05 abril 2008

César Vallejo - 1922

Por José Miguel Oviedo

En los anales de la literatura occidental, el año 1922 tiene una trascendencia casi legendaria: es el año en el que aparecen La tierra baldía, de T. S. Eliot (1888-1965), y el Ulises, de James Joyce (1882-1941), dos obras clave de la poesía y la novela del siglo XX. Cada una en su respectivo campo, inaugura un lenguaje nuevo que asociamos con la vanguardia entonces en plena expansión y que corresponde al nuevo espíritu crítico del mundo contemporáneo surgido de las cenizas de la Primera Guerra Mundial. Como bien dice el historiador E. J. Hobsbawm, nuestro siglo XX es un 'siglo corto', porque comienza realmente en 1914 y termina en 1989, con la caída del muro de Berlín y del comunismo europeo. Las obras de Eliot y Joyce nos recuerdan que somos sobrevivientes de una terrible tragedia, que nos hemos destrozado brutalmente y que todo -el tiempo, la historia, la vida, el arte- significa otra cosa en esta época sombría y sin esperanzas. Con esos libros, una era se cierra y otra se abre: la nuestra. En este contexto, la muerte de Proust ese mismo año tiene un sentido simbólico: su En busca del tiempo perdido es el último grandioso y espléndido recuento de una era condenada a desaparecer en el flujo convulso del mundo contemporáneo.

Los años no han hecho sino confirmar la posición central de esas dos obras. Si en algo coinciden es en haber sabido captar el espíritu terrible y fascinante, desolado y hormigueante, de la ciudad moderna, uno de los grandes motivos de las letras y el arte del siglo. La ciudad era, para ambos autores, lo que había sobrevivido tras la Primera Guerra Mundial: a la vez un semillero y un cementerio de ilusiones, una abigarrada concentración de soñadores y fracasados rozándose los codos en el metro, en las oficinas, en los bares. A la vez tierra baldía y prometedora Ítaca, la urbe nos distanciaba de toda visión pastoral de la naturaleza y de un concepto de belleza que yacía entre los escombros de la guerra. En esa mezcla incierta entre frustración y expectativa crearon Eliot y Joyce, dejándonos imágenes imborrables de lo que es vivir y morir anónimamente en medio de una multitud y entre fríos muros de concreto.

Por eso, el ritmo de La tierra baldía es disonante y entrecortado, poliglósico, lleno de citas y alusiones herméticas, verbalmente siempre al borde de la incoherencia, oscuro y trágico, poseído por una fría pasión. No deja de ser paradójico que un hombre del agudo sentido crítico de Eliot -sus ideas tuvieron una profunda influencia en su época y la nuestra- sometiese su texto original al juicio de Ezra Pound (1885-1972), il miglio fabbro, quien -como sabemos por la edición facsimilar del poema que incluye sus correcciones y sugerencias- introdujo cambios sustanciales, convirtiéndose casi en un colaborador de Eliot. Esto es, además, significativo por otra razón: la rigurosa tradición anglosajona que representaba Eliot -una personalidad austera, conservadora en política y moral, fiel seguidor de la fe anglicana- se dejó penetrar por la sensibilidad de Pound, quien acercó la poesía de lengua inglesa a la cultura mediterránea y oriental, haciéndola verdaderamente universal.

Joyce hacía, por su parte, algo parecido, impregnando su experiencia del mundo celta, del que provenía, con un espíritu auténticamente cosmopolita y plurilingüístico. En 1904, cuando tenía sólo 22 años, Joyce llega a Trieste (Italia), donde permanecería hasta 1920. Ese periodo puede considerarse el más creador de su vida: en Trieste escribió la mayor parte de Dublineses, el Retrato del artista adolescente, su único drama, Exilados, y Ulises. Como escritor, su deuda con esa ciudad es enorme. Trieste, un puerto pequeño y pobre entonces, no era nada provinciano. Era, más bien, un crisol de lenguas; culturas, razas y tradiciones se amalgamaban de un modo singular, convirtiéndolo en una especie de metrópoli marginal donde el Este y el Oeste, el mundo mediterráneo y el legado del imperio austro-húngaro se conjugaban; así lo ha recordado el crítico irlandés John McCourt en un libro reciente, The years in bloom, que también rastrea en esa ciudad los orígenes del orientalismo joyceano y de su afinidad con la cultura judía.

Sin negar la posición cenital de las mencionadas obras de Eliot y Joyce, quiero señalar que oculta un histórico olvido, que sólo los lectores de nuestra lengua podemos notar: el otro libro capital de 1922 es Trilce, de César Vallejo (1892-1938). Es habitual que la crítica otorgue un sesgo hegemónico a la producción literaria en lengua inglesa o francesa, poniendo en segundo lugar a la escrita en alemán o italiano, pero ignorando casi por completo la nuestra. En su citadísimo e influyente El canon occidental (1994), Harold Bloom, que domina varias lenguas, puede darse el lujo de estudiar a los grandes escritores de lengua española que integran ese canon (sólo Cervantes, Borges y Neruda), a partir de traducciones al inglés, lo que explica lo limitado de su selección; aparte de ellos, menciona a Carpentier, García Lorca, García Márquez, Unamuno y otros, pero no a Lope o Quevedo.

Hay que lamentar esa distorsión cultural que ignora la enorme contribución que Trilce hace a la indagación de la concreta condición humana y que concurre con la misma categoría estética de las búsquedas de Eliot y Joyce: Vallejo es digno compañero de ellos, lo que es más asombroso si se tiene en cuenta que, cuando escribió ese libro, el poeta peruano aún no había pisado Europa y tenía un conocimiento relativamente limitado de la vanguardia y otras innovaciones europeas de esos años. Lo que hay que destacar es la posición irregular en la que Vallejo se coloca frente a la revolución vanguardista, pues hace de ella una interpretación única, equivalente a un desafío que nadie había intentado en nuestra lengua (y poquísimos fuera de su ámbito). Recordemos que Trilce se adelanta por dos años a la fundación del surrealismo y que el gesto de rebeldía vallejiano -sólo anticipado entre nosotros por el creacionismo de Huidobro (1893-1948)- iba en direcciones distintas de esas actitudes estéticas al mismo tiempo que las superaban y ahondaban. Borges habría afirmado que -contradiciendo las cronologías- Vallejo hizo de Breton un precursor suyo. (Para agudizar más las contradicciones, Vallejo escribiría una apresurada Autopsia del surrealismo en un artículo de 1927).

Si hay rasgos vanguardistas -a veces aparatosos- en Trilce, su espíritu y su significado profundos lo ponen al margen de ese cauce. No hay, por ejemplo, notas del cosmopolitismo asociado con la vanguardia y tan visibles en Eliot y Joyce. El mundo de Vallejo está ligado a realidades del todo distintas: el mundo rural, la familia, lo autóctono, etcétera, notas que cualquier vanguardista rechazaría. Pero, por otro lado, las visiones obsesivas y las oscuras percepciones de un mundo sin sentido se conectan con los hallazgos de la vanguardia europea; o, más bien, las anuncian o presienten. Lo importante en el libro no reside en sus rarezas retóricas, sus fonetismos, sus versos en mayúsculas o verticales, sino en la búsqueda angustiosa de algo que está más allá de las pobres evidencias que brinda la realidad. La crítica no ha visto la sugestiva coincidencia del libro con ciertas ideas expuestas por Kandinsky en Lo espiritual en el arte (Múnich, 1912), que propone un arte que exprese 'la naturaleza interior' del hombre, no sus apariencias externas. Vallejo hizo precisamente eso, pero, como lo hizo en español, el resto del mundo ha tardado en tomar debida nota. La tierra baldía, Ulises y Trilce son tres expresiones máximas de la literatura universal y forman una conjunción estelar en el memorable 1922.

Fuente: http://www.trazegnies.arrakis.es/oviedo.html

Antología de Raúl Porras (III): César Vallejo

La historia literaria de mañana interrogará por la vida de César Vallejo. A esta exigencia póstuma obedecen estos sumarios apuntes, recogidos de huellas escritas y vivientes, sin pretensión de más.

César Vallejo nació el 6 de junio de 1893 en Santiago de Chuco en los Andes del Perú y murió en París, en la Clínica Aragon, el 15 de abril de 1938.

Su infancia estuvo llena de dulzura hogareña en su rincón serrano, según se vislumbra en sus relatos y en sus versos. Eran doce hermanos y entre los menores Aguedita, Nativa, César y "Miguel que ha muerto". El padre ocuparía una posición espectable, acaso si hasta gobernador - él no lo ha dicho -, y su recuerdo se yergue en las tardes a la hora en que se rezaba en común. El recuerdo materno - "mamá todo claror" - está unido a todos los más puros goces de su infancia y llena la añoranza constante de la casa familiar. Sin descanso ha evocado Vallejo aquel ambiente: las tibias colchas de vicuña con que los niños se cubrían del miedo de la noche, el patio empedrado de la casa, el corredor de abajo, el corral de gallinas y las piedras fragantes de boñiga, el pozo, el sillón antiguo del abuelo, "trasto de dinástico cuero" que rezongaba a "las nalgas tataranietas", la madre que repartía bizcochos de yema y servía el almuerzo en que reían albos platos de cancha y los juegos de los niños con el cielo y con el agua, viendo volar "las cometas azulinas" o yendo a destapar "la toma de un crepúsculo para que de día surja toda el agua que pasa de noche".

Se educaría en Trujillo, en la costa del Perú y, después de haber sido estudiante y profesor, fue a Lima, en 1918, "para ganar cinco soles". Publicó entonces su primer libro de versos, Los Heraldos Negros, que le reveló como un poeta postmodernista independiente. Imperaba entonces en América y en el Perú la tendencia verlenizante de Darío. El grupo intelectual de Colónida en el que predominaba la tendencia estetizante de Valdelomar acababa de consagrar al poeta de La Canción de las Figuras. Vallejo insurgió con un acento nuevo y distinto, más hondo, más patético y más humano. Su verso precursor desdeñaba la musiquería de violoncellos y los juegos de marionettes del rubendarismo y el simbolismo, y usaba un acento más viril y extraño aunque inconfundiblemente peruano. Federico de Onís halla que, desde aquel momento, su estro se identifica con el dolor de la raza indígena.

Por entonces le recluyen en una cárcel provincial. Antenor Orrego, sus compañeros de Trujillo, los estudiantes, protestan y reclaman su libertad en nombre de su arte, de su bohemia y de su bondad. Las rejas de la cárcel no le afrentaron ni enquistaron su dolor nativo. "Ah! Las cuatro paredes de la celda - escribió -, si vieras hasta qué hora son cuatro estas paredes". En la cárcel concibió un nuevo libro de poemas, Trilce y probablemente Escalas Melografiadas (1923). Para descoyuntar a la crítica y al implacable sentido común, el primero, nominado con una palabra inexplicable y humorística, era un libro de versos y el segundo, pese a su título lírico, un volumen de cuentos. Trilce, fue casi incomprendido. Con él, dice Onís, Vallejo "entró de lleno en el ultraísmo, pero el pasado de su vida, de su alma y de su raza, sigue siendo, purificado y desrealizado, el tema único de su poesía". Y Bergamín añade: "La poesía de Trilce es seca, ardorosa, como retorcida duramente por un sufrimiento animal que se deshace en un grito alegre o dolorido, casi salvaje". Escalas Melografíadas, libro escasamente divulgado, revela a uno de los mejores cuentistas peruanos. La melancolía de su tierra serrana y de los recuerdos familiares, se mezcla a relatos de una imaginación extraña y misteriosa como en Cera, descripción del ambiente de una casa de juego mongólica en Lima, en que su sensibilidad se agudiza hasta tocar en zonas ignotas del trasfondo humano.

Venido a Europa, Vallejo vivió la vida bohemia del sudamericano. Vio París en las salas del Louvre y en la "luz áurea del sol sobre la cúpula del Sacre-Coeur"; ambuló por los cafés y los hoteles - Hotel Moliére, Hotel Ribouté, Hotel des Ecoles, Maine Hotel - "el hotelero es una bestia" -; vivió en Montparnasse entre Le Dôme y la Rotonde y en el Barrio Latino - "hojas del Luxemburgo polvorosas" - y el Café de la Regencia, frente a la Comedia Francesa, reflejó en sus espejos sus pómulos de indio y su frente bethowiana, en tanto que el humo de su cigarro y la taza de café se fundían "en un óxido profundo de tristeza". Le acompañaba Alfonso de Silva, músico y hermano predilecto que tocaba tangos en una "boite de nuit" en que bebían juntos. Otras veces eran Julio Gálvez, Gonzalo More y otros. Nada le hacía olvidar el Perú, a su sierra y a su madre, pero siempre, dirá en uno de sus versos, "con mi muerte querida y mi café y viendo los castaños frondosos de París".

París le retuvo desde entonces. En enero de 1929 se casó con Geogette, una chiquilla de ojos glaucos, que le atisbaba sin conocerle, desde la ventana de su casa en La rue Moliére, frente al hotel de Vallejo, el Nº 19, y no se acostaba hasta no verle regresar en la noche. Se fueron primero a Bretaña y después a Rusia, donde él había estado ya en 1928. Recorrieron Berlín, Leningrado, Moscú, Praga, Viena, Budapest, Venecia, Florencia, Roma, Pisa, Génova y Niza. El 29 de diciembre de 1930, un "arrêté" policial expulsó a Vallejo y a su esposa de Francia por su filiación comunista.

Vallejo va, entonces, por primera vez a España. Este país ocupará desde esa época y en su cuarto de hotel. Allí, donde se pone el pantalón, se quita la camisa y tiene un suelo y un alma "y un mapa de mi España". Aragón lo relievaría delante de su tumba: Vallejo indio de corazón y de rostro, amó todo su vida, entrañablemente a España. (La última parte de su libro póstumo se llamaría: España, aparta de mí este cáliz). En Barcelona y en Madrid vive días de estrechez, de lucha y de trabajo. En Madrid, en una casita de la calle del Acuerdo, escribe su novela Tungsteno. Poco después edita su libro Rusia 1931.Trabaja en periódicos madrileños - Ahora, Estampa y La Voz, que le rechaza quince artículos sobre Rusia, porque Vallejo a pesar de su necesidad, se niega a suprimir ciertos pasajes -. La Editorial Cenit rehusa publicar un cuento suyo infantil, titulado Paco Yunque porque es demasiado pesimista y revolucionario. Vallejo sigue trabajando. Ha abordado el género teatral. Por esa época escribe un drama Mampar, que leyó y aprobó el artista francés Jouvet y cuyos originales destruyó más tarde el mismo Vallejo. Escribe también un drama social, Lock-out, y esboza futuras producciones dramáticas. En España se vincula con Bergamín, Alberti, Marichalar, Salinas, Larrea, García Lorca, pero sin salir de su aislamiento. Sus amigos más cercanos son dos peruanos, Xavier Abril y Juan Luis Velázquez, y un español, Fernando Ibáñez. Por entonces aparece Trilce auspiciado por un prólogo de Bergamín y un poema de Gerardo Diego, (1930).

En 1932 Vallejo y su mujer regresan a Francia. Una amiga de ésta - Clara Candiani, hija de Pierre Mille - obtiene del Gobierno de Chautemps el permiso para residir en París. Vuelven a la rue Moliére. Pero luego recomienza el éxodo de los hoteles: el de la rue Garibaldi, el de Raspail donde Vallejo estuvo muy enfermo, el de la rue Delambre cerca del Dóme y el postrero de la Avenue du Maine, próximo a la clínica fatal. Le rondan ya la muerte y la miseria. Vallejo trabaja fatigado y enfermo. Da una pausa a la poesía y se empeña en forjar un teatro que nunca verá representado. Termina de escribir Moscú contra Moscú que titulará finalmente Entre las dos orillas corre el río, comedia dramática, que condensa el pensamiento social de Vallejo, en la que el amor es más fuerte que el odio. Varona, princesa de la época zarista, y su hija Zuray, "konsomolka" del Soviet contra la voluntad de su madre, personifican el antagonismo de dos generaciones y de dos ideologías que Vallejo enfrenta en diálogo vigoroso y reconcilia luego en el cauce fraternizador de la ternura familiar. El Príncipe Osip, el padre, alcohólico y degenerado, es un personaje que en sus delirios restaura el equilibrio de la razón y del sentimiento perturbados, con una lucidez casuística que se emparenta directamente con la poesía de Vallejo. Tras de esta comedia de polémica social, acomete la creación de Los Hermanos Colacho, farsa de pura cepa topazziana, que describe la parábola social ascendente de dos provincianos, Acidal y Mordel Colacho, desde el tambo de la aldea serrana hasta la diputación, y la presidencia, con el apoyo de la Cotarca Corporation, el Comisario, un general, y dos comparsas democráticos.

El último esfuerzo teatral de Vallejo es una pieza que terminó poco antes de morir, La Piedra Cansada, tragedia basada en una leyenda incaica y hecha, como todas las obras de Vallejo, a martillazo limpio, a puro dolor. Say Kuska es la piedra que fatigada de sufrir se negó a llegar al alto cerco del Sacsahuamán al que estaba destinada, y quedó en medio del camino ante el azoro de los quechuas supersticiosos. En 15 cuadros, que se inician con el episodio de la piedra, surge el panorama incaico en toda su grandeza primitiva y pasan, en medio de un soplo de superstición y de misterio, como sombras más que como personajes, los amautas agoreros, las ñustas temerosas, los chasquis veloces, los quipucamayocs, los mitimaes y los soldados, la multitud incaica en suma. Tolpor el hachero, ama a la ñusta Kaura, con amor fatal y prohibido y, por esta pasión, asesina, se subleva, vence, es elegido Inca y se arranca los ojos para terminar errante y mendigo. Es un poema trágico y grandioso en que la masa quechua vive, grita, sufre, trabaja, canta y, en vez de obedecer ciega y convencionalmente, se rebela y protesta contra la tiranía de los auquis, "Ama sua, Ama llulla, Ama quella" dicen los chasquis al llegar sudorosos y jadeantes a la plaza del Intipampa y los sabios Amautas responden: "Vayas o vengas el polvo del camino te acompañe". Los coros desbordan esencia lírica popular y hay escenas como la del regreso de las tropas quechuas vencedoras de los kobras, plenas de grandeza multánime, en tanto que otros cuadros, como el de la aldea de Huaylas, son de una pureza de pastoral.

En este mismo período escribió Vallejo algunos ensayos sociales, notas, apuntes, páginas de diario de un incansable auscultador de sí mismo, coleccionadas algunas en dos libros inéditos: El arte y la revolución y Contra el secreto profesional. En julio de 1937, realizó su última peregrinación a España. Fue invitado al Congreso de Escritores Revolucionarios que sesionó en Barcelona, Valencia y Madrid, en plena guerra. Vio de cerca el dolor de España y escribió los poemas que figuran al fin de este libro exaltando al miliciano marxista. A fines de 1937, de regreso de aquel viaje, Vallejo, que después de casi diez años no escribía versos, volvió a escribir, febril y convulsamente, esta nueva serie de poemas, que se han reunido bajo el título de Poemas Humanos, y quedaron en borradores "Me moriré en París con aguacero" - dice en uno de los desgarrantes versos de este volumen, henchido como ninguno de los suyos de sordo dolor metafísico y de angustia corporal. Atacado de un mal extraño como sus versos y su vida, le llevaron poco más tarde a una clínica. A su lecho de agonía le llegó aún algún volumen que venía del Perú y en el que Estuardo Núñez le reconocía como el más alto valor poético de la poesía peruana actual. Al pie de él estuvieron incesantemente Georgette y los médicos que no supieron diagnosticar su mal. Murió en la mañana del viernes santo de 1938 y, como el lo había querido, llovía tenuemente sobre París.

La edición de este volumen se hace gracias a la vigilante fidelidad de la compañera de Vallejo, quien ha descifrado paciente y amorosamente los originales y mecanografiado ella misma toda su obra inédita. Un grupo de admiradores de Vallejo, los da a la estampa, sin apoyo ninguno oficial. Entre tanto la obra restante de Vallejo, la más rotunda y fuerte personalidad literaria del Perú reciente, espera la hora imprescindible de su publicación.


* De la Nota Bio-Bibliográfica que sirve de colofón al libro de César Vallejo Poemas Humanos, publicado en París, Les Presses Modernes, por iniciativa de Raúl Porras, en 1938.

Fuente: Cátedra Raúl Porras Barrenechea



César Vallejo, un poeta libre en París

DINU FLAMAND • Poeta y traductor de Vallejo al rumano explica cómo nuestro vate santiaguino se confrontó con la libertad de espíritu en la capital francesa.

.Considera que el autor de Trilce es hermano en poesía de Emil Cioran, en el sentido de que ayuda a liberarnos.

Carlos Henderson.

El año pasado, tras realizarse el Homenaje Internacional a Vallejo en París –el 15 de abril– en los ambientes de la Maison de l’Amérique Latine, entrevistamos a Dinu Flamand, poeta y traductor al rumano de nuestro poeta mayor. En esta celebración de Vallejo intervinieron tres conferencistas, doce poetas de diferentes lenguas y nacionalidades; asimismo, cinco músicos. Entre los conferencistas estuvo Stephen Hart, uno de los estudiosos más prestigiosos de nuestro poeta mayor. Dinu Flamand trata de explicar el Vallejo parisino.

"Vallejo en París tuvo la suerte, creo, de confrontarse con una libertad de espíritu que sigue vigente para los que vivimos en esta capital de adopción. Incluso si murió roído por su desesperación y miseria, su instinto lo predecía en un famoso soneto. Vallejo comprendió en París que la poesía puede decirlo todo. Comprendió que el sentido, la buena actitud semántica, no son absolutamente obligatorios cuando había urgencia de clamar su ira, de mostrar su compasión humana. Si el surrealismo propugnaba que todo el mundo se liberara, es interesante relevar que al margen de la corriente dominante había algunos rebeldes, aún más radicales que los maestros, que no se conformaban con imitarlos. Y que, en su mayor parte, no eran para nada surrealistas, a pesar de que se habían beneficiado de esa revuelta. El ejemplo de mi compatriota Gherasim Luca me parece revelador. Más radical que Breton, él llega a "desestructurar" el lenguaje en una suerte de balbuceo. Como en Vallejo, este balbuceo es una ruptura que hace trizas la metafísica. No solo es una pulverización del sentido del lenguaje sino también del mundo frente a la atrocidad de la muerte. Vallejo a veces quiere infligirnos su pavor, su descorazonamiento, su vértigo pasando por alto las palabras. O de lo contrario utiliza las palabras disminuyendo toda su importancia aparente. Vallejo ya se servía del minimalismo. Recurría a las cifras en algunos poemas de Trilce sin connotar carga semántica alguna. También recurría a interjecciones y otras rarezas súbitas que nos las entrega en los repliegues de una imagen. Y no hablo de la invención de palabras, cosa que aparece muy temprano en él. Como si la poesía tuviera que crear su propio material.

La rebelión del poeta

Así trato de captar la rebelión que se desprende de su poesía: una oralidad sorprendente no solamente para la poesía moderna en lengua española sino para la poesía contemporánea en general. Poesía de estallidos, cortes, fracturas inesperadas que rompen el ritmo, muy frecuentes en Poemas humanos y en la mayoría de Poemas en prosa, que me han llamado la atención por esa suerte de verdadera energía no semántica. Vigorosa furia que llegaba a despreocuparse de saber si se "comunicaba" o no con el lector o hasta desinteresarse de si el verso, la estrofa, el poema todo tenía un "sentido".

Yo me sentía en presencia de alguien que arrancaba de su garganta una mezcla dolorosa compuesta de sílabas, palabras y muerte, interjecciones y silencios, todo para ser lanzado a la faz del mundo. Yo estaba bajo el choque de este sufrimiento no saciado, de este sufrimiento al mismo tiempo majestuoso e insostenible por su rechazo a "respetar la disciplina". Adivinaba que no era nada fácil para tal destructor de la lógica tradicional vivir en París y ser traducido al francés, esa lengua que no acepta violencias en la sintaxis. Más tarde encontré varias traducciones en francés de Vallejo, incluso la obra poética completa, que, en la mayoría de los casos, habían refrenado no solo la violencia del texto original sino también su tensión conmovedora. Su obra poética continúa siendo situada entre los autores "comprometidos". Y eso en desmedro de su envergadura.

Vallejo y Cioran

En esa época vivía bajo una dictadura que me asfixiaba. Recibí como una verdadera revelación el contacto con esta poesía que otorga tal corporalidad al grito de protesta, a la desesperación, al sentimiento de adversidad y siempre paliando sus trágicas amplificaciones.

Había encontrado en Vallejo el hermano en poesía de mi compatriota Emil Cioran. La lectura de Vallejo, realizada en el inicio con la ayuda de un simple diccionario, me transformó a fondo. No es que me haya convertido en "vallejiano", pero he sentido que él me ayudaba a liberarme interiormente. Mi poemario Estado de sitio expresó esa experiencia. Que por otro lado, como tenía un tono decididamente polémico, algunos poemas fueron suprimidos, censurados, algunas frases desaparecieron o fueron reemplazadas. Antes me conformaba con combatir la dictadura y la censura por medio de metáforas (y había hecho mío lo que dice Borges: "La dictadura es la madre de la metáfora"). Vallejo me dio coraje para ir más lejos, para clamar mi desesperación en un lenguaje que se deslizaba entre las manos de mis censores, a pesar de todo lo dicho anteriormente.

Fuente: http://www.larepublica.com.pe/component/option,com_contentant/task,view/id,105662/Itemid,0/

Humor y lenguaje familiar en la poesía de Vallejo*

Por Jorge Diaz Herrera,

En una visita a la casa de César Vallejo, hace muchos años, en Santiago de Chuco, conocí a la hermana del poeta, Natividad. Delgada, altiva, de ceño fruncido, toda vestida de negro. Me abrió la puerta y yo tuve la sensación de estar frente a la imagen del poeta. Tal era la semejanza física con el hermano. Semejanza que se enriquecería con sorprendentes afinidades.

Luego de invitarme a pasar con un ademán cortés, Natividad paseó con desdén e ironía la mirada por las paredes y el cielo raso de la sala:

—Así que viene usted a ver la casa del poeta. Sí. Claro. Ahora lo ven. Pero también sería bueno que vieran a la sobrina del poeta, a ésta. —Me señaló a una jovencita de expresión tímida, y prosiguió: —Ésta es la sobrina de César Vallejo.

Luego refirió que «ayer nomás» le habían negado el ingreso a la normal de Santiago de Chuco para darle la vacante a la hija de un condorazo.

—Sí, señor... a la hija de un condorazo. —Tenía el tono de su voz el acento propio de las quejas insondables, hirientes, coléricas, propio de las apelaciones populares.

Seguí tras ella por el interior de la casa:

—Así es la vida —le dije con el propósito e aliviar su indignación.

—Claro, Dios lo quiso así —replicó sarcástica, encogiéndose de hombros.

Al escucharla referirse a Dios de esa manera, gesto irónico de quien simula confortarse a sí misma, y por esas asociaciones espontáneas que las expresiones propias de una naturaleza común traen a la mente, se me vino el recuerdo de esa anécdota castellana del siglo XVI con la que, según Alfonso Reyes, oyó a Salvador de Madariaga ejemplificar el humorismo vasco: «Un hombre cae por una ladera. Se salva agarrándose de un tronco. ¡Gracias a Dios!, le grita su compañero. Y él le contesta: Gracias a palo, que la voluntad de Dios bien claro estaba» Anécdota que a su vez avivó en mí aquel cuarteto popular castellano:

Vinieron los sarracenos

Y nos molieron a palos.

Que Dios ayuda a los malos

Cuando son más que los buenos.

Al pasar por el zaguán, vi el cordel de la ropa secándose al sol, sobresalían unas sábanas blancas.

—Ha tenido usted dura faena —agregué.

—Ahí están pues las blancuras al sol —me respondió. Al concluir Natividad aquella frase (Ahí están pues las blancuras al sol), surgieron en mí innumerables asociaciones entre el lenguaje familiar y el lenguaje poético de Vallejo. Enumeraré algunas:

Alfonso estás mirándome, lo veo

(Sí, pues. Ahora vienen a verlo. Ahora lo ven). De la elegía a Alfonso de Silva.

¿Cóndores? Me friegan los cóndores»

(Sí, señor, para darle la vacante a la hija de un condorazo.) De «Telúrica y magnética».

Qué estará haciendo esta hora

mi andina y dulce Rita de junco y capulí.

[…]

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir

(Ahí están pues las blancuras al sol). De «Idilio muerto».

Tales asociaciones y algunas más, que referiré después, motivaron en mí la sensación de percibir que la hermana de Vallejo hablaba con el acento propio de los versos de Vallejo. Que la gran poesía de Vallejo no había abandonado su lenguaje familiar sino que lo había transfigurado a la más alta categoría estética. Que una de las columnas más sólidas que sostienen el valor de su poesía era el haber universalizado su habla ancestral, su entorno expresivo más íntimo. La nutriente materna, las palabras del hogar permanecían engrandecidas en los versos del poeta.

«...He cambiado seguramente, pero soy quizá el mismo», escribe Vallejo en una carta dirigida a Juan Larrea el 29 de enero de 1932.

Si es verdad que el valor denotativo de una lengua se sostiene en las premisas generales gracias a las cuales quienes la hablan se entienden, es verdad también que los usos familiares, regionales...que si bien hacen ganar a las palabras en contenido, las limitan en continente. Ejemplo ilustrativo: la palabra «cóndores». Natividad me informó, sin proponérselo, el significado familiar de dicho término (personajes influyentes, poderosos del pueblo). Así «cóndores», en el verso de Vallejo, adquiere una connotación que enriquece la comprensión del poema.

Resulta pues un elemento necesario que nos permite, si no la mayor valoración, por lo menos la mejor comprensión del poema, el conocimiento de la atmósfera sicológica, social, cotidiana del poeta. De lo que aconteció en su vida de puertas para adentro. De su lógica personal.

Ilustraré tal afirmación con el siguiente referente anecdótico: Ya ganada un tanto la confianza de Natividad, le pregunté, entre otras cosas, qué es lo que ella habría querido decir, si ella hubiera sido el poeta, con el verso «Confianza en el anteojo no en el ojo». Natividad me respondió con soltura que qué confianza podría tener ella en sus ojos, si era miope. La respuesta, por su sincera simplicidad, me hizo reír, y Natividad compartió la risa; más aún cuando le conté que la interpretación de ese verso había dado origen a las más variadas y contrapuestas versiones, pero muy alejadas de la que yo acababa de escuchar.

Alrededor del año 1957 conocí personalmente a Antenor Orrego, y fue de él que obtuve las primeras y quizá más trascendentes versiones sobre el hombre y el poeta. Antenor Orrego había compartido una estrecha amistad con el César Vallejo y había incluso escrito el prólogo de Trilce. Además, solía absolver con generosidad las preguntas que yo le hacía sobre los poemas y las cosas de Vallejo. De él aprendí que si la belleza es inabordable en su totalidad por la inteligencia, pues la razón es poca cosa para contenerla, sin embargo, posee múltiples aristas y relaciones que dan a quien llega a conocerlas o comprenderlas una mayor posibilidad de goce estético.

Entre otras referencias, Antenor Orrego solía referir lo que él llamaba «las motivaciones circunstanciales» del siguiente verso de Trilce:

Serpentínica u enjirafada al tímpano.

Contaba Antenor Orrego que en él y César Vallejo era costumbre escuchar, desde el cuarto del poeta, en ese largo corredor de puertas de madera del segundo piso del hotel Carranza de Trujillo, el pregón vespertino del bizcochero, que anunciaba su mercancía del modo en que suelen hacerlo los pregoneros: «¡bizcuuuuuchos!». Y esa «o» deformada en «u» les llegaba por el balcón como si la trajera un largo cuello de jirafa (la «u enjirafada al tímpano»).

Antenor Orrego también solía contar que, una mañana, su amigo César Vallejo llegó demudado, sudoroso, a referirle, aún en Trujillo, el sueño de esa noche: Vallejo se había visto muerto en París. De ahí que cuando años después escribe

Me moriré en París con aguacero

un día del cual tengo ya el recuerdo...

tenía efectivamente el recuerdo de su muerte en París que, aunque acaecida en sueños, era un recuerdo en su experiencia.

En mis visitas a Santiago de Chuco, algunos viejos amigos contemporáneos y sobrevivientes del poeta, con el desenfado propio de quienes hablan de recuerdos sin importancia, me contaron de algunas travesuras del hermano de Natividad, César Vallejo Mendoza, cuando éste era niño. Decían que aunque era un muchacho como todos y no se podía negar que era también muy estudioso, tenía sus ocurrencias, como las de esconderles las ropas a la gente mayor que acostumbraba bañarse desnuda en el río. Hubo incluso un personaje que recordaba aquello con mal humor, por haber sido víctima de esas bromas.

Ya tiempo después, con el correr de los años y en lugares diferentes, dentro y fuera del país, me enteré de nuevas anécdotas del poeta, que redondeaban aún más su sentido del humor.

El poeta Juan Ríos me contaba que durante uno de sus viajes en tranvía, acompañado de Vallejo, sucedió algo imprevisto que hizo alborotarse a los pasajeros de manera exagerada. Intempestivamente un hombrecito enclenque a fuerza de gritos hizo callar a todos y, encaramado en uno de los asientos, se echó un discurso en representación de todo el tranvía. Juan Ríos, con su personalísima y elegante ironía, recordaba a aquel hombrecito del tranvía relacionándolo con estos versos de Vallejo:

Pedro Rojas solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

(III de «España aparta de mí este cáliz»)

Tiene pues su propia lógica la vida y su propia lógica la poesía, y resulta difícil anular o desechar la interrelación de ambas.

Resulta oportuno recordar a Marguerite Yourcenar decir en boca de su personaje Adriano: «La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros».

Retomando el tema de mi visita a la casa del poeta y el asombro gozoso que me produjeron las asociaciones referidas, así como el hallazgo que ellas despertaron en mí, en cuanto a la percepción de una nueva faceta de la poesía vallejiana: su particularísimo sentido del humor, su ironía. Señalaré ciertas referencias biográficas elocuentes.

Macedonio De La Torre contaba que Vallejo solía vestir casi siempre de terno plomo, traje con el que lo conocían sus amigos. Hasta que una vez apareció de terno negro.

—¿Estás de duelo? —le preguntó.

Vallejo le respondió que efectivamente estaba vistiendo duelo por la muerte de su traje plomo.

Alfonso de Silva, músico peruano que compartió gran amistad con el poeta y a quien Vallejo le dedicó una hermosa elegía, contaba de sus primeros tiempos en París. Tiempos difíciles. Alfonso tocaba el violín en un restaurante, para ganarse propinas. Conforme lo acordado, Vallejo solía ir por él a las horas convenidas y, por lo general, Alfonso salía a decirle que se diera una vueltecita más, pues era aún poco lo recaudado. Al fin, César y Alfonso concluían instalándose en un decoroso restaurante y pedían un notable aperitivo que agotaba las propinas recibidas. Vallejo solía exclamar irónicamente: «¡Qué suerte la nuestra. Tener para abrir el apetito y no para cerrarlo!»

Existen otras historias. Las anécdotas que he referido tienen un propósito: poner al descubierto la faceta humorística de Vallejo, no por ella menos tierna ni humana. Humor en su vida y en su poesía. Larrea destaca el carácter chaplinesco de algunos personajes protagónicos de la poesía de Vallejo.

Vallejo afirmaba que él era lo que era más por experiencias vividas que por experiencias aprendidas. Antenor Orrego, solía decir que a veces en el detalle aparente o realmente más trivial de la vida de un artista suele encontrarse el rayo que ilumina el paisaje de toda su creación. Afirmaba asimismo que la poesía de Vallejo era «hondamente peruana, porque también es hondamente universal y humana...el más profundo, el más vital nacionalismo conduce siempre a lo universal».

¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,

y Perú al pie del orbe: yo me adhiero!

[...]

¡Indio después del hombre y antes de él!

¡Lo entiendo en dos flautas

y me doy a entender en una quena!

¡Y los demás, me las pelan...!

«La grandeza de Vallejo estaba ya en el curso de su escritura, tanto en poesía como en prosa, sin depender entonces del componente marxista, que encontraría después en Europa y que entroncará en sus discursos europeos», afirma Alberto Escobar.

En su ensayo «Vallejo ayer, Vallejo, hoy», Américo Ferrari afirma: «...la bibliografía de Vallejo se ha enriquecido y diversificado de manera extraordinaria no sólo en el ámbito del mundo hispánico, sino también en países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia. Esta crítica proliferante, caracterizada por su diversidad, da de la poesía y la poética de Vallejo imágenes e interpretaciones múltiples, a veces complementarias y muchas veces contradictorias». Vallejo, hoy, si lo leemos a la luz de la hermenéutica de los últimos años, es muchos vallejos, o quizá sería más apropiado decir que esta poesía es una especie de teatro donde se representa un drama en el que intervienen muchos personajes de múltiples historias (y mundos interiores) cada uno: no olvidemos a este respecto que el desdoblamiento de la personalidad es una de las constantes de la poesía vallejiana y que, en uno de los poemas escritos en Europa, el poeta declara:

¡Cuántas conciencias

simultáneas enrédanse en la mía!

¡Si vierais como ese movimiento

apenas cabe hoy en mi conciencia!

[...]

No puedo concebirlo, es aplastante.

Cómo poder negar que ese monumental laberinto de proporciones descomunales que es el Perú encuentra en ese otro descomunal laberinto que es la poesía de Vallejo su más genuina expresión, expresión que a su vez encuentra en el Perú su más genuina vertiente. Tal como si se dijera que Vallejo universaliza al Perú y peruaniza al universo. Cómo excluir de esa naturaleza, que es nuestra naturaleza, el sentido del humor, el múltiple sentido del humor.

Las reflexiones expresadas en el párrafo anterior sobre la naturaleza de la patria de Vallejo encierran el propósito de poner en evidencia (aunque de modo nada sistemático) las relaciones de la poesía de Vallejo y el contexto donde nació su obra. Ese pedazo del mundo polarizado en muchos aspectos, incluso en los modos de sentir, de enfrentar la existencia, no sólo de unos y otros sino de uno mismo.

Referiré algunas experiencias personales que han enriquecido mis reflexiones sobre el humor en la poesía de Vallejo. Una tarde, acompañado de un poeta amigo, vi aparecer doblando la esquina a un anciano que, apoyado en un bastón, avanzaba arrastrando los pies penosamente.

— Debe de ser terrible llegar a esa edad, ¿no? ¿Tú soportarías vivir así? —le dije a mi acompañante.

Él me respondió con tono pícaro:

—Y así fuese de barriga.

Se refería de este modo al verso de Vallejo «Me gustaría vivir siempre, así fuese de barriga».

En otra ocasión nos encontramos con un cojo que venía muy de prisa en sentido contrario al nuestro, ceño fruncido, rabioso, pierna derecha tiesa como un palo. Tuvimos que hacernos a un lado para evitar que nos atropellara. Mi amigo lo señaló con el índice: «Ahí va un verso de Vallejo». Se refería al poema «Hasta el día en que vuelva de esta piedra:

Hasta el día en que vuelva, prosiguiendo,

con franca rectitud de cojo amargo,

de pozo en pozo, mi periplo, entiendo

que el hombre ha de ser bueno, sin embargo.

Referiré también que nunca he citado a Vallejo con mayor acierto que en un café de Madrid. Conversábamos algunos escritores en un café. Vimos entrar a un poeta de avanzada edad, cabellera al viento, desenfadado, con una graciosa jovencita cogida del brazo. Mis acompañantes reaccionaron de muy mal talante. Argumentaban que ese espectáculo resultaba ridículo por tanta diferencia de edad de la pareja. «Chochera de senectud», dijeron. ¿Cómo aplacar tan evidente envidia? Cité los siguientes versos de Vallejo:

Tengo pues derecho

a estar verde y contento y peligroso, y a ser

el cincel, miedo del bloque basto y vasto;

a meter la pata y a la risa

Luego, para rematar el impacto que produjo en los amigos aquella cita, agregué unos versos de Vallejo:

¿Cómo ser

y estar sin darle cólera al vecino?

(De «Guitarra». Poemas humanos)

Tengo muchas anécdotas más para hacer evidente el humor implícito o derivado de ciertos versos de Vallejo. Me limitaré a una más. Una tarde al llegar a mi casa me di con la sorpresa de ver que la puerta de emergencia había desaparecido. Se la habían robado. Aquel robo me resultó gracioso al recordar este verso de Vallejo:

que por mucho cerrarla robáronse la puerta.

(De «Viniere el malo con un trono al hombro...»)

No es mi propósito interpretar la poesía de Vallejo basándome en ocurrencias o versos sueltos que me permitan hacer que el poeta resulte diciendo lo que no quiso decir, pues si los versos que integran un poema constituyen una unidad indivisible del contexto, es verdad también que en el poema existen impulsos, expresiones, trazos sicológicos, huellas, versos que adquieren ciertas vibraciones propias, cierto valor o cierto aire suelto que le confieren alguna independencia, alguna individualidad. No pretendo invertir el hondo clima de orfandad, de desolación que sostiene como una columna vertebral el gran cuerpo de su poesía. Sólo trato de dar testimonio de mi manera personal de ver cuán más grande es ese cuerpo.

La gran poesía, por no ser un ente cerrado ni estático, no sólo se emparienta con sus ancestros y contemporáneos, sino que se torna incluso antepasada de sí misma, descendiente del futuro. De allí que ella significa lo que significó y también lo que los tiempos que le suceden le brindan como nuevo significado. Acaso en ello radique su verdadera grandeza.

En el caso de Vallejo existen incluso versos que, conviviendo incluso con la estirpe dolorosa que los sostiene, traen una irónica ternura, un sentido del humor personalísimo. Citaré algunos de esos versos:

Echa una cana al aire el indio triste.

(«Terceto autóctono». Los Heraldos Negros)

La salud va en un pie. De frente: marchen.

(XXXIX, de Trilce)

Hubo un día tan rico el año pasado...

que ya ni sé qué hacer con él.»

(LXXIV, de Trilce)

Éste ha de ser mi cuerpo solidario

Por el que vela el alma individual; éste ha de ser

mi ombligo en que maté mis piojos natos,

ésta mi cosa, mi cosa tremebunda.

(De «Epístola a los transeúntes». Poemas humanos)

Vamos a ver, homb

cuéntame lo que me pasa

(De «Otro poco de calma, camarada». De Poemas humanos)

...la cantidad de dinero que cuesta el ser pobre...

(De «Por último, sin ese buena aroma sucesivo»)

Añádase una vela al sol»...

(De «Ande desnudo, en pelo, el millonario». Poemas humanos)

Y comer de memoria buena carne,

jamón, si falta carne,

y, un pedazo de queso con gusanos hembras,

gusanos machos y gusanos muertos

(«De la punta del hombre». Poemas humanos)

Congoja, sí, con toda la bragueta

(Ídem)

Y la gallina pone su infinito, uno por uno

(De «¿Y bien...el metaloide pálido» . Poemas humanos)

El lector puede hallar muchos versos más de esta estirpe.

Tal ha sido pues este testimonio, esta confesión de lector en asombro permanente frente a los poemas de Vallejo. Y antes de llegar a las líneas finales, citaré un breve poema de Trilce, en el cual el desgarramiento doloroso, esencialmente doloroso, que tiñó su obra poética, se torna en una mofa irónica contra sí mismo, contra el provinciano que del pequeño pueblo de la sierra, Santiago de Chuco, arribó a Trujillo, de donde pasó luego a Lima, lugar en el cual enumera sus pesares y concluye «consolándose» con una buena risotada. Se trata del poema XIV de Trilce:

Cual mi explicación.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles.

Qué modo de retratar su circunstancia burocrática en estos mundos costeños de los que, según Georgette de Vallejo, lo espantaba «la risita limeña».

Cuando trabajaba como profesor, en esos días, se ganó entre sus colegas del centro educativo donde laboraba («Esas posaderas sentadas para arriba») la fama de loco, debido a sus largos silencios y a sus singulares modos de dar clase. Una tarde, en la sala de profesores se hundió en una profunda e inquietante cavilación, a tal punto que uno de los maestros fue a consolarlo:

—¿Le sucede algo, señor Vallejo?

—Estoy muy preocupado. Muy preocupado.

—¿Cuál es el problema?

—Estoy pensando en la empresa que montaré con un socio exigente.

—¿En qué consiste?

—Pensamos sembrar arroz con pato.

Concluyo este resumen citando el texto de la tarjeta con la que los responsables de la revista Favorable Paris Poema solían acompañar cada ejemplar de la misma:

«Juan Larrea y César Vallejo solicitan de usted,
en caso de discrepancia con nuestra actitud,
su más resuelta hostilidad».

* * *

* Síntesis de la ponencia sustentada en Madrid, con motivo de la conmemoración del cincuenta aniversario de la muerte de César Vallejo.


© 2006, Jorge Díaz Herrera
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Para citar este documento: Díaz Herrera , Jorge: «Humor y lenguaje familiar en la poesía de Vallejo», en Ciberayllu [en línea] , 5 de abril del 2008. (Consulta: 5 de abril del 2008).

Trilce

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

?Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ?¿Está?? No; su hermana.

?No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

César Vallejo



Trilce
, sin duda el más importante y conocido poemario de César Vallejo, tu
vo su origen en 1920, cuando el poeta se encontraba en la cárcel. Su publicación, en 1922, pasó casi inadvertida, cuando no incomprendida y aun vilipendiada. Algunos estudiosos opinan que el neologismo que sirve de título al libro se compone de las palabras "triste" y "dulce", aunque ninguna explicación es hasta ahora totalmente satisfactoria.
Otra opción es que "Trilce" quizá sea el nombre de una flor de Santiago de Chuco.
Sea como fuere, este libro -merced a sus audacias lexicográficas y sintácticas-está considerado como la obra cumbre de la Vanguardia poética en lengua española. (Wikipedia)


Poema I


Poema XXVIII


He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas,
cuando habráse quebrado el propio hogar,
cuando no asoma ni madre a los labios.
Cómo iba yo a almorzar nonada.

A la mesa de un buen amigo he almorzado
con su padre recién llegado del mundo,
con sus canas tías que hablan
en tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,
porque estánse en su casa. Así, ¡qué gracia!
Y me han dolido los cuchillos
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el brocado que no brinda la
MADRE,
hace golpe la dura deglución; el dulce,
hiel; aceite funéreo, el café.

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,
y el sírvete materno no sale de la
tumba,
la cocina a oscuras, la miseria de amor.



Poema XXXVII

He conocido a una pobre muchacha
a quien conduje hasta la escena.
La madre, sus hermanas qué amables y también
aquel su infortunado “tú no vas a volver”.

Como en cierto negocio me iba admirablemente,
me rodeaban de un aire de dinasta florido.
La novia se volvía agua,
y cuán bien me solía llorar
su amor mal aprendido.

Me gustaba su tímida marinera
de humildes aderezos al dar las vueltas,
y cómo su pañuelo trazaba puntos,
tildes, a la melografía de su bailar de juncia.

Y cuando ambos burlamos al párroco,
quebróse mi negocio y el suyo
y la esfera barrida.

Fernando Fernández & Carolina Viale - Trilce Poema XXXVII



Poema XLIII

Quién sabe se va a ti. No le ocultes.
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada. Está
duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.

Narra que no es posible
todos digan que bueno,
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse... No?
Sí! Acaríciale. No le arguyas.

Quién sabe se va a ti madrugada.
¿Has contado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber
que lo haces porque yo te lo ruego. Anda!
Canta Noel Nicola


Poema LXXV

Estáis muertos.

Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos, muertos.

Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.

Mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se está uno
muerto. Sólo cuando las aguas se quebrantan en los bordes enfrentados y se doblan y doblan, entonces os transfiguráis y creyendomorir, percibís la sexta cuerda que ya no es vuestra.

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino el no haber sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. Orfandad de orfandades.Y sinembargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.
Estáis muertos.

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Los poemas completos de Trilce se pueden leer acá.


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Palabras Prologales "TRILCE"

I

Conocimiento

Bien quisiera yo, que estas palabras mías al frente del gran libro de Cesar Vallejo, que marca una superación estética en la gesta literaria de America, fueran nada mas que lírico grito de amor, tenue vibración del torbellino musical que ha suscitado siempre en mi la vida y la obra de este hermano genial. Así debería ser, pero mi amor no puede eludir el conocimiento. Pienso que solo quien comprende es el que con mas veracidad ama, y que solo quien ama es el que mas entrañablemente comprende. Hay, pues, una mayor o menor veracidad en el amor, tanto o más que en el conocimiento que extrae para si el maximun de comprensión que necesita para su autor. Un áurea mañana el niño se llena de estupor ante el sutil juego dinámico, ante los gritos inarticulados de su muñeco. Su asombrada puerilidad toca por primera vez las puertas del misterio. Espera que el milagro que se produce en si mismo, el milagro de la vida, le pueda ser revelado por esta criatura mecánica que tiene en sus manos. El futuro hombre esgrime sus nervios, su corazón, su cerebro y su valor para lanzarse en su primera aventura de conocimiento. ¿Por que? -gritan sus entrañas desde lo mas ascendrado de su ser. Y este primer ' por que" rompe, con dolorida angustia, el desfile innumerable de "por ques" que signan los escalones vitales del hombre, hasta el último, el de la muerte. El niño decide destripar su muñeco. Le destripa. Tras de haber vaciado las entrañas de trapo y de aserrín, tras de haber examinado atentamente la arquitectura de su juguete, tras de haber apartado pieza por pieza todo el montaje interior, tras de haber eliminado todo lo puramente formal en busca de las esencias, el investigador se encuentra ante el primer cadáver de ilusión, ante el primer conocimiento. Un tenue alambrillo arrollado en espiral; he aquí donde residía, integra-mente, el secreto de la maravilla dinámica del muñeco. Esto no es vida; esto es una mixtificación de la vida. He aquí, a mi juicio, la posición fundamental de Cesar Vallejo con respecto a la poesía. Nino de prodigiosa virginidad, busca el secreto de la vida en si misma. Ha tenido sus muñecos en los cuales creía encontrar el principio primordial del gran arcano. Ha descubierto que las artes no son sino versiones parciales, versiones escuetas, estilizadas del Universo. Ha descubierto los estilos y los instrumentos para expresarlos: las técnicas. Cesar Vallejo esta destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya. El poeta quiere dar una versión mas directa, mas caliente y cercana de la vida. El poeta ha hecho pedazos todos los alambritos convencionales y mecánicos. Quiere encontrar otra técnica que le permita expresar con mas veracidad y lealtad su estilo de la vida. La America Latina -creo yo- no asistió jamás a un caso de tal virginidad poética. Es precise ascender hasta Walt Whitman para sugerir, por comparación de actitudes vitales, la puerilidad genial del poeta peruano. De esta labor ya se encargara la critica inteligente; si no hoy, mañana.
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Otros enlaces asociados al tema:
La liberación en Trilce de César Vallejo
Trilce: devenires de resistencia
Sobre el poema XLVI, de Trilce
Tribuna: Un poeta que necesitamos más que nunca
Prólogo del TRILCE (César Vallejo) escrito por Antenor Orrego el 22 de setiembre de 1922
Acerca de Trilce
Serie Trilce: Anillo