29 marzo 2008

Los dados eternos - César Vallejo




Los dados eternos
Para Manuel Gonzales Prada, esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

César Vallejo



Audio de Los Dados Eternos interpretado por Segundo Vara

boomp3.com


23 marzo 2008

Biografía de César Vallejo escrita por su esposa Georgette de Vallejo


Decimosegundo hijo de la familia Vallejo Mendoza, César Abraham Vallejo, nace en marzo de 1892, en Santiago de Chuco (3,500 metros de altitud) más gran aldea que ciudad de la cordillera peruana.
Alumno remarcable, será brillante estudiante.

En 1910: Parte para Trujillo (4 días de viaje a caballo) y se inscribe en la Facultad de Filosofía y Letras.

En 1911: La idea de hacerse médico lo lleva a Lima, pero pronto renuncia a la carrera médica y vuelve a Trujillo. Poco después entra a trabajar en la hacienda "Roma" (producción azucarera) de la que "saldrá marcado". . . y es que si el joven Vallejo está favorecido por un tratamiento reservado sólo a los empleados superiores y con un salario satisfactorio no puede sin embargo, no ver ni oír cuando apenas clarece el alba, llegar los peones (cerca de 4,000) en el inmenso patio y ahí ponerse en fila para pasar lista, y salir para los campos de caña, donde se extenuarán hasta el sol poniente, con un puñado de arroz como alimento. No puede asimismo saber que todos no son más que pobres criaturas salvajemente capturadas por siniestros enganchadores, y cobardemente retenidas por vida con el alcohol que, dominicalmente y a sabiendas se les vende a crédito. Irremediablemente endeudado vuelto en pocas semanas, insolvente su deuda, cubriendo rápidamente un número de daños superior al que va a vivir el peón tendrá que garantizar su deuda con esto que sólo le queda: sus hijos, nacidos o por nacer. . . Se comprende que el recuerdo de la hacienda "Roma" haya sido durable en un ser que como Vallejo, le obsesionaba la injusticia social

En 1913: Renuncia a su empleo en la hacienda y nuevamente regresa a Trujillo. Con el año, que se abre, reanuda sus estudios (Letras y paralelamente estudios de Derecho) y consigue un puesto de profesor de colegio.
El primer éxito que consigue Vallejo con su tesis "El Romanticismo en la Poesía Española" es completo. Muy rápidamente es adoptado por los intelectuales y artistas quienes, muy numerosos, forman un grupo inquieto, turbulento y audaz, cuya bohemia no es en Vallejo sino un hábito, publica sus primeros versos de origen didáctico imponiéndose (él) poco por el dinamismo y los rasgos humorísticos de su fuerte personalidad intelectual y artística.

En 1917: Deja Trujillo por la capital dejando en esa un recuerdo profundo mezclado de un sentimiento de frustración. Un block de poemas compone todo su bagaje.

En 1918: Triste e incolora llegada a Lima.
Reacio a toda idea de economía, los algunos recursos traídos de Trujillo pronto se han agotado. Sin embargo, ya un tanto conocido en el medio intelectual entra en contacto con los periódicos y revistas que le publican uno que otro poema, consiguiendo, por otra parte y a tiempo, un puesto de director de colegio.
Con el proyecto de conseguir el doctorado de Letras y de Derecho, prosigue sus estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Pero ya ha llevado su primer poemario al impresor.
En el mes de agosto de ese mismo año, muere su madre, en Santiago de Chuco: poemas no a su madre, sino a "la" madre, una, universal.
Aun habiendo impreso su primer libro quedará estancado por largos meses, en la espera de un prólogo que Valdelomar, muy en vista en aquella época, le ha prometido.
Es finalmente que "Los Heraldos Negros" aparecerán no en 1918 como lo indica la edición sino en 1919 sin el prólogo tan esperado. Elogios entusiastas y primeros dardos.

1920: En agosto sale para Santiago de Chuco pasando por Huamachuco, pronunciando una conferencia que produce escándalo pero ahí llega sólo para verse mezclado en un sangriento conflicto local que degenera en incendio. En un impulso, bien característico de Vallejo se dirige en conciliador a los lugares del atentado.
Su sola presencia le denuncia en el concepto de las autoridades, tan parciales como incompetentes. Acusado por incendiario y disturbios políticos con 19 mas, está buscado y detenido el 6 de Noviembre. Será absuelto y liberado el 26 de Febrero siguiente (1921).

1922: En junio Vallejo participa en un concurso cayo premio gana con "Más allá de la vida y la muerte" que le permite hacer imprimir su segundo volumen de poemas "Trilce" entre cayos versos muchos han sido escritos en la carcel de Trajino y que aparecen cuando Chocano culmina según él mismo como el "Walt Whitman del Sur". . .
Un solo testimonio favorable: el prólogo de la más ferviente admiración de Antenor Orrego y un comentario: el de L.A Sánchez que expresa con asombro.... ¿Porqué Vallejo ha escrito "Trilce"? . ha lanzado un libro incomprensible y estrambótico.
Y vuelve a preguntarse: "Pero ¿ por qué habrá escrito "Trilce" Vallejo?, obra que será medio siglo mas tarde objeto de un insuperable estudio de 565 páginas, por el Dr. Neale-Silva: Chileno catedrático de la Universidad de Wisconsin.

En 1923: Aparecen "Fabla salvaje" y "Escalas melografiadas". En junio, Vallejo que proyecta su evasión desde 1920 y, sobre todo, desde la aparición de 'Trilce", se embarca para Europa, con una moneda de 500 soles, un águila de oro anudada en su pañuelo.
Ignorando el idioma, sin recursos ni relaciones y sin sombra de perspectivas, llega en julio a Paris, un viernes 13. Dos años va a pasar una vida de duras penurias hasta escapando con las justas de la muerte debida a una hemorragia consecutiva a una intervención quirúrgica.

En 1924: Muerte de su padre de la que se entera, en París, por los periódicos.
Un escultor de Costa Rica, Max Jiménez le deja su "atelier" de la calle Vercingétorix, aliviándole aunque muy relativamente, su apremiante situación económica.
Sus relaciones sin embargo se extienden. Viene a conocer al escultor José de Creft quien expone tres perfiles de Vallejo.
Conoce a Juan Gris estableciéndose entre ambos una grata amistad que cortará en 1927 la muerte prematura del gran pintor a la edad de 40 años y más tarde conoce al hijo de Jongkind y a Waldo Franck. Y al azar de los años y más o menos de paso, conocerá a Lipchitz, Unamuno, Dullin, Barrault, Tzara, Desnos, Portinari, entre otros (más entrevistas con personalidades como Gosset, Maiakovski, Reinhardt, Meyerhold, como lo indica su labor periodistica).

En 1925: En mayo se funda en Paris la empresa "Los grandes periódicos iberoamericanos", en la que consigue el puesto de secretario.
Poco después emprende una serie de artículos para las revistas "Variedades" y "Mundial" de Lima, colaboraciones que se proseguirán hasta 1930.
Por otra parte, obtiene por Pablo Abril de Vivero, una beca otorgada por el gobierno español (unas 300 pesetas mensuales) y en octubre viaja por primera vez a España.
Por asegurada que esté su situación material - aunque relativamente- Vallejo experimenta un estado persistente de inestabilidad y de descontento de si mismo cuya causa no reside en su temperamento en extremo angustiado y apenas diferenciable en realidad del estado de crisis permanente a grado variable. sino en alguna laguna personal de orden moral.
Vallejo quien como periodista tiene entrada a los teatros, conciertos, exposiciones y frecuenta por lo demás los cafés en boga exclama en el primer semestre de 1927: "Todo esto no es ni yo ni mi vida".

1927: Seria difícil admitir en que aquella época, Vallejo, quien va a tener 35 años, aún busca y se busca para sí solo. No.
En abril, renuncia a su empleo de secretario en "Los grandes periódicos..."
En setiembre, renuncia a su beca del gobierno español.
Vallejo medita, se interroga. ¿hacia dónde va? ¿Cuál es su contribución humana a la vida de los hombres? Inquietud definida; primeros síntomas de la profunda crisis que pronto le afectará gravemente (1927 - 1928). Crisis moral de la conciencia indubitablemente, ya que es a raíz de ella que Vallejo entrevé haber detectado la causa de su agudo malestar: el alejamiento y la ignorancia de los problemas que más atormentan a la humanidad avasallada y sufrida en la cual vive. No obstante, se resiste a ver en el marxismo la solución de tan numerosos males secularmente pretendidos insolubles e irremediables, aunque, por otra parte, sospecha y presiente que un sistema enteramente nuevo, y no por azar unánimemente rechazado por los explotadores y los prepotentes, ha de implicar necesaria e ineludiblemente algún mejoramiento por primera vez real, palpable, fundamental para las masas trabajadoras y frustradas. Primeros estudios de observación del marxismo.

1928: El año no se abre con gratas perspectivas; Vallejo mismo con una lucidez conforme a su ética ha destruído el mínimo de seguridad tan duramente conseguido.
Pronto muy seriamente enfermo tiene que retirarse a los alrededores de Paris para poder restablecerse, físicamente al menos. Transcurre el Verano. Más o menos repuesto en vísperas del otoño, y provisto de algunos conocimientos marxistas parte en octubre para la Unión Soviética. En noviembre está de vuelta en Paris.
A fines de diciembre, ruptura con el Aprismo del que había sido sólo simpatizante y crea en Paris la célula marxista peruana.
Julio 1923/24 - 1929 es la etapa artística de "Poemas en Prosa" "Contra el secreto profesional" y "Hacia reino de los Sciris", y es el período, aún apolítico, en que surge y se define con su primer viaje a la Unión Soviética (Oct.) la evolución ideológica revolucionaria de Vallejo.

1929-1930: Estudio profundizado del marxismo. Su ideología se cristaliza, trascendente, definitiva, afirmándose luego el militante, dentro del marxismo mas no dentro del comunismo.
Octubre de 1929; segundo viaje a la U.R.S.S. A su vuelta inicia "El arte y la revolución", "Moscú contra Moscú" (obra teatral), más tarde intitulada "Entre dos orillas corre el río". No escribe poemas...
En mayo de 1930 pasa un mes en España, donde concluye la segunda edición de "Trilce".
El 2 de diciembre, está declarado como "indeseable" y expulsado del territorio francés. El 30 de Diciembre de 1930, parte para España.

1931: Situación material difícil en extremo. Trabajo intensivo como nunca antes.
En el curso del año, asiste a la proclamación de la República (ni providencialmente ni solidario o entusiasta, contrariamente a lo que se ha asegurado) sino en perfecta indiferencia, no exenta de amargura, "Una revolución sin efusión de sangre -y la experiencia lo confirma- no es una revolución", afirma y mantiene Vallejo.
Pese a ello, se inscribe al Partido Marxista Español, enseña las primeras nociones del marxismo a estudiantes obreros simpatizantes. Para remediar la precariedad material que le apremia traduce tres obras de escritores franceses. Escribe y logra publicar "El tungsteno' novela proletaria emergida de la Hacienda "Roma"... "Rusia en 1931", el éxito editorial mayor después de "Sin novedad en el frente" de Erich Remarque, tres ediciones en cuatro meses.
Sobre pedido escribe "Paco Yunque", un cuento para niños que el editor rechaza por "demasiado triste"...
En octubre de ese mismo año de 1931, tercer y último viaje a la Unión Soviética, donde roza la muerte por segunda vez desde su llegada a Europa, a unos cinco metros de un grave accidente del trabajo. El 30 está de vuelta.
En grave situación material Vallejo, para resolver su problema económico, procura colocar "Moscú contra Moscú". Rechazado.
Presenta "El arte y la revolución". Rechazado.
Presenta otra pieza de teatro, "Lock out". Rechazado.
Propone "Rusia contra el segundo plan quinquenal". Rechazado. Apenas emprendido y pese al reciente e innegable éxito de "Rusia en 1931". Pese a la calurosa ayuda de Garcia Lorca que le acompaña en todas sus gestiones, todas las tentativas fracasarán por la violencia e ideología de sus obras. Vallejo que había esperado mucho de su teatro, queda desconcertado. Decide su regreso a Francia y dejó España el 11 de Febrero de 1932.

1932. Tercera y última etapa en la trayectoria literaria de Vallejo. Etapa de "Poemas Humanos", "Colacho hermanos", "España aparta de mi este cáliz" y "La piedra cansada"
"Poemas humanos" han nacido en la inmensa y lejana Unión Soviética con unas estrofas que escribe en el curso de su tercer viaje. Y se proseguirán algunos meses después con su llegada a Paris en febrero de 1932 hasta el 21 de noviembre de 1937.
Paralelamente, en ningún momento se desvincula de los acontecimientos sociopolíticos. Aunque sólo "tolerado en territorio francés donde regresó clandestinamente asiste a una de las más peligrosas manifestaciones de aquella época contra "Las cruces de fuego" (partido de ultra derecha) con el riesgo de una nueva expulsión, irremediable ya ésta, ya que no podría regresar o de su muerte por las balas fascistas en la Plaza de la Concordia.
Mas el tiempo transcurre y sus poemas se acumulan en el cajón, donde desde 1928, yacen "Poemas en Prosa".
"A qué escribir poemas", exclama un día Vallejo, "¿Para qué y para quién? ¿Para el cajón?". . . Y leeremos después de su muerte. "Y, ya no puedo más con tanto cajón. . . "

A principios de 1935 se decide sin embargo a proponer una selección de sus versos a un editor de Madrid quien aceptará la propuesta. Por extraña adversidad no le llegará la respuesta afirmativa a Vallejo -quien no insistía jamás- hasta que estuvo declarada la guerra civil en España.

En 1936 Vallejo se resuelve políticamente a un "reposo forzado" diremos debido a la intransigencia que él opone a lo que llama "las medias tintas". Entre otras divergencias no podrá admitir un "frente popular". Pero la guerra civil surge en España (Julio 36) y ante la magnitud del acontecimiento, Vallejo depone toda discrepancia, colaborando de inmediato en la creación de "Comités de Defensa", meetings, colectas de fondo, emprende una serie de artículos en los que denuncia lo inicuo de la no-interuención, sólo provechosa al fascismo no tanto franquista que internacional. Mas el desarrollo en los acontecimientos aumentan su inquietud, y parte para Barcelona y Madrid en diciembre. El 31 está de regreso en Paris. Sus presentimientos no le han engañado y la angustia lo aparta de su obra poética. Llevado sin duda y a pesar suyo por una esperanza irreductibie, prosigue sin embargo sus artículos contra el fascismo. Observa cómo la red de la pretendida no-intervención se cierra sobre el pueblo asesinado.
El 2 de Julio, en un congreso internacional de escritores antifascistas parte nuevamente para España. Vallejo es nombrado delegado del Perú. Regresó el 12 del mismo mes.
Durante el mes de Setiembre bruscamente surge de Vallejo el monólogo de meses interminables, en unos 80 días escribe 25 poemas, los últimos de "Poemas Humanos" es a la misma España que dirige su plegaria y el exceso de su desesperación, "España, aparta de mi este cáliz".
Durante Diciembre escribe "La piedra cansada".
El 31, al abrirse 1938, en Vallejo se ha quebrado extrañamente el poeta y el escritor.

1938: El domingo 13 de marzo, se tiende después del almuerzo para reposar un instante. Al día siguiente tiene fiebre. . . carece totalmente de apetito. . . amigos médicos compatriotas suyos le visitan recetándole una que otra pastilla sin tratarlo propiamente -Vallejo está mucho más grave de lo que ellos creen-.
Paternal, pero despreocupado, Arias Schreiber, entre otros, exclama: ¡Nunca se hubiera visto morir a un hombre que sólo está cansado!
Alertado por el Dr. Porras, por entonces delegado a S.D.N. la legación peruana en Paris decide el traslado de Vallejo a una clínica. Durante dos días Vallejo rechaza este traslado: "Si ésto me compromete". El 24 de Marzo sin embargo, acepta por fin esta angustiosa pero imprescindible solución, y el médico Lejard, médico del ministro Calderón queda designado como único médico ejecutivo de Vallejo, quien tampoco atribuye mayor gravedad al estado de su paciente, quien por suprema desgracia "le cae mal"....
Tendido en su último lecho, no habrá quien se sienta suficientemente garantizado por la genialidad de Vallejo, la que nacera postumamente, como para arriesgar unos 2 o 3 mil francos (de los antiguos ) para salvarle la vida.
Después de una dura agonía muere Vallejo el viernes santo, 15 de abril de 1938, a las 9 y 20 de la mañana.
Sólo mas tarde se sabrá que Vallejo sucumbió a un muy viejo paludismo reaparecido despues de 20 o 25 años, a consecuencia de un estado general debilitado.

Georgette de Vallejo

Fuente: http://www.geocities.com/cesar_vallejo_2000/biogr.htm

El poeta a su amada - César Vallejo


Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

César Vallejo



El poeta a su amada



Audio Página Palabra Virtual - Antología de poesía hispanoamericana.

Audio en la voz de Israel Soberanes
boomp3.com


El poeta a su amada (César Vallejo) - Paco Ibañez



César Vallejo por Ciro Alegría

Documento que nos muestra un semblante poco conocido de César Vallejo cuando era profesor de primaria en el colegio San Juan de Trujillo. En este lugar tuvo como alumno a quien con el tiempo se convertiría en uno de los mejores escritores peruanos, Ciro Alegría, quien nació en Huamachuco, provincia conlindante con Santiago de Chuco, por lo que su testimonio cobra gran importancia para acercarnos un poco a la vida del poeta santiaguino.
El texto completo lo encontré aquí.


El César Vallejo que yo conocí

Por Ciro Alegría (*)

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Ésos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.

Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.
-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...
Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:
-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.
-¿Y a qué año va a ingresar?
-Al primer año de primaria...
El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:
-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...
-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.
Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:
-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...
Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:
-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.
El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.
-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...
Y mi abuela:
-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...

El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.

Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.
Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local.
-Por aquí no entran ustedes -me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción dios y la patria-, esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá...
Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: "Vente por acá".

Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:
-Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...
Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:
-Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?
Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:
-Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...
Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:
-Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar...

Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "¡Serrano chaposo!", comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:
-¿Sabes jugar la pega?
Le dije que no, y él sentenció:
-Eres muy nuevo para saber jugar...
Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento.

Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:
-¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste?

Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: "¿Y por qué tiene el pelo así?". "Poeta es poeta", me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:
-Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.
Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.

Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:
-Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro...
Vallejo me miró inquisitivamente:
-¿Sabes también escribir?
A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.
La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:
-Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?
-Porque no sé otras cosas...
Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.
Miré a mi profesor.
César Vallejo -siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi- estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás.

Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar...

Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.
Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:
-¿Te gusta tu profesor?
-Sí -respondí.
Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.

En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "¡Es un gran poeta, es un genio!", decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.
-A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: "¿Dónde estarán sus manos que, en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir?". ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame...
Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era se irguió por fin llena de rabia:
-Éste es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.
La discusión se armó de nuevo.

Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!".

Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: "Vamos a conversar"... Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que ése fue mi primer éxito literario.

No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor -tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente se calló. "Siéntese", le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase.

Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadraos en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad.

El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.

Por las mañanas llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos -que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad- o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.

Fuera del colegio sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.

Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil.

Lejana vibración de esquilas mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus angustias.

A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo ("aleteando la pena de su canto"). Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a fin, y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan solo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de "serrano" y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos...

Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos, y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó: "¿Tú lees otros libros?". Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas, y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así:

¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.

Los jueves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. "¿Puedo irme?", le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...

En el tiempo que siguió -creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios- nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "Éste es un muchachito al que le gusta leer", y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía.

Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:
-¿Y qué? Es profesor y eso es bueno...
-¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un "muertodehambre"...
Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:
-Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.
-Es un gran poeta -repliqué muy afirmativamente.
-¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?
-Es un gran poeta -insistí.
-A ver, dinos por qué es un gran poeta...
No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.
-Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta -repitió mi oponente.
Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.
Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí pertinente que refiera que no me tocó ningún premio porque, como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambió algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos... Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.

(*) Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos, este perfil del gran poeta del Perú apenas si ha tenido difusión.
Fuente: http://www.elmalpensante.com/58_vallejo.asp


22 marzo 2008

Idilio Muerto - César Vallejo



Interpretado por el cantante Noel Nicola
boomp3.com


Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

César Vallejo


Idilio Muerto interpretado por Segundo Vara


Idilio Muerto es un excelente poema aparecido en Los Heraldos Negros, donde el poeta recuerda con nostalgia un amor provinciano. Estudios recientes nos dicen que la dulce Rita fue Rita Uceda, madre del revolucionario Luis de La Puente Uceda, otro hijo ilustre de Santiago de Chuco; la describe de junco y capulí, una flor hermosa y a la vez grácil y flexible como el junco.

Vallejo se encuentra en Lima, la capital de Perú a quien llama Bizancio (capital del imperio oriental), sin embargo nunca se sentiría a gusto en esta ciudad de la cual piensa que hasta su lluvia es "afeminada" puesto que en Lima nunca llueve, sólo llovizna perniciosamente. Su estado de ánimo no es el mejor porque todo dentro de sí lo siente pesado como la espesura de un flojo cognac. El poeta se deleita recordando la frescura de su tierra, del andar de su Rita, su olor a caña, su forma de andar, su modo de vestir... ahora quizás se encuentre planchando esa ropa de algún nacimiento por venir... al final, se convierte en un pájaro salvaje quizás de furia por el amor que llegó a su fin.


Idilio Muerto (realización de alumnos de la Villarreal)



César Vallejo y Santiago de Chuco

Al tratar sobre César Vallejo, es ineludible hablar sobre Santiago de Chuco.... la obra del vate peruano estaba atravesada por los recuerdos de este pueblito de los andes peruanos. Se cuenta que encontrándose descansando en una banca de un parque en París, se le acerca un gendarme y le pregunta: "...de dónde es usted?" a lo que Vallejo respondió rápidamente y sin titubear: "... de Santiago".

César Vallejo debe ser el peruano sobre el que más Tesis se ha realizado en el mundo. Sus estudiosos llegan a conocer a Santiago de Chuco por sus escritos, se dice que algunos consideran que lo conocen como la palma de su mano, a pesar de nunca haber viajado a Perú.

Jesús Manuel Orbegozo nació el 8 de enero de 1923 en Otuzco, Perú. Otuzco es una provincia aledaña a Santiago de Chuco, desde aquí salió este periodista que se hizo famoso por haber entrevistado a casi todas las personalidades de su época en sus 9 vueltas al mundo. Ahora es quizás uno de los bloggers con mayor edad de la blogósfera peruana puesto que escribe desde EL MUNDO, UN DÍA. De este blog extraje el siguiente post:

"CESAR VALLEJO Y SANTIAGO DE CHUCO

Alguna vez, conocí París, con su famoso Museo de Louvre, sus Campos Eliseos, su Arco del Triunfo y sus Tullerías; subí a la Torre Eiffel y me asomé en los puentes a ver cómo el río Sena se llevaba sobre sus aguas el reflejo de las torres inconclusas de Notre Dame y episodios históricos de la Revoluciòn Francesa. Pero eso no significaba conocer el mundo, porque ahí no había nacido César Vallejo.
Luego, conocí Amsterdam, Oslo, Copenhague y Praga en Checoslovaquia, con sus viejas casas oxidadas y la casa donde vivió Franz Kafka. Si cerrabas los ojos era fácil encontrar al hombre sufriendo la metamorfosis kafkiana hasta convertirse en el insecto despreciable que él imaginó. Y también, adoré al Niño Jesús de Praga, imagen original de la copia que los niños otuzanos adoramos en los perdidos días de nuestra infancia; pero eso no significaba conocer el mundo, porque ahi no había nacido Vallejo.

Y conocí Nairobi y Dakar, la capital negra del Senegal, donde vi al poeta Sedat Seghnor, el día en que recibió a S. M, la reina Isabel de Inglaterra, y vi a las negras senegalesas pasear por las calles de la ciudad con sus mouchoirs enrollados en sus cabezas erguidas y dignas; pero eso no quería decir que habia conocido el mundo, porque en Dakar no había nacido Vallejo.
Y viajé a conocer Pekín y Shanghay y Xian; y conocí la milenaria Muralla China y la Tumba de los Reyes donde se enterraron los emperadores creyendo que todo ese esplendor les iba a durar en la otra vida, y cuán equivocados anduvieron, porque todo fue falso; y conocí la Ciudad Prohibida donde antes sólo vivía el Emperdor y sus concubinas y sus eunucos: y entonces, pensé que ya había conocido el mundo y, sin embargo, no era cierto, porque allí no había nacido Vallejo.
Y conocí Estambul partida en dos por el estratégico Estrecho del Bósforo, y vi sobre el mar los reflejos de las esplendorosas luces de neón como que intentaban resucitar a la legendaria Constantinopla y pensé que con eso ya conocía el mundo: pero ahí no había nacido Vallejo.
Y fui entonces, a Egipto a conocer las Pirámides y la Esfinge y conocí Luxor donde el esplendor de la piedra te deja estático al atardecer cuando se entabla la lucha a muerte entre la luz que quiere supervivir y la sombra que pretende aniquilarla; lucha que te hace pensar en la dialéctica de la vida y la muerte, que viene a ser lo mismo: y pensé que eso era todo el mundo, pero anduve equivocado porque ahí no había nacido César Vallejo.

Viajé a conocer la Acrópolis y me ensimismé observando la perfección de las columnas de mármol del Partenón, su perspectiva y su diseño y la genialidad de los escultores y arquitectos atenienses y aunque no estaba Pericles, se respiraba la grandeza del siglo que vivieron los griegos; y entonces, pensé que ya había conocido el mundo; pero en Atenas no había nacido Vallejo.
Y viajé a Agra, la primera capital de la India de hace 60 siglos y me extasié observando las cúpulas y tocando con mis propias manos la suavidad del mármol del Taj Mahal, cenotafio mandado construir por un soberano triste a nombre de su esposa irrescatablemente muerta de amor. Y pensé que ese era el mundo que pretendía conocer, pero allí no había nacido Vallejo.
Y conocí Bogota, llamada la Roma de América por ser su sede cultural y escenario de cien años de soledad, ahora todo hecho trizas por las FARC; y también conocí la culta capital del Uruguay. Y estuve en los carnavales de Montevideo y de Rio de Janeiro, ex capital de Brasil, con su peñón de Pan de Azúcar que se deslíe todo los días como un terrón de azúcar en el mar de Botafogo, y subí a Urca, el peñón en cuya cúspide se erige un Cristo que abre los brazos para recibir a todos los forasteros del mundo; y pensé que eso era el mundo que me faltaba conocer, pero me di cuenta de que allí no había nacido César Vallejo.

Llegué a Gdansk, a orillas del mar Báltico, 30 grados bajo cero, por donde pasean orondos pelícanos curados del frío, y conocí Varsovia y vi la altivez política de sus ciudadanos y ví a Chopin en mármol y observé la alegría de las hermosas polacas de piernas torneadas, metidas en botas con un diseño de su exclusividad. Pero, eso no era completar mi conocimiento del mundo, porque allí no había nacido Vallejo.
Y alcancé a visitar Londres y fotografié al Big-Beng cuando daba la hora del crepúsculo, y tambiën a Winston Churchill con su bastón camino al Parlamento y la gloria; y crucé el Támesis lleno de aguas pasajeras e historia, y vi el monumento al almirante Nelson, con pintas infamantes escritas con crayones irreverentes por beatneaks de la época, hartos de los códigos de la sociedad occidental. Y, pensé que eso era todo el mundo, pero me equivoqué, porque allí no había nacido Vallejo.
Y fui a Bankok, la moderna capital del reino de Siam y vi cómo era una ciudad atravesada por canales que conducían a un río mayor, el del sexo que lo inundaba todo, porque el mayor ingreso fiscal de Tailandia provenía de la prostitución. Pero las calles estaban saturadas de monjes budistas que las santificaban con sus oraciones y sus hábitos amarillo-epatitis. Pensé que con eso ya conocía el mundo, pero en Bangkok, no había nacido Vallejo.
Y estuve en Hong Kong, una ciudad que parecía Nueva York solo que levantada en una esquina del Asia, ciudad donde los banqueros compraban y vendían hasta su alma. Y vi los barcos anclados en la bahía convertidos en casas flotantes para los anglochinos porque entonces la isla era inglesa hasta cuando le fue devuelta a China después de 150 años de colonialismo. Y pensé que entonces ya conocía el mundo, pero allí no había nacido Vallejo.

Y fui a España, recorrí todos sus rincones: caminé como sobre el cuero extendido de una res, porque eso parece la península ibérica, y disfruté de las gitanerías de la Virgen de la Macarena en Sevilla, y de Córdoba, la nostalgiosa; y de Bilbao y la ETA; y estuve en Granada donde aun resuena la voz de García Lorca y, por supuesto, visité 30 veces Madrid pensando en que con eso ya conocía el mundo. Pero resulta que en España solo escuché –se ha de seguir escuchando- la admonitiva voz de César Vallejo en "España, aparta de mí este cáliz"; pero él, el poeta-poeta César Vallejo, “ay, siguió muriendo”, porque ahí no había nacido.
Conocí Nueva York y subí al Empire State y estuve en Wall Street donde corren todos los ríos de dinero del mundo tratando de igualar en codicia al dólar norteamericano; y vi de cerca a las Torres Gemelas un día hechas polvo por el terrorismo, de lo cual, aparte de la insanía, hemos aprendido la lecciòn de que nada es eterno en la vida y que las torres más altas pueden rodar por los suelos ( “because hight towers go down, but low cottages stand”) y nada sobre la Tierra es indestructible, salvo el amor humano. Y entonces, pensé que eso era todo, que eso era conocer el mundo, pero no fue así, porque ahi no había nacido César Vallejo.
Y entonces, conocí Argel y el desierto del Sahara cuando los marroquíes se disputaban a tiros con los saharahuis un pedazo del desierto infinito; y vi cómo las sombras de los hombres se agigantan sobre las arenas cuando el sol se oculta ceremonioamente en el horizonte. Y dije, ahora sí ya conozco el mundo, pero, había una carencia: ahí no había nacido César Vallejo.

Y estuve en Tahiti donde vi bailar el hula-hula a muchachas cubiertas su cintura y sus senos solo con hojas de palmera y pétalos de rosas; y estuve en Nueva Zelanda y en Australia. En Sidney visité el Opera House, una especie de monumento cultural apoteósico y también me contacté, en el Zoo, con los canguros y las canguras que son las únicas mamás del mundo que no tienen nodrizas que les carguen a sus hijos en el vientre donde ellas los conciben; y pensé que eso era suficiente, que eso era todo ya, pero me di cuenta de que ahi no habia nacido César Vallejo.
Y entonces, dije, voy a a conocer Sudáfrica, y fui en los días del "Apartheid" o la discriminaciòn racial; vi brutalmente partida en dos a una parte de la sociedad humana: en esta mitad los negros y en esta otra mitad, los blancos. Los blancos tenían sus escuelas, sus restaurantes, sus lugares de diversión pública a los cuales, los negros no podían acceder de ninguna manera. Y sentí una punzada en el corazón. Me dolíó mucho que los hombres se discriminaran y que, a pesar de tanta tristeza creí que con eso estaba completando mi conocimiento del mundo. Pero Vallejo, tampoco había nacido allí.
Y fui a México, el país de los charros sombrerones y los corridos de "si Adelita se fuera con otro", y también visité Buenos Aires, justamente cuando los ingleses les ganaron a los argentinos la Guerra de las Malvinas y los vi llorar a mares por las calles Corrientes o Chacaritas, y entonces, pensé que no obstante semejante atropello de lesa humanidad, ese era el resto del mundo que me faltaba conocer. Pero no fue así, porque ahí tampoco había nacido Vallejo.
Y conocí Roma, porque - todos los caminos conducen a Roma-, y ahi estaba la Ciudad Eterna y las ruinas de las obras monumentales que ordenaron construir los emperadores; y ahí estaba el Coliseo donde Nerón y sus pretores se deleitaban viendo cómo los leones destrozaban a los gladiadores y Nerón tocaba la lira mientras ardía la ciudad. Y de paso, conocí el Vaticano donde encontré a Juan Pablo II el día en que abrazó a Lech Walesa, el lider del Movimiento polaco de "Solidaridad"; y pensé que con esa epopeya cerraba mi conocimiento del mundo. Pero, en Roma ni en el Vaticano habìa nacido César Vallejo.

Y entonces, fui a Biafra a ver cómo son las guerras de secesión y cómo los generales de la muerte ponen a los niños como rehenes hasta el exterminio por hambre; y fui a Etiopia sin pensar en que iba a darme cara a cara con la muerte. Cinco mil personas morían diariamente atacadas por una implacable peste natural: la sequía. Era como un castigo de Dios. En Mekele vi morir a cientos de hombres y mujeres, niños, jovenes y viejos tirados sobre las arenas del desierto sahaliano, mientras los médicos lloraban de impotencia ante la muerte y los dromedarios rumiaban su desdicha y lloraban las insólitas muertes de sus pastores Y, con esos dramas, pensé haber llenado mi alforja de conocimientos de la miseria del mundo. Pero, ni en Biafra ni en Mekele había nacido Vallejo.
Y conocí Phon Penh, de la ex Indochina francesa, un rincón ensangrentado del Oriente Lejano. Y conocí el palacio del príncipe Sihanouk empedrado con adoquienes de plata, y visité las ruinas de Angok Thom y Angkor Wat, gigantescos templos levantados en homenaje a Buda sin pensar que alguna vez se iban a convertir en piedras desbaratadas sobre las que crecen hierbas lujuriosas y pasean lagartijitas de color azul. Hablé con Pol Pot, acusado de haber ordenado la muerte de varios millones de campesinos kampucheanos. Y, estuve triste y pensé que, de todos modos, ya había conocido el mundo, pero me di cuenta de que allí, tampoco había nacido César Vallejo.

Y viajé a conocer Amristar, en el norte de la India, dominada por una secta de hombres cáusticos y endurecidos por el fanatismo religioso, los de la secta Sih. Y visité el Templo de Oro o "Golden Temple", como lo llamaron los ingleses mientras regentaban el sub continente, como un feudo. Y varios días después, me enteré de que uno de esos sihs, que conformaba la guardia real de Indira Ganhi, lo había asesinado. Y pensé que ya conocía el mundo y sus cobardías, pero ahí no había nacido César Vallejo.
Y, conocí Pyongyang y Seul, las capitales de las dos Coreas, creadas por inconducta del hombre y de las Naciones Unidas que dividieron a un país en dos a instancias de los Estados Unidos de Norteamerica. Querían que el agua del comunismo no se mezclara con el aceite del no-comunismo. Y entonces, fui hasta Panmum jum, en el Paralelo 38, lugar donde se había firmado un armisticio ignominioso, hace más de 50 años. Y pensé que ahora sí conocía el mundo y sus mezquindades, pero ahi, no había nacido Vallejo.
Y conocí Filipinas y vi de cerca al presidente Marcos, y más cerca aún a Cory Aquino, la mujer que le ganó por KO las elecciones presidenciales lo que significó la caida del dictador y su huída, -como las ratas de un naufragio-, hacia el destierro y la muerte; y pensé que eso era todo el mundo; pero ahi tampoco había nacido Vallejo.
Y fui a Reijiavik, la capital de Islandia, muy cerca al Polo Norte y estuve presente cuando se reunieron allí George Bush y Mihail Gorbachov para ver cómo acababan con sus miedos de desencadenar, cualquiera de los dos, una guerra nuclear que acabara con el mundo; y, además, conocí de cerca la luz polar y dije, ahora si conozco todo el mundo; pero no era cierto porque ahí tampoco había nacido César Vallejo.

Entonces, volé hacia la isla Galápagos de las tortugas gigantescas y las íguanas que parecían herederas directas de los dinosaurios prehistóricos, y conocí a los pájaros- pinzón que le dieron a Charles Darwin la clave para escribir y plantear su tesis sobre la evolución del hombre y de la vida en la Tierra y, precisamente, por eso creí que ya conocía el mundo. Pero me di cuenta de que tampoco estaba en lo cierto, porque ahí no había nacido César Vallejo.
Y cuando regresaba de ver un golpe de estado en el Tchad, me detuve en Moruá, Camerún, a conocer a Oudjila, un rey negro que en pleno siglo XX tenía su harem donde vivía con sus 80 hijos y sus 40 mujeres que lo mantenían como a un rey de bastos; y de paso conocí a Jean Bedel Bokassa, en Banguí. Bokassa se gastó todo el erario público cuando se hizo coronar como Napoleón, aunque la dicha le duró muy poco: el pueblo lo enjuició, aunque sus jueces no alcanzaron a condenarlo a muerte; su propio corazón fue el que lo mató de un infarto. Y dije, ensimismado en el asombro: este es el mundo que me faltaba conocer, pero no fue asi, porque ni en el Tchad ni en el Camerùn ni en Centroáfrica, habìa nacido Vallejo.
Y conocí Moscú. Fui a conocer Moscú en invierno y en primavera. Y vi el Kremlin recortar su silueta en los hermosos atardeceres primaverales asi como ensombrecerse en los atardeceres de invierno. Y me paseé en la Plaza Roja y fijé bien en mi mente la restallante figura de la iglesia ortodoxa de San Basilio, y vi a Lenin tendido como si se acabara de morir. En efecto, asistí a sus funerales políticos luego de que el imperialismo soviético se derrumbara como un castillo de naipes. Y pensé que con conocer Moscú conocía ya todo el mundo, pero ahí, tampoco había nacido Vallejo.
Y entonces, visité Nepal; recorrí las modestas calles de Kahtmandú y observé desde la lejanía las imponentes cumbres de los montes Himalaya y entre estas, al Everest, al que vislumbré desde el Palacio Potala construído en una corniza de Llahsa, Tibet. En Kahtmandú y en Llahsa me dijeron que estaba en el Techo del Mundo, y yo creí que ya no había nada más que conocer que el Techo del Mundo. Pero, ahi no había nacido César Vallejo.

Y, conocí Haití y vi de cerca a los "zombies" -mitad hombres y mitad fantasmas-, como también los vi en Accra, capital de Ghana, en el corazón del Africa, y ví cómo en los barrios populares, los haitianos pobres se mataban por un pilón de agua o una letrina, y ya no estaba Papa Doc, el presidente miserable que hundió a la isla en la mayor pobreza del mundo. Y por extensión pensé que ya nada me quedaba por conocer. Pero, una vez más, me di cuenta de que ahi no había nacido César Vallejo.
Y conocí, Sri Lanka, Colombo, su capital, al fondo de la India; una isla como una lágrima desprendida del llanto del subcontinente. Y conocí Dikwela donde los celaneses han levantado un Buda que ellos creen que es el más grande del mundo. Pero, no lo es, porque después, conocí Leshan. Ahi, sí, los chinos de una dinastia perdida en la leyenda, labró un Buda en una montaña. Les tomó 99 años de paciencia labrarla y ese sí es el Buda mas grande del mundo: diez personas pueden pararse en la uña de cualquiera de los dedos de sus pies. Entonces, dije, ahora sí, ya no puede haber más, ahora si conozco todo el mundo. Pero, ahi no había nacido César Vallejo.

Hasta que un día, hasta que un dia, conocí Santiago de Chuco, una ciudad que no es como Nueva York ni como Dakar ni como París ni como Roma ni como Hong Kong ni como Banguí ni como Varsovia ni como Moscú ni como ninguna ciudad de ningún país del mundo, pero es más que todas esas ciudades del mundo.
Santiago de Chuco es una ciudad, como siempre la imaginé, porque tiene parte del cielo y de la tierra donde yo nací. Santiago es una ciudad andina del Perú, de calles tortuosas y casas con techos a dos aguas, con tejas rojas, y aroma exultante a eucaliptos envanecidos y pacharosas modestas, con pájaros salvajes y Ritas con el sabor andino a cañas del lugar; una ciudad de hombres imantados de una singular fuerza telúrica, cargados de sabidurías y éticas religiosas hasta en su manera de dar los días, dignidad hasta en sus sombreros y sus ponchos.

Entonces, dije, digo a los cuatro vientos que ahora sí conozco el mundo, todo el mundo, porque en Santiago de Chuco del Perù, en una de sus calles, en una de sus casas o de sus rincones, nació uno de los poetas màs geniales del mundo en lengua castellana, lengua de Cervantes y del Mìo Cid.
Sí, porque en Santiago de Chuco, que tanto quize conocer y que ahora ya conozco, nació el poeta César Vallejo, muerto en París, pero muerto inmortal.

Santiago de Chuco, La Libertad (Perú), 2002. "



17 marzo 2008

e-Government Survey 2008 Naciones Unidas


El Departamento de Economía y Asuntos Sociales de las Naciones Unidas ha publicado el informe eGovernment Survey 2008: From e Government to Connected Governance. Se trata de un extenso documento en el que se incluye el eGovernment Readiness Index 2008 donde se aprecia que Perú avanzó una posición con respecto al 2005.

La tabla la encabeza Suecia, seguido de Dinamarca y Noruega, mientras que Perú ocupa la posición número 55 de 70 países.

16 marzo 2008

Tumbas en Sipán

El programa Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán fue producido por Films Roos para el History Channel. Este documental nos muestra a la cultura Mochica, una de las civilizaciones más fascinantes y desconocidas de la América precolombina. Costumbres y ritos funerarios que ponen al descubierto una terrible ceremonia sangrienta, aunque también se plantea la duda si representaban la realidad o el mundo imaginario de sus dioses.

La Tumba del Señor de Sipán está considerado como uno de los descubrimientos arqueológicos más valiosos del continente americano en el siglo XX: En el Perú, en 1987, el arqueólogo peruano Walter Alva Alva, junto a su equipo, descubrió la tumba del Señor de Sipán. Este descubrimiento es comparable, en importancia, al de otros gobernantes habidos en la historia hace milenios. El hallazgo de las tumbas reales del Señor de Sipán marcó un importante hito en la arqueología del continente americano, porque por primera vez se halló intacto y sin huellas de saqueos, un entierro real de una civilización peruana anterior a los Incas. El ataúd de cañas en que se halló, fue el primero en su tipo que se encontró en América y reveló la magnificencia y majestuosidad del único gobernante y guerrero del antiguo Perú encontrado hasta la fecha de su descubrimiento, cuya vida transcurrió alrededor del año 250 D.C.


Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán (Parte 1 de 5)


Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán (Parte 2 de 5)



Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán (Parte 3 de 5)


Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán (Parte 4 de 5)


Tesoros de la Arqueología: Tumbas en Sipán (Parte 5 de 5)