hostias de tiempo que la madre ofrenda en esa comunión del amor total. Ese pan es sagrado, son hostias de tiempo que ella dona y entrega como sacerdotisa del amor maternal. Como fue el mundo andino que fue destruido por mano codiciosa que impuso el saqueo y la usura, mundo en el cual ahora somos reos, reclusos y parias.

Ese pan generoso es oblación y es sagrado. Tú lo diste, madre, y es pan de amor. Pero ahora nos lo cobran. Y aquí se presenta la ruptura, lo quebrado y trágico: Y en vez de hostias de tiempo son cáscaras de relojes, salario, tiempo falso, mecánico y artificial.


Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar...

Todo cambia cuando dice: “Madre, y ahora!”. El pan se ha convertido en migaja que en vez de pasar se ata al cuello por fuera. El pan nutricio se vuelve soga del ahorcado. En vez de pan para alimentar ahora es cuerda que aprisiona. Se cambió el mundo del afecto por el mundo sin madre, la cultura del lucro, usurera y especulativa se impuso.

El lenguaje de exaltado se ha tornado dolido, infringido, no por los vocablos sino por la inflexión y el gesto, por la manera de hablar, por el tono confidente, de mohín. Y pueblerino.

Y todo medido en relación a una función básica cual es el acto de alimentarse y comer, de nutrirse. La madre es bolo alimenticio, es bocado. En la primera instancia los bizcochos son dulces. En la segunda una migaja se atasca al cuello.

5. El alquiler del mundo donde nos dejas

Y prosigue:


...Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor

Así como en la poesía él llegó a lo real de lo real y a ser un poeta del hambre, así en el amor de la madre llegó al amor que se traduce en pan.

La madre es harina. Pero también es el cuenco donde se amasa el pan dulce, el bizcocho. Es el recipiente y la vasija, si no el amor no tiene forma ni estructura. La madre es contenido y continente, harina y utensilio, donde se pueda amasar el pan de la vida ser el horno que lo cueza.


hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tánto!
en las cerradas manos recién nacidas.

Las figuras y metáforas son bucales u orales, también dentales y de la función de comer. Y del tener hambre. Pero luego sigue: “Tú lo viste tanto!” ¿Dónde? Tú lo adivinaste. ¿Dónde lo adivinó? “en las cerradas manos recién nacidas”. En los signos, en el mundo cifrado y secreto de la mano. Y aquí llegamos al enigma pleno y atroz, porque es en las cerradas manos de un recién nacido que solo el secreto de amor de una madre los expurga. Y otra vez estamos hundidos en el hecho cotidiano, inencontrable salvo por el bendito y secreto amor de madre puesto en lo pequeño e insignificante, los trazos de una mano cerrada.


Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.

Poema de lo propio y ajeno. Lo propio y auténtico si viene de la madre. Fuera de ella es un mundo ajeno. Porque el mundo de la madre es generoso, del desprendimiento total que ella ampara, lo nutre, lo acoge y protege. Reino del puro amor, lo contrario es ajeno donde todo nos cobran y tenemos que pagarlo. Es el “alquiler” del mundo.


Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?

Es el poema del divorcio, del cambio desde una posición de generosidad hacia otra de desamparo y de necesidad. Y él militó y entregó la vida por restituir el mundo de la generosidad y la solidaridad humanas.

6. Madre, me voy mañana a Santiago

Pero hay otro texto de Trilce dedicado también a la madre y es el poema LXV escrito en mayo de 1920 antes de retornar a su terruño, Santiago de Chuco, cuando hacía dos años su madre ya había muerto.


Madre, me voy mañana a Santiago,
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
Acomodando estoy mis desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos trajines.

Pese a que la madre está muerta va a confiarle a ella sus desengaños y el rosado de llaga de sus falsos trajines. Porque la madre es quien entiende, es centro, hondura y vastedad. Es llanto para comulgar, mojarme en él, que es agua y lluvia. Es este poema el del retorno a la tierra natal:

El llanto es aquello tan hondo que no puede ser expresado de otro modo.

Estoy acomodando mis desengaños. Llevo en mi maleta no regalos ni obsequios como en la sociedad de consumo, sino mi confesión que nos hace más humanos. Llevo mi alma indefensa y mi ser adolorido, equivocado ante ti que eres verdad y puro amor. Los llevo para que tú los alivies de solo oírlos.

Mojarme en tu llanto es una purificación. Porque el llanto no siempre es de pena, es también de identificación y reconocimiento. También de felicidad. De la madre viendo llegar al hijo.

Es el poema del retorno, del regreso, de la madre que ve llegar al hijo de sorpresa. El hijo pródigo arrepentido. Y del padre o madre que acogen. Pero ella ya está fallecida. Hace dos años que murió. Y él lo sabe. Entonces, ¿a quién se refiere?


Me esperará tu arco de asombro,
las tonsuradas columnas de tus ansias
que se acaban la vida.

Que se acaban la vida es una manera de hablar en el pueblo. Este gesto, este mohín, este detalle para hablar.

¿Qué madre no espera a un hijo que está lejos como si le hubieran desgajando o cercenando el ser? ¿Y qué es o puede ser un arco de asombro? Desde los brazos, que se elevan de alegría, hasta las cejas o la frente.

El mundo mismo es un arco de asombro. O puede ser la puerta del templo. Puesto que es llegada y es recibimiento. Es el encuentro. Pero puede también ser el nacer. Para cada madre el hijo estará siempre naciendo.

7. Estoy plasmando tu fórmula de amor

Me esperará el patio,
el corredor de abajo con sus tondos y repulgos
de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,
aquel buen quijarudo trasto de dinástico
cuero, que para no más rezongando a las nalgas
tataranietas, de correa a correhuela.

Madre es la tierra pero también la casa; el corredor, el patio. Se describe la casa, ¡y en época de fiesta!

Pero no solo es la casa sino el sitio que se ocupa en la mesa subido en el sillón ayo. “Me esperará mi sillón ayo,”. Solo la infancia nos espera y acoge. Solo una madre nos escucha y nos bendice. Solo la tierra nos acepta otra vez de regreso, cuando retornamos a ella incluso estando muy lejos.


Estoy cribando mis cariños más puros.
Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?
¿no oyes tascar dianas?
estoy plasmando tu fórmula de amor
para todos los huecos de este suelo.

La madre está muerta y él le reclama que le oiga. Que oiga al hijo y es natural, porque madre e hijo en la comunicación han tendido un lazo imperecedero. Reclama que sienta no solo lo que le dice sino aquello que ni él sabe lo que es. “Estoy ejeando” “no oyes jadear la sonda”, que es una inmersión en lo profundo de nuestro ser.

Ahora bien, ¿cualquier madre puede inspirar un poema así? Desde que hay culturas sin madre, no. La inclinación del mundo actual con el fenómeno de la globalización tiende a eliminar el ser madre. Por eso el mundo andino es reservorio moral e inspiración para la humanidad del presente y del futuro.

“estoy plasmando tu fórmula de amor”. ¿Que sabiduría es mayor que el ser madre? ¿Y qué fórmula más perfecta de amor real, ideal o utópico que el ser madre?

8. La madre es casa eterna

Oh si se dispusieran los tácitos volantes
para todas las cintas más distantes,
para todas las citas más distintas.
Así, muerta inmortal. Así.

“muerta inmortal” es: estuvimos aquí y es para siempre. Nos amamos, siquiera un instante y ese amor ya no desaparecerá jamás. Es para siempre.


Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño que tuviste.

Porque eso es el varón frente a la mujer como género, donde mi padre con ser mi padre se humilló hasta ser el primer pequeño que tuviste.


Así, muerta inmortal.
Entre la columnata de tus huesos
que no puede caer ni a lloros,
y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer
ni un solo dedo suyo.
Así, muerta inmortal.
Así.

Columnatas y arcos. ¿Dónde estamos? ¿Qué nos evoca? El templo, la iglesia, el altar. Es el edificio para orar. En donde el padre humildóse hasta menos de la mitad de un hombre, es decir, donde se arrodilló. Desamparado ante ti, ¡misterio adorable!

“Así, muerta inmortal. Así” Ya para siempre nadie te puede olvidar. Y así sea hace dos, diez o mil años, iremos a mojarnos en su bendición y en su llanto. Es lo irrevocable, lo insustituible que ni siquiera puede caer ni a lloros. Es eterno, tanto que ni nuestra pena, ni nuestra tristeza al llorarla, la hará sucumbir ni dejar de ser. Es eterna. Es muerta inmortal.

¿Quién puede atentar contra lo que es inmortal? El destino. Pero ni él, que todo lo cambia y rige, puede entrometer ni un dedo suyo.

La madre es el misterio perfecto, el origen de la vida y ella contiene la fórmula del amor consumado.

Danilo Sánchez Lihón

Instituto del Libro y la Lectura del Perú


Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/sanchez_lihon_danilo/la_madre_en_cesar_vallejo.htm