05 abril 2008

The Complete Poetry (Clayton Eshleman)

Posteado en el blog The New York Street,

Clayton Eshleman, poeta y traductor norteamericano, ha venido traduciendo poemas de Vallejo desde la década del 50, cuando encontró el poema La Araña en una antología de poesía sudamericana de la editorial New Directions.

Su trabajo de traducción de Poemas Humanos le valió el importantísimo National Book Award en 1979.

Eshleman presentó ayer, en el auditorio del Instituto Cervantes en New York, la elegante edición bilingüe de esta PRIMERA TRADUCCION AL INGLES DE LA POESIA COMPLETA DE VALLEJO.

Es increíble que haya pasado tanto tiempo, pero por fin hay una poesía completa de Vallejo en inglés. Además, cuenta con un emotivo prólogo de Mario Vargas Llosa.

Eshleman leyó en inglés y la poeta mexicana Mónica de la Torre (PhD. Columbia University) leyó en español. La lectura en inglés fue muy intensa.

Eshleman, leyó 4 poemas de Los Heraldos Negros, cuatro de Trilce, 4 de Poemas Humanos y 2 de España aparta de mi este cáliz.

Pude grabar un fragmento de la lectura, El poema LVII de Trilce:


LVII
The highest points craterized, the points
of love, of capital being, I drink, I fast, I ab-
sorb heroin for the sorrow, for the languid
throb and against all correction.

Can I say that they've betrayed us? No.
That all were good? Neither. But
good will exist there, no doubt,
and above all, being so.

And so what who loves himself so! I seek myself
in my own design which was to be a work
of mine, in vain: nothing managed to be free.

And yet, who pushes me.
I bet I don't dare shut the fifth window.
And the role of loving oneself and persisting, close to the
hours and to what is undue.

And this and that.


LVII
Craterizados los puntos más altos, los puntos
del amor, de ser mayúsculo, bebo, ayuno ab-
sorbo heroína para la pena, para el latido
lacio y contra toda corrección.

¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Que fueron todos buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así

Y qué quien se ame mucho¡ Yo me busco
en mi propio designio que debió ser obra
mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

Y sin embargo, quién me empuja.
A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.
Y el papel de amarse y persistir, junto a las
horas y a lo indebido.

Y el éste y el aquél.

Anne Waldman and Mariela Dreyfus at Cesar Vallejo tribute


Cesar Vallejo Tribute - Sam Shepard



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Todo Vallejo en inglés: Clayton Eshleman, traductor de The Complete Poetry of César Vallejo

Aunque parezca mentira, ésta es la primera vez que se publica la poesía completa de Vallejo en el idioma de Shakespeare. Aquí, una entrevista exclusiva con Clayton Eshleman, el traductor, que se ha tomado casi 50 años para realizar un trabajo que llegará a las librerías estadounidenses a mediados de este mes.


Por Ulises Gonzales


Cuando en 1957 el entonces estudiante estadounidense Clayton Eshleman descubrió el poema La Araña en una mala traducción al inglés, no se imaginó que dedicaría 48 años de su vida a la traducción de la obra poética completa de su autor. "Junto con William Blake, Vallejo es uno de mis poetas esenciales" declara hoy Eshleman, quien es el editor y traductor de la primera poesía completa de Vallejo en idioma inglés.

El libro The Complete Poetry of César Vallejo es una preciosa edición bilingüe con prólogo de Mario Vargas Llosa. Sale a la venta en librerías de Estados Unidos a mediados de diciembre. Fue presentado el pasado 14 de noviembre en la sede del Instituto Cervantes en Nueva York.

La traducción de Eshleman ha sido catalogada por los críticos de brillante. Su publicación previa de los poemas póstumos de Vallejo, recibió el prestigioso National Book Award en 1979. Es muy probable que esta publicación abra una nueva etapa en la difusión del gran poeta peruano entre los lectores angloparlantes.


A continuación una entrevista al poeta, traductor y catedrático de la Universidad de Michigan.

-Háblenos por favor de los principales problemas que enfrentó para traducir a Vallejo

Vallejo posee una mente compleja. Muchas veces parece incongruente. Utiliza permanentemente arcaísmos y neologismos, palabras intencionadamente mal escritas, así como estructuras sintácticas distorsionadas y cambios en las funciones gramaticales de las palabras. Mi método de trabajo ha sido no interpretar su poesía sino traducirla: buscar equivalentes en inglés para todo aquello que he mencionado antes, incluyendo los neologismos. Las palabras más difíciles son aquellas donde la escritura incorrecta provoca un juego de sentidos. Por ejemplo en Trilce XI, en la frase "rebocados sepulcros", Vallejo escribe mal "revocados" para traer a colación "bocados". Entonces yo traduzco eso como "bitewashed sepulchers" para lograr un equivalente del juego verbal ("bocados" traducido como "boca llena", "snack" o "mordida").

-¿Qué aspecto de la poesía de Vallejo cree usted que no ha sido suficientemente reconocido por los lectores anglófonos?

En los Estados Unidos Vallejo es un poeta de poetas. Si bien es ampliamente admirado -e incluso en muchos casos venerado-, no es popular en el sentido en que Pablo Neruda lo es. Hay muchas razones para esto. Neruda es mucho más accesible y, si lo comparamos con Vallejo, llevó una vida social y política bastante más activa. Sin embargo, Vallejo ha sufrido complicaciones en la traducción y en la publicación por culpa de la negativa de su viuda a cooperar con traductores y eruditos. Durante muchos años sólo estaban disponibles ediciones piratas de sus libros. Ni sus dramas, ni sus cartas, ni su obra periodística han sido traducidas al inglés. Además no existe una biografía de César Vallejo. Los lectores se interesan más por un escritor cuando aprenden algo acerca de su vida. Es una vergüenza que ningún estudioso peruano haya escrito una biografía de Vallejo. Sin embargo, quiero señalar que mi co-traducción del período europeo de la poesía de Vallejo, publicada en 1978 por la casa editorial de la Universidad de California, The Complete Posthumous Poetry, ha vendido, en una edición bilingüe, más de 15,000 copias. Para este país, siendo una poesía de traducción complicada, no está nada mal.

-¿ Ha encontrado algún aspecto de la poesía de Vallejo en otros poetas europeos o de Estados Unidos?

Esencialmente no. Vallejo es único. Sin embargo hay otros poetas universales cuyo sentido del mundo y de la condición humana es en cierto sentido compatible con Vallejo. El poeta alemán Paul Celan y el checo Vladimir Holan por ejemplo. Y como bien señala Efraín Kristal en la introducción a The Complete Poetry of César Vallejo, hay también una relación fascinante entre Vallejo y Samuel Beckett.

-¿Qué problemas podrían tener los lectores norteamericanos para entender a Vallejo?

Los poetas de Estados Unidos pueden leer a Vallejo hoy en día en mejor forma que los poetas peruanos que probablemente no podían entender Trilce en 1922 o Poemas Humanos en 1939. Por supuesto, hay excepciones. Pero en términos generales, tras un siglo vigoroso e inventivo en este país, que ha incluido al movimiento Language Poetry de los 70 y 80 (del cual Vallejo sería el inventor, por lo menos si nos basáramos en muchos de los poemas de Trilce), ahora estamos preparados para Vallejo. Poetas como Adrienne Rich, Robert Kelly, John Ashbery y Jerry Rothenberg no tendrían problema alguno en seguir el pensamiento original de Vallejo.

-¿Hasta qué punto sigue siendo importante hoy en día la lectura de Vallejo?

Es muy importante. Él es quien reinventó el poema político, presentando una poesía -sobre todo en Poemas Humanos- que simpatiza directamente con la condición humana. Vallejo compromete a la humanidad desde un punto de vista múltiple que incluye el odio, el afecto y la indiferencia. Él es un civil sin agenda política (la cual sí toma en sus libros de viajes a Rusia). Hay un sentido muy confrontacional de vivir y morir, como una sencilla visión ontológica dentro de su obra. La mejor lección que le puede dar a los poetas actuales es aprender a ver la vida y a volverse presos de lo universal como un todo y al mismo tiempo de cada momento en particular. Vallejo evita lo surreal y lo absurdo. Si bien sufrió profundamente, tanto mental como físicamente, encontró sentido y significado en todos lados, incluso en la terminación de la vida humana.

-¿Cómo cree usted que influenciará este libro a los poetas norteamericanos?

Creo que este libro será de gran impacto. Como el poeta Jerome Rothemberg dice: "Vallejo avanza como el más grande de los poetas sudamericanos, un personaje crucial en el proceso de creación de la totalidad de la poesía del siglo XX". Creo que ahora los poetas estadounidenses y los lectores de poesía van a poder apreciar este inmenso logro de Vallejo. Y me parece que estoy entregando una traducción que es muy precisa y, con frecuencia, del mismo nivel de calidad que los poemas originales en castellano.

-¿Ha leído algún otro peruano que esté interesado en traducir?
He leído Cesar Moro, Carlos German Belli, Rodolfo Hinostroza, Javier Sologuren, Javier Heraud, Blanca Varela, Cecilia Bustamente, Julio Ortega y Antonio Cisneros. Algunos otros. Pero no tengo planes de traducir a ninguno de ellos. Mi atención, a mis 71 años, está centrada totalmente en mi poesía y en mi trabajo de investigación.

PARA MUESTRA UN BOTÓN

Distant Footsteps
My father is asleep. His august face
expresses a peaceful heart;
he is now so sweet.
if there is anything bitter in him, it must be me.

There is no loneliness in the house; there is prayer;
and no news of the children today.
My father stirs, sounding
the flight into Egypt, the styptic farewell.
He is now so near;
if there is anything distant in him, it must be me.

My mother walks in the orchard,
savoring a savor now without savor.
She is so soft,
so wing, so gone, so love.

There is loneliness in the house with no bustle,
no news, no green, no childhood.
And if there is something broken this afternoon,
something that descends and that creaks,
it is two old white, curved roads.
Down them my heart makes its way on foot.

Los pasos lejanos
Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón ;
está ahora tan dulce...
si hay algo en él de amargo seré yo.
Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huída a Egipto, el restañante adiós.
Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde , sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.

EL LIBRO
The Complete Poetry. César Vallejo.
University of California Press, 2007.
ry of César Vallejo

Fuente: http://www.elcomercioperu.com.pe/EdicionImpresa/Html/2006-12-04/ImEcDominical0626828.html


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César Vallejo
The Complete Poetry
A Bilingual Edition
Edited and Translated by Clayton Eshleman. With a Foreword by Mario Vargas Llosa, an Introduction by Efraín Kristal, and a Chronology by Stephen M. Hart

"It's always exciting when an important literary figure has his work properly presented . . . and now the despairing, politically charged poetry of César Vallejo, who died in 1938, has finally gotten the treatment it deserves. This authoritative, elegant, and sturdy edition presents the Peruvian modernist's complete poems on opposing pages with their translations, which were rendered by Clayton Eshleman, himself a poet of enormous range and sensitivity. They're destined to become classics."–New York Magazine, "vulture Blog"

"Eshleman's fine translations, produced over forty-three years and presented here alongside the Spanish texts, testify to Vallejo's innovation–his love of neologism and visual play–and to a poignant, passionate life caught in the maelstrom of Western Europe between the wars."–New Yorker

"Today he [Vallejo] has a place among the finest of his century's poets. And now we have this spectacular edition of his complete poetry, edited and translated, also spectacularly, by poet Clayton Eshleman. . . . Eshleman has given the world an inestimable gift in bringing all the poems together in such a lucid and fitting translation. . . . It's a great time to be a reader, because the world of poetry just got a little bigger. Federico García Lorca, César Vallejo, Octavio Paz, Pablo Neruda - one by one, the great 20th-century poets in Spanish come into English. Perhaps now Vallejo's words, trillion and 13, will reach as wide as they should."–Philadelphia Inquirer

"Eshleman has long been considered Vallejo's definitive translator–and without question, Eshleman's Vallejo simply rings truer."–Rain Taxi

"A magnificent volume."–Books & Culture

"Eshleman . . . has made a lifework of this project & done so faithfully, even brilliantly."–Silliman's Blog

"We all need Clayton Eshleman's new Complete Poetry on our shelves. No one else has done so much, posthumously, for Vallejo, and his passion radiates through the work. Plenty of other editions deserve our time, but Eshleman's is a much-needed milestone."–Open Letters

"This book is a landmark in the history of modern poetry. To have the complete poems of Peruvian Cesar Vallejo–one of the three most important Spanish-language poets of the past century (Pablo Neruda and Frederico Garcia Lorca being the others)–in one volume changes the course of poetic translation. . . . This huge volume records layers of visionary experiences that defy interpretation, and the result is some of the darkest yet most moving poetry of the 20th century."–The Bloomsbury Review

"One of the most important books to be published this year."–Buffalo News

"This University of California Press edition of The Complete Poetry goes a long way to making Vallejo and his poetry accessible to English-speaking readers. . . . An essential poet, in a commendable edition–certainly recommended."–Literary Saloon, Complete Review

"This is a landmark book in the history of modern poetry. To have the complete poems of César Vallejo in one volume changes the course of poetic translation as this huge volume records layers of visionary experiences that often defied interpretation. Vallejo saw the world through the anguished eyes of a hawk and the heart of an elusive spirit. The result was some of the darkest, yet most moving poetry of the twentieth century. The publication of this massive undertaking is important because the entire poetic work of Peruvian César Vallejo, one of the three most important Spanish language poets of the past century (Pablo Neruda and Federico Garcia Lorca being the others) has finally been gathered in an English edition."–Luna: a Jrnl of Poetry & Translation

"Vallejo did to the Spanish language what earthquakes did to Spanish masonry. He sent it flying, exploding verbs, twisting nouns, subverting New World Castilian with slang, neologisms, and fragments of Quechua, the indigenous language of the northern Andean region, where he was born. . . . The present volume offers Vallejo's four books in definitive versions."–New York Sun

"Decades in the making, this faithful and forceful complete text from poet and essayist Eshleman deserves as much notice as any poetic translation can get."–Publishers Weekly
"César Vallejo is the greatest Catholic poet since Dante–and by Catholic I mean universal."–Thomas Merton, author of The Seven Storey Mountain

"An astonishing accomplishment. Eshleman's translation is writhing with energy."–Forrest Gander, author of Eye Against Eye

"Vallejo has emerged for us as the greatest of the great South American poets-a crucial figure in the making of the total body of twentieth-century world poetry. In Clayton Eshleman's spectacular translation, now complete, this most tangled and most rewarding of poets comes at us full blast and no holds barred. A tribute to the power of the imagination as it manifests through language in a world where meaning has always to be fought for and, as here, retrieved against the odds."–Jerome Rothenberg, co-editor of Poems for the Millennium

"Every great poet should be so lucky as to have a translator as gifted and heroic as Clayton Eshleman, who seems to have gotten inside Vallejo's poems and translated them from the inside out. The result is spectacular, or as one poem says, 'green and happy and dangerous.'"–Ron Padgett, translator of Complete Poems by Blaise Cendrars

"César Vallejo was one of the essential poets of the twentieth century, a heartbreaking and groundbreaking writer, and this gathering of the many years of imaginative work by Clayton Eshleman is one of Vallejo's essential locations in the English tongue."–Robert Hass, former Poet Laureate of the United States

"César Vallejo made the Spanish language less stilted, more elastic, inventive and sonorous–in short, he made it more American. Translating his poems into English might well have been one of the punishments in Dante's purgatory. Clayton Eshleman, instead, has turned the endeavor into a philosophy of life. He's been haunted–and hunted–by Vallejo for decades. His renditions aren't ever finished. They change as he does, and so does the reader. Polish or perish!"–Ilan Stavans, author of Spanglish: The Making of a New American Language

"This is a crucially important translation of one of the poetic geniuses of the twentieth century." –William Rowe, author of Poets of Contemporary Latin America: History and the Inner Life

"Only the dauntless perseverance and the love with which the translator has dedicated so many years of his life to this task can explain why the English version conveys, in all its boldness and vigor, the unmistakable voice of César Vallejo."–Mario Vargas Llosa
This first translation of the complete poetry of Peruvian César Vallejo (1892-1938) makes available to English speakers one of the greatest achievements of twentieth-century world poetry. Handsomely presented in facing-page Spanish and English, this volume, translated by National Book Award winner Clayton Eshleman, includes the groundbreaking collections The Black Heralds (1918), Trilce (1922), Human Poems (1939), and Spain, Take This Cup from Me (1939).

Vallejo's poetry takes the Spanish language to an unprecedented level of emotional rawness and stretches its grammatical possibilities. Striking against theology with the very rhetoric of the Christian faith, Vallejo's is a tragic vision–perhaps the only one in the canon of Spanish-language literature–in which salvation and sin are one and the same. This edition includes notes on the translation and a fascinating translation memoir that traces Eshleman's long relationship with Vallejo's poetry. An introduction and chronology provide further insights into Vallejo's life and work.
Contents
Foreword / Mario Vargas Llosa
Acknowledgments
Introduction / Efraín Kristal

Los heraldos negros · The Black Heralds
Plafones ágiles · Agile Soffits
Buzos · Divers
De la tierra · Of the Earth
Nostalgias imperiales · Imperial Nostalgias
Truenos · Thunderclaps
Canciones de hogar · Songs of Home
Trilce
Poemas humanos · Human Poems
I
II
España, aparta de mí este cáliz · Spain, Take This Cup from Me

Afterword: A Translation Memoir
Appendix: A Chronology of Vallejo's Life and Works / Stephen M. Hart
Notes
Bibliography
Index of Spanish Titles and First Lines
Index of English Titles and First Lines
Poet and essayist Clayton Eshleman is a recipient of the National Book Award and the Landon Translation Prize. He is the cotranslator of César Vallejo: The Complete Posthumous Poetry and Aimé Césaire: The Collected Poetry, both from UC Press. Among Mario Vargas Llosa's prestigious literary awards are the National Critics' Prize, the Peruvian National Prize, and the Miguel de Cervantes Prize. He is the author of more than twenty books. Efrain Kristal is Professor of Comparative Literature at the University of California, Los Angeles. Stephen M. Hart is Professor of Spanish and Latin American Studies at University College, London.
#5 on the 2007 Book Sense Poetry Top Ten list
The Complete Posthumous Poetry, by César Vallejo
The Collected Poetry, by Aimé Césaire

Fuente: http://www.ucpress.edu/books/pages/10496.php

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César Vallejo - Imposibilidad de la interpretación

César Vallejo: Tramposo agujero negro*
Por Soledad Platero,

Varias toneladas de papel, ríos de tinta, un cuadro de Picasso, una mascarilla morturoria, una foto de su cadáver, sus documentos de identidad, su historia clínica, varias calles en varias ciudades, la memoria y el reconocimiento de muchas generaciones. Acerca de su existencia no pueden quedar dudas. César Vallejo existió y fue un poeta. Sin embargo, todo el empeño puesto en homenajearlo y divulgarlo, todos los esfuerzos realizados por amigos y críticos para profundizar en el estudio de su obra no han arrojado luz sobre ese monstruoso vórtice que es su escritura. A casi cincuenta años de su muerte permanece granítico y compacto sin que hayamos encontrado aún la llave, la cifra secreta que lo abra y permita ubicarlo en la estantería del material clasificable, en alguna categoría, en algún molde.

Hay algo que deberíamos saber desde el principio: para hablar de la poesía de Vallejo no es buena idea ensayar la crítica. Es decir, se puede leer a Vallejo, se pueden reconocer ciertos rasgos distintivos de su obra, se puede intentar explicar su postura atendiendo a su vida, a su circunstancia personal, a su condición de cholo y de exiliado, a su sentimiento de huérfano. Pero no es posible, no conduce a nada la pretención de atravesar su escritura con las herramientas usuales con que solemos destripar un texto. Luego de intentarlo infructuosamente hasta el agotamiento, llegaremos a una conclusión inquietante: Vallejo es impenetrable, y él lo sabe. Maligno, intencionado, ya en la primera página de su primer libro nos advierte al respecto: qui potest capere capiat (quien pueda entender, entienda). ¿Por qué un poeta, alguien que trabaja con nuestra propia lengua, puede llegar a ser impenetrable?.

Y no digo inaccesible; digo impenetrable. Inviolentable. Instalado en la lengua, esquiva sin embargo el lenguaje poético tradicional. Ese lenguaje que se vale de metáforas, de estilizaciones, de desplazamientos del sentido. Vallejo no quiere decir. Vallejo dice. Dice pan al pan, y a la araña, araña.

Al principio, en los primeros poemas de Los Heraldos Negros se puede reconocer la tentación modernista que lo hace hablar de azul, mitra, rumor de crespones. La sombra gigantesca de Julio Herrera y Reissig, de Lugones, de Rubén Darío habita unos versos de entonación parnasiana que, a pesar de todo, ya están buscando un camino nuevo. No le lleva mucho tiempo encontrarlo.

Intercalados en el libro, colándose incluso en algunos versos tenebrosos de neurastenia y musas, aparecen las señales de que algo nuevo ha llegado a la poesía. “ Es una araña que temblaba fija / en un filo de piedra; / el abdomen a una lado, / y al otro la cabeza...” Empezó a decir. No a sugerir. No a insinuar. Dijo. Llanamente. Se despojó de las figuras ornadas del poema y encontró en la mera lengua una forma de hacer poesía que no edifica construcciones simbólicas, connotativas, sino que denota de modo categórico.

Ahora bien, luego de él muchos poetas, y no sólo los latinoamericanos ensayaron ese camino de desnudez, adoptaron el verso libre y oscilaron entre la descripción cruda o la metáfora incomprensible. ¿Qué es, entonces, lo que separa a Vallejo de todos los demás, de sus anteriores y sus seguidores? Puede ser violento decirlo, pero es que Vallejo hace trampa.

Es decir, le hace trampa a la lógica, al sentido, al lenguaje articulado según una dialéctica conocida. Le hace trampa al hombre blanco, a la escritura como vehículo del logos, al evangelio como discurso de dominación, le escapa a los espejos, a los afeites conocidos -usará otros, herméticos e intraducibles- para montarse sobre su lengua, sobre la palabra viva de su pueblo, para encaramarse en los dichos y en la entonación de sus vecinos “Que frío hay... Jesús!” .
Vallejo tenía algo para decir. Algo que era más que copas de mal o taciturnas letanías. Tenía un sentimiento ancestral de desposeído, de desarmado, de violentado. Tenía dos abuelas chimú y una memoria pétrea de ser de la sierra. Tenía dolor. Misturado entre padrenuestros y procesiones empujaba el dolor andino, la conciencia de estar golpeado, de no tener sitio en el banquete de los vencedores. Tenía experiencia de paria, de equívoco en un mundo organizado a la medida del hombre blanco. Tenía una desconfianza raigal, un recelo. “Verano ya me voy. Y me dan pena / las manitas sumisas de tus tardes...”. No tenía lugar en su pueblo. Muchos no lo tienen, no sólo en Santiago de Chuco, sino en cualquier pueblo de cualquier país de América. Tenía que irse. Pero irse era dejar el único sitio que era su sitio. Encontró el modo de llevar su casa a cuestas. Si iba a trabajar con la palabra, en la palabra, entonces la palabra debía ser suya.

Cuando publicó Trilce ya había en su experiencia la salida del hogar, la muerte de la madre, de su hermano Miguel, la cárcel, ya su padre había recorrido el camino desde el cementerio, de regreso de algún entierro humilde. Trilce es el grito del dolor. Es ruido. Trilce es la venganza contra el infame orden de las sílabas, contra la pérdida de la inocencia rotunda que había sido anterior a la escritura. Y ya no le basta, para decirlo, con prescindir de los trucos bonitos de la poesía. Necesita más. Necesita destrozar los códigos, atrofiar las palabras, descoyuntar el lenguaje, darlo vuelta. Lo amasa, lo apelotona, lo estira, lo derrota. El resultado es un libro que provoca simultáneamente, empatía y rechazo. No permite el juego de la memorización, no se puede aprender como un rezo, como una fórmula, no se puede recitar como un salmo. No sigue líneas previsibles, ni de gramática, ni de entonación, ni de pensamiento. Y no presupone un sujeto lírico distinto y separado del lector. Esa es tal vez la peor de las trampas. En la poesía de Vallejo no hay el otro. Es decir, no hay posibilidad de penetrarla desde ese modelo del psicoanálisis que estamos acostumbrados a usar, que usamos sin saberlo, que nos define como un yo diferente de un el otro.

Es asombrosa su habilidad para comprometer al lector en la génesis misma del proceso creativo. Se vale de un lenguaje denotativo categórico: “He almorzado solo ahora, y no he tenido...”, pero inmediatamente lo involucra en sus propias dudas, en su ir y venir: “cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir...”, para terminar en una sentencia que tiene el peso de un oráculo: “Cuando se ha quebrado ya el propio hogar, / y el sírvete materno no sale de la / tumba, / la cocina a oscuras, la miseria de amor.”

Desarticulada la rima, desacomodado el ritmo, Trilce inventa una manera de decir que quiere ser anterior a todo aprendizaje, a toda mansa costumbre de alfabetizado, porque desconfía del lenguaje del hombre blanco.

Está rota la consonancia del verso, está alterada la natural exposición de las ideas, la secuencia previsible. Se obtiene entonces una relación inmediata, un vínculo que prescinde de conductores ya establecidos y contacta de primera mano con cualquier órgano receptivo apto para incorporarla.

Esa patada que desparrama el sense parece provocar un contacto anterior a la repetición, a la salmodia, incluso al pensamiento. No puede aprenderse como cualquier otro verso, como las tablas de multiplicar. No es inteligible. Es aprehensible, en cambio, para quien esté dotado de antenas, de una dermis permeable, para quien esté despojado de intención inteligente. Es, por esta misma razón, intraducible. Traducir es trasladar el sentido, el sense, ponerlo en otra lengua, rescatar la idea y abandonar el vehículo. Ahora bien, en Vallejo, el vehículo es inseparable de lo que está diciendo.

Él mismo hizo de la intraductibilidad de la poesía una de las condiciones “per se” de ésta. Escrito como al descuido, como si las palabras usadas simplemente se dejaran salir de alguna fuente olvidada hace tiempo, Trilce es, por el contrario, un libro elaborado a conciencia según una estética que obedece a ideas muy precisas. Las frases hechas, la repetición de sonidos, el ruido, la desnudez total de ciertas descripciones, lo caprichoso de algunas imágenes de sentido absolutamente oscuro, todo está ferozmente subordinado a una intención de comunicar a través de recursos contra los que aún no había anticuerpos. Vallejo inoculó un mal que muchos después de él quisieron copiar, generalmente sin éxito.

Él inauguró el verso libre que después arrasó en la poesía “de protesta” latinoamericana. Los que vinieron detrás no alcanzaron nunca la enorme capacidad comunicativa de su poesía, pero todos tenemos, a partir de Trilce, si no una nueva destreza para leer, cuando menos la experiencia de un modo distinto de habitar la lengua. Todos. Incluso aquellos que no leen poesía.

“Quiero escribir como pinta Picasso” dijo una vez. Y lo hizo. Así como no sólo la pintura es otra después de ‘Guernica’, sino que son otros los ojos que la miran, así después de Trilce podemos esperar del lenguaje cualquier cosa. Claro que nada de esto le facilita la tarea a la crítica. Bucear entre la numerosa literatura existente sobre Vallejo significa perderse en una vorágine de homenajes, aproximaciones sociológicas, lecturas ideológicas, biografías y anécdotas. O incluso -y esto tal vez sea peor- en buenas intenciones que destripan los versos, los aíslan en el reducido cristal del microscopio y elaboran a partir de un par de líneas un edificio de símbolos y sombras chinas.

Después de Trilce

Después de la alucinada experiencia de Trilce, Vallejo estuvo un tiempo exiliado de la poesía. Escribió varias narraciones -que con justeza han sido olvidadas-, colaboró en diversas publicaciones, sacó dos números de una revista -Favorable-París-Poema-, junto a Huidobro, Larrea, Gerardo Diego y otros, participó en congresos, debates, integró comités políticos y tomó partido por la causa de la República Española y el Partido Comunista Peruano, fundado por Mariátegui.

Los textos reunidos bajo el nombre de Poemas Humanos, así como los Poemas en prosa y España, aparta de mí este cáliz, fueron publicados en forma póstuma por su esposa, Georgette. Algunos de ellos son fuertemente ideológicos, cargados de una enorme voluntad de asentar su posición y sus reflexiones, empapados del algo ingenuo pero generoso deseo de incorporar a su escritura una causa que abrigaba con sinceridad. En otros manifiesta claramente su postura estética, la filosofía que alienta en su manera de comunicar, la necesidad de decir de un modo propio. Y aunque ya no se apoya en un ritmo tan violentamente discordante como había hecho en Trilce, tampoco retrocede en su camino, y sigue haciendo una poesía opaca que no se deja violentar por la interpretación.

Es posible que la ausencia de acrobacias lingüísticas obedezca a razones de madurez personal, a cuestiones de pura coyuntura. Pero también es posible que obedezca a algo más simple: Trilce ya existía. Ya había un lenguaje nuevo. Ya era más fácil caminar por él. Había pasado el punto de desintegración.

Ahora bien, aunque este último corpus de poemas incluye variados tópicos -hay que tener en cuenta que no fue él quien preparó la edición- el tema que como un hilo recorre toda su obra parece ser siempre el mismo; el de su propia existencia encarnada en dolor. Vallejo es, antes que nada, algo que duele. Es un centro nervioso. órgano o alma, conciencia o memoria, España o Perú, Vallejo duele.

Aquello que en Los heraldos era Miguel que ya no estaba en el poyo de la casa, que en Trilce eran dobladoras penas hacia el silencioso corral, o un sírvete materno que no sale de la tumba, es en sus últimos textos la inocultable certidumbre de que todos han muerto. El también va a morir, y se dirán todos “César Vallejo ha muerto, le pegaban / todos sin que él les haga nada;/...”

Pero hasta que no muera, mientras está vivo, sólo puede doler. Le duele su propia vida, la vida de los demás, le duele que no le duela a él, a veces, el dolor ajeno. ¿Cómo expresó ese dolor, eso que no es angustia existencial, que no es metáfora de nada, que no es símbolo de ninguna otra cosa? Como siempre lo hizo. Le dijo al dolor, dolor y a la costilla, costilla. “Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.”

De estos últimos textos suele decirse que son la culminación de un hondo sentimiento humano, de una sensibilidad hacia el prójimo que lo hermana a Cristo, que lo alinea a sus camaradas comunistas. Que encarnan su vocación peruanista y republicana. Así como todo eso es indiscutible, también es bastante obvio. Es como decir que Los heraldos es modernista o que Trilce es un libro muy difícil. No agrega nada. Invicto, inalterable, Vallejo no deja decir de su poesía nada que no sea, o bien simplificador, o bien ligeramente delirante.

En el fondo, todo se reduce a algo bastante simple: para leer a Vallejo sólo se puede contar con Vallejo. Y si de interpretarlo se trata, es posible que tengamos que dar una mala noticia: aún no sabemos hacerlo; aún no llegamos a despojarnos del aparato infernal del logos, aún no tenemos una herramienta cognitiva apta para penetrar en su tramposo, malintencionado agujero negro. Y no se vislumbra, por el momento, la fisura por la cual colársele, el túnel deslizador que nos abra la puerta de esa dimensión sin lógica, sin tiempo, sin reglas de ortografía que constituye, sin embargo, un lenguaje.

Los estudios sobre la obra poética de Vallejo son numerosos. Creemos necesario destacar los de Saúl Yurkievich (1958); Juan Larrea (1958, 1961, 1962); Xavier Abril (1958,1962); Américo Ferrari (1974) y Jean Franco (1976). Agradecemos también las opiniones de Leslie Bary, catedrática de la Universidad de Oregon.

* Publicado originalmente en Insomnia, Nº 9.

Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Platero/Vallejotrampa.htm


César Vallejo ha muerto (Pablo Neruda)


Por Pablo Neruda,


Esta primavera de Europa está creciendo sobre una más, uno inolvidable entre los muertos, nuestro bienadmirado, nuestro bienquerido César Vallejo. Por estos tiempos de París, él vivía con la ventana abierta, y su pensativa cabeza de piedra peruana recogía el rumor de Francia, del mundo, de España...Viejo combatiente de la esperanza, viejo querido. Es posible? Y qué haremos en este mundo para ser dignos de tu silenciosa obra duradera, de tu interno crecimiento esencial? Ya en tus últimos tiempos, hermano, tu cuerpo, tu alma te pedían tierra americana, pero la hoguera de España te retenía en Francia, en donde nadie fue más extranjero. Porque eres el espectro americano, -indoamericano como vosotros preferís decir-, un espectro de nuestra martirizada América, un espectro maduro en la libertad y en la pasión. Tenías algo de mina, de socavón lunar, algo terrenalmente profundo.

"Rindió tributo a sus muchas hambres" -me escribe Juan Larrea-. Muchas hambres, parece mentira...Las muchas hambres,las muchas soledades, las muchas leguas de viaje, pensando en los hombres, en la injusticia sobre esta tierra, en la cobardía de media humanidad. Lo de España ya te iba royendo el alma. Esa alma tan roída por tu propio espíritu, tan despojada, tan herida por tu propia necesidad ascética. Lo de España ha sido el taladro de cada día para tu inmensa virtud. Eras grande, Vallejo. Eras interior y grande, como un gran palacio de piedra subterránea, con mucho silencio mineral, con mucha esencia de tiempo y de especie. Y allá en el fondo el fuego implacable del espíritu, brasa y ceniza... Salud, gran poeta, salud, hermano.

(Escrito a la muerte del gran poeta peruano César Vallejo y publicado por la revista Aurora, de Santiago de Chile, el 1 de agosto de 1938).
Pablo Neruda Para nacer he nacido Barcelona, Seix Barral, 1981,pag.79.

Fuente: http://www.letras.s5.com/vallejo9.htm



Sobre el poema XLVI, de Trilce

Por Manuel Lasso,

En ese abril como aquel en que César Vallejo se fue desde su habitación de París, hace más de seis decenios, aniquilado por una fiebre sibilina a la que nadie pudo entender, me gustaría rendir homenaje a su memoria, como quien pasa un bálsamo sobre su sufrimiento final, tratando de descifrar el poema XLVI de Trilce:

"La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste:
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua de lo puro triste.
Más , como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.
Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.
La tarde cocinera te suplica
y te llora en su delantal que aún sórdido
nos empieza a querer de oírnos tanto.
Yo hago esfuerzos también, porque no hay
valor para servirse de estas aves.
¡Ah! Qué nos vamos a servir ya nada."

Este poema, aparentemente oscuro y enigmático, que desde su aparición ha sido interpretado de modos diversos, se puede comprender mejor y se nos puede revelar de una manera más sorprendente después de leer el valioso testimonio que nos dejó Juan Espejo Asturrizaga en el libro titulado "Vallejo: itinerario del hombre."

En este manantial de información nos enteramos que en 1918, en los tiempos en que todavía se enseñaba con la palmeta en la mano, Vallejo trabajaba como profesor de educación primaria en la escuela Barros de la ciudad de Lima. En esa época, sediento por compenetrarse con otras almas literarias ya había acudido a la Biblioteca Nacional para conocer al anciano Manuel González Prada, a quien encontró humedeciendo un dedo en una copa de agua para adherir un sello a su correspondencia. Con anterioridad Vallejo había visitado a José María Euguren en el balneario de Barranco. El poeta lo recibió muy afablemente y le mostró una colección de fotografías azulinas y pardas que había tomado con una cámara de su invención a una soprano conocida y a un saltimbanqui de playa y que guardaba encoladas en un álbum de tapas de cuero.

Estaba por concluir la Primera Guerra Mundial, aquella conflagración de zanjas impregnadas de gases venenosos y rebozantes de combatientes caídos. Mientras que en Europa, soldados alemanes y franceses corrían con fusiles en mano, de una trinchera a la otra, entre explosiones, cortando alambrados y esquivando las balas de las ametralladoras, en la ciudad de Lima, César Vallejo tenía que eludir las miradas ardientes que le enviaba una muchacha morocha y agraciada que se llamaba Otilia y que vivía en la calle Maravillas.

Rápidamente se convirtieron en amantes. Sobre ella existen varias referencias en Trilce. El amoroso Vallejo solía sacarla a pasear los domingos por la tarde. Se iban platicando por la Bajada de Santa Clara y al llegar a la esquina de la Escuela de Bellas Artes continuaban por la calle San Ildefonso. Vallejo avanzaba lentamente con un terno azul marino apretado, una camisa blanca de cuello almidonado, probablemente planchado por Otilia y una menuda corbata bermellona. Empuñaba un bastón charolado de punta metálica que llevaba más por adorno que por necesidad. Ese sería el bastón con el que, posteriormente, se tomaría una fotografía apoyando el mentón sobre una mano. A su lado iba ella con su mirada traviesa y con la cabeza cubierta por un sombrerito negro y redondo.

Después de pasar por el puente Balta se detenían en un lugar donde vendían comida. Casi muertos de hambre se sentaban a una mesa rústica y él dejaba el brillante bastón apoyado en la banca. La cocinera con su delantal, sin poder dejar de oír la conversación y las risas de los amantes, les servía un plato de arroz con pato, esas aves con culantro, exquisitez de la culinaria peruana, con piernas de ave teñidas de verde y adornadas con fragmentos rojos de pimentón. Mientras comían, Otilia escuchaba lo que Vallejo, con el ceño inevitablemente fruncido y con sus ojos tristes e indagantes, le decía.

Tiempo después, cuando el apasionado romance concluyó Otilia guardó sus prendas íntimas dentro de unas maletas de cuero y se marchó para siempre en un tren que la llevó a su pueblo natal de San Mateo. De nada le sirvieron a Vallejo, para amainar sus sufrimientos, las numerosas cartas que le envió ni la contemplación de las fotografías pardas que guardaba de ella. En un intento ritual de apaciguar el dolor causado por la ausencia de la amada, volvió a recorrer las mismas calles, a la misma hora del domingo, tratando de acordarse de las cosas que le había dicho, hasta llegar a sentarse triste y agotado, a la misma mesa de las suplicantes cocineras con delantal que le volvían a servir el mismo plato de arroz con pato que había saboreado con Otilia. Fue así como en un intento desesperado de aliviar su nostalgia idílica, como abrumado por la ausencia irremediable de la idolatrada, apoyado en un barandal del puente, con el entrecejo arrugado de indio moche, escribió el poema XLVI de Trilce. Volvámoslo a leer:

"La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste:
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua de lo puro triste.
Más, como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.

Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.
La tarde cocinera te suplica
y te llora en su delantal que aún sórdido
nos empieza a querer de oírnos tanto.
Yo hago esfuerzos también, porque no hay
valor para servirse de estas aves.
¡Ah! Qué nos vamos a servir ya nada."

Fuente: http://www.secrel.com.br/jpoesia/bh3vallejo4.htm


Vallejo en programas de TV

Santiago Amón habla en TVE (Espacio XX) sobre Cesar Vallejo




La tumba de César Vallejo

30 marzo 2008

Piedra negra sobre una piedra blanca - César Vallejo

boomp3.com

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
También con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

César Vallejo



Recitado por José Manuel Castañón




Vallejo, Georgette, su amiga Pizarro y parte de su vida en París


VALLEJO, GEORGETTE (en la foto), SU AMIGA PIZARRO Y PARTE DE SU VIDA EN PARIS
Escribe: Blasco Bazán Vera

En la búsqueda de datos sobre la Literatura de nuestra Región, La Libertad, he acumulando algunos que acrecientan la riqueza cultural que deseamos conocer más sobre César Vallejo, de quien se seguirá hablando siempre, algunos, repetirán lo ya dicho, otros, recrearán lo ya escrito y otros explayarán temas poco difundidos que al presentarlos tomarán la forma de algo casi inédito como el que paso a tratar. Se trata de Alejandra Pizarro y su mensaje sobre Vallejo que ella misma escribiera el año de 1922 en la Revista “Alda” de Lima. La citada mujer fue una acuciosa y distinguida dama de aquellos años. Limeña, fina periodista, que realizó una entrevista a Vallejo a propósito de la salida de su segundo libro.

Observamos que la periodista en su travesía común de trabajo no hace sino culminar una búsqueda incesante que hizo sobre Vallejo que al conocerlo y tenerlo frente, dice de él: “Tenía un rostro noble, la boca firma, la nariz grande, los ojos profundos y vulnerables. Su ropa modesta pero limpia, su piel mestiza, su silencio, le daban un aspecto de caballero provinciano… había algo de animal herido en su expresión. Parecía sentir los dolores y las alegrías de su vida con más intensidad que el resto de los mortales”.


En 1922, Vallejo trabajaba como profesor del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima; y su primer libro “Los Heraldos Negros” también fue saludado con unas líneas que la Pizarro le dedicó en una revista limeña, despertado por el interés que tuvo por entrevistar a Vallejo cosa que lo consiguió y, abundando en recuerdos, describe al poeta como “Un hombre débil, sensible y sin embargo dotado de una irresistible furia creadora, el saco oscuro que llevaba el vate, la corbata, el pañuelo en el bolsillo, la sencilla y conmovedora distinción natural fueron para mi recuerdos inolvidables” y, no contenta de su feliz hallazgo, relata que ya antes le había seguido por varias cuadras para luego perderlo de vista sin borrar de su recuerdo la vez primera que lo vio caminando en dirección contraria por la antigua calle limeña “Las divorciadas”. A la Pizarro le animaba nada más que, como ella lo indica, compartir la vida de Vallejo, así como ésta le había hecho compartir su poesía.


El día de la entrevista, Vallejo, la recibió en la salita de su casa y su sonrisa demostraba lo poco animado que estaba para responder preguntas; pero, en ningún momento abandonó su lúcida atención. Terminada la tarea y guardada la libreta de apuntes, la Pizarro se levantó para disponerse a partir y miró de frente al poeta y le dijo: “quisiera agradecerle, señor; -¿Agradecerme?, preguntó Vallejo; -Es una cosa mía, respondió Alejandra. Siempre leo sus poemas. Me ayudan a apreciar muchas cosas. Quisiera agradecerle por haberlos escrito, y se despidió”.

Así nació una amistad más para Alejandra Pizarro quien volvió a encontrar meses después al poeta cuando éste salía de una librería de la calle Azángaro de Lima. Ambos se juntaron y caminaron rumbo al Colegio Guadalupe donde lo trató con más intimidad conversaron sobre muchos temas y disfrutaron en una confitería que quedaba muy cerca del colegio.

Así, labrada la amistad entre el poeta y la periodista Alejandra Pizarro, ésta fue conociendo algunas cosas más de la vida de Vallejo, de su familia del norte, de los pocos amigos que tenía en Lima, de su entrega a la poesía y no contenta con ello; al saber que el poeta se embarcaba hacia Europa a pesar del crudo invierno de 1923, fue hacia el Callao para contemplar la silueta del santiaguino, escoltada por la de otros dos hombres que habían ido para despedirlo. Sigilosa se acercó hacia él y casi sin conversar estampó un cálido pero trémulo beso en la mejilla de Vallejo.

Pasaron los años. El Perú fue sacudido por múltiples hechos políticos y sociales. Alejandra, supo sólo noticias breves y patéticas de Vallejo como que su pobreza y su hambre eran iguales a las de muchos compatriotas exiliados en aquellos años. Pero la Pizarro no sabía que después de 21 días de navegación, Vallejo desembarcaba en la Rochela de Francia a mediodía del 13 de julio de 1923 acompañado de su amigo Julio Gálvez Orrego. quien se quedó allí, en cambio César Vallejo, pensaba en París y hacia ella se fue. Conocía por lectura la belleza de sus museos, de sus plazas y de sus hombres. Sabía de las aventuras de Juana de Arco, Santa Genoveva, quienes supieron doblegar a los pueblos con la fuerza de su fe. Del valor de Vercingetorix, héroe de Francia; de la belleza de las iglesias y también de la calidad poética de Víctor Hugo y Charles Baudelaire, especialmente de este último a quien profesaba admiración por su poema “las Flores del mal”.

Por fin, en las primeras horas del 14 de julio se encontró de pronto en una vieja estación, era la estación de Monte Parnaso y con ella se deslumbraba su gran alegría de estar en el mismo corazón de París. El gran sueño de su vida estaba realizado. Atrás quedaba la azarosa Lima, atrás quedaba su bello Trujillo, pero nunca atrás dejó al pueblo que lo vio nacer, su Santiago de Chuco de toda la vida. Paró un taxi, subió en él, se acomodó el sombrero “sarita”, apretó en sus huesudos dedos la casi vacía valija que era lo único que llevaba y ordenó lo trasladen hacia el hotel Des Escoles. Su figura era escudriñada de reojo por el asombrado chofer quien jamás había visto a un pasajero tan callado, tan circunspecto, pero tan lleno de un no se qué indescifrable.

Vallejo, llegó a su destino: El hotel esperado y con él, el sonido de voces que le hicieron soltar una sonrisa. Los franceses antes de soltar una palabra, la rastraban con tanta delicadeza que esta salía acaramelada y sonora. Vallejo no entendía una palabra de aquel idioma a pesar de haberlo estudiado en el Perú pero allí estaba gozándolo y disfrutando la algarabía de los franceses que festejaban la fiesta nacional.

Los días siguientes los pasó recorriendo las calles de París. Tenía frente al bosque de Bologne y al palacio de las Tullerías. Pasó por el barrio latino. Repasó con sus ojos las bellas universidades. Ingresó a las bibliotecas. Visitó museos y con las ansias de hacerse entender, en La Sorbona, trató de perfeccionar su francés escuchando conferencias de toda laya. Aquí en La Sorbona todo lo entretiene y lo alimenta. La innata inteligencia que poseía sale a jugar un importantísimo papel. Ausculta, memoriza, repite lo que escuchaba hasta que logra adaptar magistralmente su oído al Francés al que consigue dominarlo en el sonido pero no la pronunciación. Su ceceo serrano, más bien dicho, santiaguino, le impedirá para siempre dominar el idioma de Víctor Hugo.


Allí estaba César Vallejo, contemplando la hermosura de las bellas francesas comparando su preciosidad con la mujer peruana pero lejos de la ternura que le imprimiera su “andina y dulce Rita de junco y capulí”. Para muchos era un secreto la atracción personal que nuestro vate ejercía sobre las mujeres pero no lo era para Julio Gálvez Orrego que bien lo conocía., por eso aquel momento cuando ambos ya juntos contemplaban la belleza femenina de las francesas muy sutilmente Julio Gálvez murmuró en el oído de Vallejo recordándole: “Aquella francesita me recuerda a la limeña del Palais Concert, para quien escribiste en Lima:

“Vengo a verte pasar todos los días,
Vaporcito encantado, siempre lejos…
Tus ojos son dos rubios capitanes
Tu labio es un brevísimo pañuelo rojo
Que ondea en un adiós de sangre…”

Así pasan los días y los meses para Vallejo tratando de buscar un editor para su novela pero no lo halla. Se vinculó con algunos personajes pero estos fueron en su mayoría estudiantes o artistas que no podían secundarlo en sus aspiraciones. Trató de escribir en un diario pero no dominaba perfectamente el francés y porque además un extranjero, por más méritos que tenga, no entra tan fácilmente a colaborar en las ediciones francesas. Eso comienza a preocuparlo. Termina el verano en septiembre de 1923 y vino el otoño. Llegó esta estación cargada de nubes, preñadas y amenazantes de explotar en fieras lluvias. Los aires cambiaron para dar paso a inusitadas cuchilladas cuya frialdad calaban los huesos. Nuestro vate sintió el rigor del frío y así pudo sortear por primera vez la dureza con que el invierno castigaba a los foráneos. Pasó diciembre de 1923 y presto llegó el siguiente año.


Su amigo Armando Bazán Velásquez, nacido en Celendín en 1901, estaba junto a él y por eso escribió:

“Es bien conocida la dureza de los hoteleros de todo el mundo; pero los de los parisienses es verdaderamente ejemplar. En tres hoteles vivió más o menos bien, César Vallejo, desde julio hasta noviembre de 1923. En el cuarto hotel, de la calle de Cuyas, lo sorprendieron las primeras nieves de diciembre. Allí saben quien es él en términos de finanzas. Un sudamericano que llega con una sola valija y que guarda en el ropero un solo traje y no de muy buena calidad, no puede ser ciertamente un potentado, ni nada semejante. De modo que el patrón está alerta. Durante unos dos meses pagó puntualmente al principio de cada semana. De pronto se retrasa dos días. Le llaman la atención con una esquela. Como no se produce la respuesta buscada, el sexto día, el inquilino encuentra su habitación con cerrojos y candados nuevos. Esto quiere decir que, según Bazán, por primera vez, Vallejo va ha encontrarse a solas “Frente a París, la noche y la honda…”.
Sin sentirlo, la lucha por la supervivencia se había desatado, pero Vallejo no estaba dispuesto a evadirla. Se enfrentaría a todos los ángulos, recovecos y profundidades de la miseria en París. Ahora ya hablaba el francés mejor que muchos parisienses. Tenía múltiples amigos: Artistas, estudiantes, escritores, poetas, embajadores y todos conocían de su valía. Los que ya lo leían sabían que la poesía de Vallejo manaba de fuentes secretas, libérrima, insobornable. Mariano H. Cornejo es uno de los primeros en hacerse merecedor en apoyar a Vallejo luego se anotarían Max Jiménez, Vicente Huidobro, Juan Larrea, Andrés Avelino Aramburu, Pablo Abrill de Vivero, Alfonso de Silva, Macedonio de la Torre, los hermanos Gonzalo, Ernesto y Carlos More y muchos más, que gustosos frecuentaban la morada de nuestro vate que ahora apretado por la economía, había escogido vivir en un hotel mediano de la calle Moliere desde donde tiene al alcance a sus vecinos de enfrente entre quienes hay una niña de “cabello castaño y ojos glaucos” que anda por los 14 años y las nebulosas del ensueño”. Hirondele lleva por nombre, es de talla regular, bien proporcionada, con una delgadez empezando a ser esbelta, su rostro tiene el encanto de una rara belleza, porque su frente es angosta, pero abarca, dibujada a pincel, todo lo ancho de la cabeza. Tiene los labios finos pero carnosos; su nariz es pequeña, un poco respingada, graciosa…su tez presenta la blancura tostada del lirio. Pero, lo que más llama la atención del buen observador son sus ojos verdosos, que cobran a veces tinte violeta en la sombra, y otras veces resplandores de oro iluminado. Era el año 1925 y años más tarde, aquella niña huérfana de padre, vio el momento propicio para unir su nombre bautismal de estirpe gala, al apellido español del poeta. De esa manera y para siempre se llamaría: Georgette Marie Philippart Travers de Vallejo. Ella, sería la compañera de todos los episodios de nuestro poeta. Tristes o felices. Con ella se enfrentó al destino. Con ella sonrío cuando las malas nuevas lo azotaban. Hirondele, ahora Georgette, sería, hasta su muerte, el bálsamo de sus penurias. Esa mujer que sólo tuvo un amor, que fue César Vallejo. Que al final de sus años vivió rodeada de sus 17 gatos y con la única compañía que era Rosa Espinoza que aún vive en el compacto edificio Marsano de Lima. Fueron esos gatos los que le produjeron un accidente que la llevó al final ha tener una vida de ermitaño sometida a beber, café, sedantes, pescado, noticias por la radio, papa sancochada y golpes en la máquina de escribir. Que sus últimos días fueron arrastrados con ella en una silla de madera del hospital militar a su casa y viceversa. Sin silla de ruedas, sin dinero. Que cuando se desplomaba, la volvían a sentar. Fue esta fiel mujer que mantuvo su viudez desde los 30 años hasta su muerte, a los 76 años, el 4 de diciembre de 1984 en el Maisón de Sante de Lima, Perú.
Pues, esas caídas y esas bajadas de la vida siempre estuvieron presentes y a la mano de nuestro poeta. Su amor por la libertad le hizo decidirse por ese camino. La algarabía revolucionaria de ese entonces lo llamó a su lado. Fue tras ella, la abrazó, le estampó un beso en la frente y la siguió hasta las últimas consecuencias.

El año 1937, un año antes su muerte, en plena guerra española, decide ir a Madrid. Y la encontró convertida en un cuartel de milicianos dando lo mejor que tenían: Apenas un traje puesto y su propia vida, en ofrenda de los pobres de España. Entre ellos encuentra a su viejo amigo Julio Gálvez Orrego y a otros peruanos, obreros, médicos, estudiantes. Habla con ellos en sus cuarteles, en sus trincheras. Los ve acudir presurosos a los lugares donde las bombas, dejan edificios derruidos y muertos bajo sus escombros lo que le permitió escribir sus palabras inmortales cargadas de espíritu y valor al decir:

Voluntario de España, miliciano
De hueso fidedigno, cuando marcha a morir tu corazón,
Cuando marcha a matar en su agonía mundial,
No sé, verdaderamente
Que hacer, donde ponerme;
Corro, escribo, aplaudo,
Destrozo, apagan, digo
A mi pecho que acaba, al bien que venga,
Y quiero desgraciarme.

Vallejo, sin descuidar su vena creadora. Todo lo que hizo le sirvió para lanzar sus libros. Elaboraba, rectificaba, pulimentaba febrilmente día a día las piezas que formarían luego “Los poemas Humanos” y luego “España, aparta de mí este cáliz”. Qué hermoso habría sido para nosotros leer algo de lo que Vallejo hubiera escrito sobre su gran amigo Julio Gálvez Orrego. Pero el destino no lo quiso, pues Vallejo murió el año 1938 y a Julio Gálvez Orrego lo fusilaron las fuerzas franquistas, en Madrid, el año 1940.

Este es el Vallejo al que le profesamos admiración. Su vida es un remanso de agua viva. Todo aquel que la necesita, al igual que la samaritana, adquiere vida. Su vida está presta al auxilio y es fuente de inspiración. Muchos escribimos sobre él porque por donde se le mire será el eterno inspirador de múltiples hazañas literarias. Su legendarismo radica en que todo lo que hizo fue todo bueno. Su vida es un espejo de decencia pues antes de arredrarse por los puyazos de la vida supo soportarla con la estoicidad con que Dios sabe cubrir a los hombres de buena voluntad.


El 13 de marzo de 1938, nuestro poeta dijo: “me acostaré un momento a descansar”. El día siguiente permanece en su lecho. Vienen médicos a examinarlo y dicen que no le pasará nada, porque “nunca han visto morir a un hombre que sólo está cansado”. Sin embargo, aparece una fiebre débil, persistente que poco a poco llegará a los 41 grados.

Ya en la clínica, la curiosidad de los médicos se hace desconcierto hasta que alguien exclama “veo que este hombre se muere, pero no sé de qué”.
Durante un mes su poderosa vitalidad se opone a su voluntad de morir hasta que el Viernes santo de abril de 1938 terminó la agonía del poeta rodeado de Georgette, Juan Larrea, Gonzalo More, Toto Mould Távara, el escultor chileno Cuto Oyarzum y su mujer. El día lunes lo enterraron y llegaron más amigos como: Raúl Porras Barrenechea, Francisco García Calderón, Mariano H. Cornejo, Jean Cassou, Luís Aragón, André Malraux, Tristán Tásara y muchos artistas, escritores, franceses y extranjeros más.

Muerto el vate en 1938, muchos años después, fueron llegando al Perú el resto de poemas. Venían de todo calibre: Apasionados, de amor, de dolor, de esperanzas, de calidad humanas. España y América reconocieron el talento de Vallejo. Aparecieron innumerables ediciones de sus obras, libros de crítica, biografías, homenajes y recitales. Fotografías a cual más, traducción de poemas en diversos idiomas y Vallejo, que había tenido una manera de ser tan callada, se convirtió en el peruano más sonoro y universal de la Literatura.


Alejandra Pizarro, personaje de este escrito, se sabe que años después, viajó a París y se dirigió al cementerio de Montparnasse, otra vez, en busca de Vallejo. Cuando lo encontró, viniéronle los recuerdos, y ya, frente al sepulcro del poeta, pensó que talvez le hubiera gustado saber que sus poemas se habían convertido en patrimonio del Perú y de la cultura general… -“Me hubiera gustado conocerte más”, murmuró sobre la tumba del vate a la vez que dulce y tiernamente soltaba uno a uno los pétalos de una flor sobre la piedra con su nombre a la vez le agradecía, una vez más, los maravillosos versos que escribió para nuestra patria. Suavemente se inclinó para besar las frías piedras que cubrían los huesos del César Abraham y raudamente volvió a la ciudad.


Alejandra Pizarro, ya ha muerto, pero allá, en el cielo, seguirá saboreando el placer de haber sido amiga del poeta César Abraham Vallejo Mendoza, de haberlo leído, sentido y tratado intensamente, es decir, bello privilegio para una bella dama que seguirá admirando, más allá de la muerte, la calidad humana de nuestro vate universal.

Publicado en la Bitácora Literaria de Blasco Bazán Vera


Escritos de Neruda sobre Vallejo

CÉSAR VALLEJO
El genio aún incomprendido

Por Pablo Neruda

Magro, cetrino, sombrío, hierático, como un árbol deshojado: César Vallejo. Fue un genio. Bregó con la palabra hasta vencerla. Se peleó con el diccionario y salió victorioso. Vanidoso como todos los poetas, humano hasta los huesos húmeros.

Nació en Santiago de Chuco en 1892. Vivió incomprendido en Trujillo hasta 1918. Ese año empezó sus estudios en San Marcos y publicó su memorable Los heraldos negros. Dos años más tarde fue injustamente encarcelado, pero le sirvió para escribir en prosa la desgarradora Escalas melografiadas.


César Vallejo, Paris 1926

En 1922, con Trilce, Vallejo aún sin europas funda la vanguardia. Dice de este espléndido poemario, el periodista Víctor Hurtado Oviedo: "Trilce es como si dijésemos un atentado contra el idioma con el que compramos pan y hablamos del clima mientras esperamos el ómnibus": Acota un ejemplito:

"Grupo dicotiledón. Obertura
desde él preteles, propensiones de trinidad,
finales que comienzan, ohs de ayes
creyérase avaloriados de heterogeneidad.
¡Grupo de los dos cotiledones!".

Huye a Europa en 1923 y en 1927 conoció a Pablo Neruda bajo el cielo frío de París. Fueron amigos, camaradas, hermanos verdaderos. Viles soldados pequeños de dientes poderosos hicieron lo imposible para separarlos. Pero no han podido.

Acerca de la obra de los dos, Mario Benedetti dice: "En el caso de Neruda, lo más importante es el poema en sí; en el caso de Vallejo, suele caer lo que está antes (o detrás) del poema. En Vallejo hay un fondo de honestidad, de inocencia, de tristeza, de rebelión, de desgarramiento, de algo que podríamos llamar soledad fraternal... "

Vallejo hizo de la palabra maravillas incomprensibles. "Él es la etimología de la palabra de mañana y de la idea que aún no existe."

He aquí la pluma del Nobel de Literatura 1971, como para ratificar la mira que los une.

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De derecha a izquierda (sentados): José Eulogio Garrido, Juvenal Chávarry, Domingo Parra del Riego, César Vallejo, Santiago Martín, Óscar Imaña.
De izquierda a derecha (de pie): Luis Ferrer, Federico Esquerre, Antenor Orrego, Alcides Spelucín, Gonzalo Sumarán. Trujillo, 1916.

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Pablo Neruda



Oda a César Vallejo*

A la piedra en tu rostro,
Vallejo,
a las arrugas
de las áridas sierras
yo recuerdo en mi canto,
tu frente
gigantesca
sobre tu cuerpo frágil,
el crepúsculo negro
en tus ojos
recién desenterrados,
días aquellos,
bruscos,
desiguales,
cada hora tenía
ácidos diferentes
o ternuras
remotas,
las llaves de la vida
temblaban
en la luz polvorienta
de la calle,
tú volvías
de un viaje lento, bajo la tierra,
y en la altura
de las cicatrizadas cordilleras
yo golpeaba tus puertas,
que se abrieran
los muros,
que se desarrollaran
los caminos
recién llegado de Valparaíso
me embarcaba en Marsella,
la tierra
se cortaba
como un limón fragante
en frescos hemisferios amarillos,

te quedabas allí,
sujeto a nada,
con tu vida
y tu muerte,
con tu arena cayendo,
midiéndote
y vaciándote,
en el aire,
en el humo,
en las calles rotas del invierno.
Era en París, vivías
en los descalabrados hoteles de los pobres.
España
se desangraba.
Acudíamos.
y luego
te quedaste
otra vez en el humo


y así cuando
ya no fuiste, de pronto,
no fue la tierra
de las cicatrices,
la piedra andina
la que tuvo tus huesos, sino el humo,
la escarcha
de París en invierno.
Dos veces desterrado,
hermano mío
de la tierra y el aire,
la vida y la muerte
desterrado
del Perú, de tus ríos,
ausente
de tu arcilla.
no me faltaste en la villa,
sino en muerte.
te busco
gota a gota,
polvo a polvo,
en tu tierra,
amarillo
en tu rostro,
escarpado es tu rostro,
estás lleno
do viejas pedrerías,
de vasijas
quebradas,
subo
las antiguas escalinatas,
tal vez
estés perdido,
enredado
entre los hilos de oro,
cubierto
de turquesas,
silencioso,
o tal vez
en tu pueblo,
en tu raza,
grano
de maíz extendido,
semilla
de bandera.
Tal vez, tal vez ahora
transmigres
y regreses,
vienes
al fin
de viaje,
de madera
que un día
te verás en el centro
de tu patria,
insurrecto,
viviente,
cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
rayo do piedra púrpura.


Elogio Funebre*

Esta primavera de París está creciendo sobre uno más, uno inolvidable entre los muertos, bienadmirado, nuestro bienquerido César Vallejo. Por estos tiempos de París, él vivía con la ventana abierta, y su pensativa cabeza de piedra peruana recogía el rumor de Francia, del mundo, de España... Viejo combatiente de la esperanza, viejo querido. ¿Es posible? Y que haremos en este mundo para ser dignos de tu silenciosa obra duradera, de tu interno crecimiento esencial. Ya en tus últimos tiempos, hermano, tu cuerpo, tu alma te pedían tierra americana, pero la hoguera de España te retenía en Francia, adonde nadie fue más extranjero. Porque eras el espectro americano -indoamericano, como nosotros preferías decir-, un espectro de nuestra martirizada América, un espectro maduro en la libertad y en su pasión. Tenías algo de mina, de socavón lunar, algo terrenalmente profundo.

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En su lecho de muerte, el viernes 15 de abril de 1938, en la clínica Arago de París

"Rindió tributo a sus muchas hambres" -me escribe Juan Larrea. Muchas hambres, parece mentira... Las muchas hambres, las muchas soledades, las muchas lenguas de viaje, pensando en los hombres, en la justicia sobre esta tierra, en la cobardía de media humanidad. Lo de España ha sido el taladro de cada día para tu inmensa virtud. Eras grande, Vallejo. Eras interior y grande, como un gran palacio de piedra subterránea con mucho silencio mineral, con mucha esencia de tiempo y especie. Y allá en el fondo el fuego implacable del espíritu, brasa y ceniza... salud, gran poeta, salud, humano.

* Pablo Neruda

Fuente: http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibVirtual/publicaciones/editor/v02_n3/C%C3%A9sar-Vallejo.htm